Santiago Marcos, topo y poeta contra el franquismo


Como es sabido, la sublevación militar de 1936 contra el Gobierno de la II República Española, originó una inmediata y extraordinaria represión política y social en las zonas bajo su control, donde se asesinó a miles de adversarios extrajudicialmente, a menudo tras secuestro y tortura. Este desatado terror originó el ocultamiento de numerosos huidos, algunos de los cuales permanecieron escondidos durante décadas a lo largo de la longeva dictadura franquista.

            La salida a la luz de los escondidos que empezaron a emerger de sus refugios desde los años sesenta, sobre todo a partir de la seudoamnistía para supuestas responsabilidades políticas durante los tres años de guerra que el General Franco se vio obligado a decretar en 1969, pues la legislación española vigente establecía el período de treinta años como máximo para alcanzar la prescripción, obtuvieron una discreta proyección mediática en España pero mayor fuera de ella. Uno de estos casos, el de Manuel Cortés Quero, fue el primero en alcanzar una notoria repercusión internacional e investigadora, pues motivó el libro In hiding: The Ordeal of Manuel Cortés (1972), del hispanista británico Ronald Fraser, que se publicó en Gran Bretaña y en Estados Unidos y que fue muy elogiado en el periódico New York Times por el escritor estadounidense y Premio Nobel de Literatura Arthur Miller.

            Durante la Transición a la supuesta democracia, varios testimonios de estas víctimas del franquismo, obligadas a enterrarse en vida al verse perseguidas por sus ideas y actuaciones, fueron recogidos, tras el fin de la dictadura, en el célebre y exitoso libro Los topos (1977), del periodista y novelista Jesús Torbado y del reportero Manuel Leguineche, obra que desde entonces alcanzó numerosas ediciones en diversas editoriales. Fue a partir de este libro cuando se generalizó en España la denominación de «topos» para las personas que permanecieron ocultas en reductos construidos y cerrados, con el fin de distinguirlas de los huidos o escapados que de forma habitual se refugiaron en los montes. Algunos de estos topos estuvieron más de tres décadas ocultos, siendo el de más longevo encierro el albañil socialista Protasio Montalvo Martín, alcalde republicano de Cercedilla (Madrid), que pasó treinta y ocho años, entre 1939 y 1977, escondido en diversas dependencias de su finca familiar.

No obstante, en este impresionante reportaje panorámico no apareció el caso del maestro y poeta Santiago Marcos Marcos, nacido en 1904, que pasó veintidós años oculto bajo tierra en su bodega familiar de Roales de Campos, municipio castellano perteneciente a la provincia de Valladolid. Casualmente, se trata de uno de los más íntimos amigos de la infancia de mi padre, Claudio Rodríguez Rubio, quien mucho me habló de él a lo largo de nuestras vidas y con quien me puso en contacto en su vejez.

            Es por ello que Santiago Marcos, que se carteaba con mi padre y, desde mi juventud, también conmigo, nos envió numerosos manuscritos e impresos con sus poemas, sobre los que he dado testimonio escrito y oral en muy diversas ocasiones hasta la edición de mi libro Santiago Marcos, poeta topo contra el fascismo, publicado por la editorial barcelonesa El Viejo Topo en 2023.

            Santiago Marcos pasó su vida en sendas alquerías de Roales de Campos, provincia de Valladolid, en las que cultivaban la tierra sus padres y sus hermanos. Cursó la carrera de Magisterio en León y ejerció como maestro durante los primeros años treinta en Llano de Olmedo y Valladolid, siendo uno de los maestros de la República identificados con un régimen que, frente a los precedentes, tanto valor daba a la enseñanza y a la propia profesión docente. Además, antes del estallido de la guerra civil, era partidario del izquierdista Frente Popular y, más concretamente, se situaba en la órbita política del Partido Socialista Obrero Español.

Al producirse la sublevación fascista, Santiago Marcos estaba en su comarca natal de Tierra de Campos, donde, como en toda la provincia de Valladolid y demás provincias castellanas limítrofes, triunfó militarmente, casi de inmediato, la facción rebelde. No obstante, algún núcleo pro-gubernamental de la comarca se resistió con éxito al golpismo en un primer momento, como Valderas, en la provincia de León. Así lo recordaría más tarde el poeta en su poema épico «Valderas rojo, resplandeciente», donde da cuenta del «incipiente / experimento socializante» que motivó que dicha localidad fuese conocida como la “Rusia chica” de León.

