Corría el año 160 d.C. cuando Apio Annio Atilio Bradua presentó una denuncia ante el Senado por el brutal asesinato de su hermana a manos de su marido.
Hablamos de un crimen, un asesinato por el que nadie fue condenado, y parece ser que la historia ha dejado en el cajón del olvido. Quiero contar la historia de Apia Annia Regila, una mujer de la aristocracia romana que, como tantas otras, sufrió la violencia en su época, una violencia que, por desgracia, muchas mujeres siguen sufriendo hoy en día.
Nacida entorno al 125 d.C., sus padres pertenecían a las dos antiguas familias de los Atilios y de los Annios Regilios, siendo pariente de la esposa de Antonino Pío y tía de Marco Aurelio, Annia Galeria Faustina; su hermano era Apio Annio Atilio Bradua, quien sería cónsul en el 160.
En cuanto a ella, era una mujer culta que recibió educación, pues aprendió griego, conoció las grandes obras de los principales artistas latinos y griegos, y pudo conocer a poetisas como Julia Balbila, pues asistía a la corte de Adriano.
Las leyes romanas vigentes en ese momento indicaban los doce años como la edad mínima de una niña para contraer matrimonio, siendo costumbre que esta lo hiciera antes de los veinte años. Lo normal era que el padre eligiera a un marido para su hija, aunque se necesitaba el consentimiento tanto del novio como de la novia. En caso de que hubiera alguna sospecha o duda sobre la moralidad del novio, y siempre que esta tuviera fundamento, la mujer podía rechazar casarse con él.
En cambio, y a pesar de que esto mismo ocurrió con Regila, cuando se eligió a Tiberio Claudio Herodes Ático como su futuro marido, pudo más la riqueza e influencia de su familia que las sospechas que recaían tanto sobre él como sobre el resto de su familia a cerca de su fortuna. Por tanto, la riqueza que poseía Herodes Ático sirvió para disipar las dudas sobre su familia y sobre él mismo, a pesar de ser considerado un hombre de temperamento colérico y violento, llegando a agredir en una ocasión a Antonino Pío, además de comportamientos claramente misóginos.
Finalmente, en el año 140, Regila se casó con tan solo catorce años con Herodes Ático, que ya tenía cuarenta.
Primero deberíamos hablar de Herodes. Su familia era de origen ateniense, se formó en filosofía y se ganó la vida como retórico desde muy joven en una época en la que la Segunda Sofística alcanzaba su mayor apogeo; fue arconte epónimo, senador, cuestor y pretor. Fue preceptor del que sería el futuro emperador, Marco Aurelio, quien ha llegado hasta nuestros días como “el emperador filósofo”, y que se destaca por su sensibilidad.
Un año más tarde, el matrimonio tuvo a su primer hijo, que moriría poco después. Por supuesto, cuando la noticia llegó a oídos de Marco Aurelio, probablemente por el hecho de ser un hombre tan sensible y considerado, se puso en contacto con Frontón, su otro precepto, para contarle lo sucedido y después enviaron dos cartas de consuelo a Herodes recordándole que aún tenía tiempo para engendrar más hijos. Lógicamente, y como cabría esperar de un hombre tan empático como Marco Aurelio, ni siquiera mencionaron a Regila en esas cartas. Todos sabemos que las mujeres no sufren.
Cuando una mujer se casaba en Roma, normalmente se iba a vivir a la casa de su marido, así que dos años después de casarse, Herodes se llevó a su nueva esposa de tan solo catorce años lejos de su familia a Grecia, un territorio extranjero, en concreto en Maratón.
Tras dos hijas, por fin la pareja tuvo un vástago varón, quién llevó entre sus nombres Bradua, al igual que el hermano de Regila. Parece ser que era un joven rebelde para con su padre, así que al pobre Herodes no le quedó otra que mandar a su hijo a estudiar a Esparta. Lo lógico, cuando a un padre le molesta su hijo, se lo quita de en medio. A este tampoco lo nombraría en su testamento.
Regila, debido a su posición y la de su marido, se le otorgó el honor, o el deber, de ocupar el cargo de Sacerdotisa de Deméter en Olimpia; el cargo de sacerdotisa era el único al que una mujer podía acceder, privada de derechos políticos, por supuesto. Además, fue la primera Sacerdotisa de Tique, diosa de la Fortuna en Grecia, en Atenas, ya que Herodes construyó un templo a dicha diosa.
Ya en el año 160, según nos narra Filóstrato, favorable a Herodes, Regila se encontraba en el octavo mes de su sexto embarazo cuando un liberto llamado Alcimedonte la asaltó y le dio una paliza, golpeando de una patada su vientre, lo que le provocó un aborto y morir desangrada.
Cuando la noticia llegó a Atilio Bradua, este denunció a Herodes ante el Senado. Claramente, el inculpado afirmó que no tenía nada que ver en lo que había pasado, aunque admitió que efectivamente Regila había sido asesinada.
Si a todo esto se le suma que no se sabe los hechos con exactitud, que aún siendo conocedor del asesinato de su esposa y quién lo habría ejecutado, Herodes decide guardar silencio, y que tras el juicio sigue permitiendo a Alcimedonte vivir con él e incluso adopta a sus dos hijas, los hechos se convierten en aún más sospechosos.
Además, no es creíble que un liberto tomara la iniciativa propia de asesinar a una mujer de la aristocracia romana casada con un hombre tan influyente, sin que nadie más estuviera involucrado y sabiendo las consecuencias que aquello podría traer para un liberto.
Así que el Senado, tras una exhaustiva investigación en la que el propio Alcimedonte se inculpó y con todas las pruebas sobre la mesa, decidió que el culpable era el liberto, pero que sería exculpado porque… Bueno, la chiquilla ya estaba muerta de todos modos, ¿o no?
En realidad, en todo esto cabe destacar la intervención del “Emperador Filósofo”, de Marco Aurelio, con toda su empatía y sensibilidad, que actuó según lo que era más justo. Lo que era más justo para él y su íntimo amigo, absolviendo tanto a Herodes como a su liberto.
En un proceso posterior en el que Herodes fue acusado de tiranía, el Emperador, fiel a sus amistades como siempre, le absolvió de nuevo, así que como vemos era una práctica habitual.
Los restos de Regila no están identificados y se han perdido con el tiempo, pero la burla hacia su familia no acabó con la absolución de sus asesinos, sino que el asesino simuló pesar y luto, construyendo numerosos monumentos por Grecia, incluida una estatua de la propia Regila o un altar en cuya base la describía como “luz de la casa”.
Así que aquí tenemos a un hombre cuya fortuna proviene de acciones probablemente ilícitas, pero extremadamente rico, con conductas violentas y misóginas, que se casa por cuestiones políticas y de estatus con una mujer mucho más joven que él, a la cuál se lleva lejos de su casa, su familia y sus conocidos, y que acaba asesinada por su encargo, para finalmente ser exculpado por todo simplemente por tener poder, dinero y el contacto del mismísimo emperador.
Ese emperador ha pasado a la historia como alguien a quien admirar.
Herodes como un gran retórico.
Apia Annia Regila ha sido olvidada por la historia como lo fue en aquel juicio. Como otras tantas mujeres maltratadas o asesinadas lo son hoy día por el sistema. Porque, ¿cuántas Regilas existen?
Pero Regila no es olvidada, fue una persona, una mujer, con una vida y que merece ser recordada, al igual que todas las mujeres que puede reflejar el espejo de este artículo. No son olvidadas.