            En este contexto represivo, fuese por saber que se conocía su compromiso izquierdista como maestro republicano, su laicismo ajeno a los ritos católicos o su insumisión, en Valderas o en otra localidad de Tierra de Campos, a la ocupación golpista de los sublevados, Santiago Marcos temió por su vida y decidió ocultarse cuando comenzaron a buscarlo. De hecho, muchos fueron los maestros como él asesinados desde el principio de la contienda, algunos recordados por él mismo al haberlos conocido personalmente, como el «querido maestro» de Valdescorriel que tuvieron en su infancia él y sus hermanos (y, por cierto, también mi padre), el zamorano Bernardo Pérez Manteca, asesinado en 1936 al igual que sus dos hijos, Arquímedes y Arístides, igualmente maestros, todos ellos ejecutados extrajudicialmente.

            En el caso de Santiago Marcos, elementos sublevados armados fueron a buscarlo a su caserío familiar con el fin de detenerlo y probablemente de matarlo, tal como relató en el doliente poema «A mi madre, víctima de la violencia en la Dictadura franquista», donde cuenta como, ante tan evidentes e inminentes peligros, decidió huir. En su poema lamenta amargamente el maltrato sufrido por su progenitora, torturada para que revelase el paradero de su hijo, un habitual tipo de represalia padecida por los parientes de huidos.

Su buen conocimiento del terreno le permitió huir y, con la ayuda de sus hermanos, esconderse sin ser detectado durante veintidós años. Primero se ocultó en el monte, luego en un pajar y en un silo, pero la mayor parte del tiempo acabó pasándolo escondido en una bodega interior del caserío familiar situado en el Coto de Solaviña, que tenía una superficie de unos diez metros cuadrados.

            En su bodega, Santiago Marcos se dedicó a leer la prensa que le llevaban sus hermanos y libros de la biblioteca familiar, como el tantas veces por él releído Quijote de Cervantes, y comenzó a escribir una larga serie de poemas que pensó editar algún día con el título «Desde mi escondrijo». Estas visitas y estos entretenimientos le permitieron resistir casi un cuarto de siglo, a diferencia de otros hombres topo que, en situación mucho más precaria todavía, debida a la mayor pobreza familiar y al reducido escondite que habitaban, no pudieron aguantar tanto.

            Pero durante el tiempo que Santiago Marcos pasó oculto, sobre todo al principio, las noticias que le llegaban a su recóndito escondite eran tan desoladoras como desesperanzadoras, pues a menudo se le comunicaban asesinatos y matanzas de sus amigos y camaradas, a quienes dedicó numerosas composiciones. Por ejemplo, solidario con los inmolados en su comarca, Santiago Marcos escribió un «Epitafio» a la «docena de mártires de ambos sexos, vecinos de Mayorga», municipio de la provincia de Valladolid, que «yacen en un agreste paraje de la dehesa de Escorriel, donde fueron acribillados y sepultados en Agosto de 1936».

            Aparte de las citadas matanzas de Valderas y Mayorga, Santiago Marcos cantó también a individualidades inmoladas, como el por él tan admirado y querido diputado socialista por la provincia de Valladolid Federico Landrove. Todavía cuando se convocaron las elecciones generales y municipales de 1979, el irreductible poeta antifascista dirigirá un quinteto a los votantes de su pueblo natal en recuerdo de los asesinados Secundino Chamorro y Gaspar Fernández, respectivamente alcalde y secretario de la Casa del Pueblo de Roales de Campos, que yo mismo me encargué de reprografiar, con diseño de mi compañera Carmen Blanco, para que pudiera repartirlo entre sus vecinos, pues se trataba de un digno y emocionante gesto de fidelidad histórica a sus ideas, a su clase social y a sus queridos y admirados camaradas liquidados por el fascismo: “Tras ocho lustros de bunker sectario, / despótico, execrable y asesino, / votar para la izquierda es necesario, / y elegir para alcalde a un proletario / seguidor de Gaspar y Secundino”.

            Pero a la angustia de verse perseguido y enterrado vivo se sumaron otras frustraciones, como la de ver desmantelado el carácter laico de la escuela pública conquistado en la II República, tema al que dedica el poema “La reposición de los crucifijos en las escuelas”. En él lamenta la militarización de la infancia mientras se cierran escuelas, así como el fanatismo clerical exacerbado por la Iglesia Católica entre el campesinado inculto y la reaccionaria ideología de género y de clase social que muestra el sexista y clasista nacional-catolicismo emergente, en el que primaba la discriminación de los niños pobres frente a los ricos.

            El último revés padecido en su encierro ocurrió en 1958, cuando cayó por las escaleras de la bodega y fracturó el brazo derecho. Sus hermanos trataron de curarlo, pero, por temor a que se gangrenase, consultaron con un médico, quien denunció el caso. Este hecho motivó que los tres hermanos fuesen detenidos por la Guardia Civil, aunque, pasados ya los tiempos de la represión indiscriminada, no habiendo cargos judiciales contra el accidentado y siendo buenos los informes de sus vecinos, fueron pronto liberados.

            Desubicado, desesperanzado y estigmatizado tras permanecer veintidós años oculto, y viendo irrecuperable el ejercicio de su profesión de maestro, Santiago Marcos decidió exiliarse y en cuanto pudo viajó a París. Allí consiguió entrevistarse con su paisano el entonces Presidente del Consejo de Ministros de la República española en el exilio, el leonés Félix Gordón Ordás, y con el historiador madrileño Manuel Tuñón de Lara, casado con otra paisana pucelana. Pero en general no encontró la acogida que esperaba entre los exiliados, quienes no le consiguieron trabajo y quienes le dijeron que debió haber viajado a México, así que decidió retirarse a vivir, apartado del mundo exterior, en la alquería explotada por sus hermanos.

            Lo que más le dolió en París fue no encontrar posibilidad para editar su poemario, que recogía el testimonio de su entierro en vida y su memoria de las víctimas del franquismo en Tierra de Campos. El propio poeta dejó constancia de su decepción en carta enviada a mi padre en 1984: “En París trasladé de la memoria a las cuartillas varios poemas. Gustaron mucho a los exiliados, pero me dijeron que eran demasiado fuertes. Yo les dije que bueno, que sí, pero que eran más fuertes todavía los pistoletazos y los palos que la Falange propinaba a los socialistas embanastados”.

            Santiago Marcos escribió más de diez mil versos sobre la vida y el paisaje de Tierra de Campos, sobre la guerra civil española y la consiguiente represión y dictadura franquistas, sobre la segunda guerra mundial y sobre otros acontecimientos personales, familiares y amicales, pero únicamente dio a la luz algunos poemas sueltos hasta la edición de dos libros autoeditados poco antes de su fallecimiento y distribuidos solamente entre parientes y vecinos. Fue pues un poeta fundamentalmente inédito hasta el final de su vida, además de clandestino la mayor parte de su existencia.

            Tras no saber nada de él durante décadas, mi padre comenzó a tener correspondencia con sus viejos amigos en 1960, cuando yo era todavía niño. Una vez adulto, comencé a recibir correspondencia suya durante los años setenta y ochenta, lo que me permitió conocer mejor su oculta vida y no menos oculta obra.        Aunque el protagonista de su propia peripecia fuese el poeta, hay que destacar que nunca la habría logrado sin la lealtad inquebrantable de sus dos hermanos, Marcos y Nilo, que lo acogieron y alimentaron durante casi un cuarto de siglo sin introducir a nadie más en sus vidas y en su casa por temor a que fuese delatado. Porque para la supervivencia de cada topo fue necesaria siempre la fiel abnegación de personas que sacrificaron sus propias existencias por las de ellos, poniéndolas también en peligro de muerte, cuya ejemplar y generosa entrega resulta emocionante recordar.

            Pero al final lo prohibido y clandestino tiene a veces mayor presencia y, sobre todo, mayor trascendencia que lo publicitado e impuesto, como testimonié en El molinero misterioso, biografía de mi padre: “Veintidós años oculto y más de otros tantos retirado como un ermitaño montaraz, aquel viejo amigo de mi padre de largas barbas blancas fue, en mi adolescencia y juventud, una figura determinante de mi formación ética, de mi conciencia política y de mi educación sentimental”.

            Tan vieja amistad duró hasta la ancianidad, como queda claro en una carta enviada por los hermanos Marcos a mi padre en 1982: “eres la única persona que nos queda en el mundo, por la cual sentimos verdadero cariño cimentado en los setenta años que nos rodean, desde la infancia, hasta nuestros días. Esto que ya sobrepasa el calificativo de amigo hay que decir que eres otro hermano nuestro”.

            Como escribí al término del capítulo que dediqué a tal cuadrilla en El molinero misterioso y vuelvo a cumplir de nuevo: “Qué grandes hermanos, qué grandes amigos y qué grandes ciudadanos manteniendo siempre fraternidad, amistad y dignidad a contracorriente de la historia y a contrarreloj de la vida hasta que se extinguió el contacto con su propia existencia. Nunca tuve amigos mejores que estos heredados ni leí con más cariño poeta alguno que a este topo vate. En vida contaron siempre con la fidelidad de mi padre; en la muerte, contarán siempre con la mía”.

 

Claudio Rodríguez Fer
Claudio Rodríguez Fer
Escritor y director de la Cátedra Valente de Poesía y Estética de la Universidad de Santiago de Compostela

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