El cuerpo en el campo: cuando la decolonialidad y los privilegios encarnan la antropología


En el modelo tradicional de la investigación científica, se ha defendido durante mucho tiempo la figura de un investigador distante, neutral y ajeno a las emociones. Bajo esa visión clásica, la experiencia personal solía descartarse como una fuente de subjetividad indeseable que ponía en riesgo el rigor del análisis. Sin embargo, en el ámbito de la antropología social (especialmente desde la perspectiva feminista y decolonial), esa supuesta objetividad alienante se revela imposible e incompleta.

Esta es la premisa sobre la que reflexionan Carmen Gregorio Gil y Ana Alcázar Campos en su artículo “Trabajo de campo en contextos racializados y sexualizados. Cuando la decolonialidad se inscribe en nuestros cuerpos”1. A través de un enfoque etnográfico y reflexivo sobre sus propias investigaciones como antropólogas españolas, blancas y jóvenes en Cuba y la República Dominicana, las autoras analizan cómo las categorías de género, raza, sexualidad y nacionalidad atraviesan las relaciones sociales y la propia generación del conocimiento.

El artículo sostiene que el cuerpo de la investigadora no es neutral, sino que está marcado por relaciones de poder históricas y sociales vinculadas al género, la raza, la sexualidad y la nacionalidad. Estas relaciones afectan tanto las interacciones en el campo de estudio como la forma en que se genera el conocimiento antropológico.

Las autoras argumentan que la identidad de la investigadora influye en cómo es percibida por los demás, en las expectativas que se le tienen y en las oportunidades o barreras que enfrenta durante su trabajo.

En su caso, ser mujeres blancas y españolas les colocaba en una situación ambivalente: podían disfrutar de ciertos privilegios y ser vistas como atractivas, pero también podían sentirse vigiladas, sexualizadas o consideradas como una posible fuente de recursos económicos.

A partir de estas vivencias, las autoras defienden la importancia de reflexionar sobre la posición de la antropóloga y sobre la posibilidad de que su investigación pueda reproducir las mismas desigualdades que busca analizar.

En la introducción, las autoras cuestionan el modelo tradicional de investigador que debe mantenerse distante, neutral y ajeno a las emociones. Según este modelo, la experiencia personal puede considerarse una fuente de subjetividad que amenaza el rigor científico. Frente a ello,  recuperan las aportaciones de autoras como Haraway de la etnografía feminista y defienden que el conocimiento siempre se produce desde una posición concreta. Las emociones, los vínculos y las contradicciones experimentadas durante el trabajo de campo pueden contribuir a comprender los procesos sociales, siempre que se sometan a una reflexión crítica.

Más allá de una propuesta de conocimiento situado y responsable, las autoras a lo largo de su tesis defienden la incorporación o la encarnación de estas situaciones durante la investigación antropológica, usando sus cuerpos para acceder a las realidades investigadas. Para el análisis crítico partiré, precisamente, de la tesis ya mencionada de Haraway, por lo que cabe dar una pequeña introducción a la misma.

Donna Haraway es una académica estadounidense cuyo trabajo se ha centrado en estudios sobre ciencia y tecnología. Haraway en Ciencia, cyborgs y mujeres2 argumenta que el conocimiento debe producirse “desde” una situación concreta. Critica la tendencia que había llevado la ciencia de plantear una visión “desde lejos” para el estudio, como una mirada pasiva ajena al productor. Haraway argumenta que el sujeto siempre es agente en el contexto en el que el conocimiento se produce y que una mirada alienante no es posible. Frente a la supuesta objetividad que dotaría la mirada alienante, dice que esta solo es alcanzable cuando se es consciente de la situación del sujeto productor, cuando se es consciente de que existe una mirada desde la que se está estudiando.

El trabajo de Alcázar y Gregorio destaca por cómo se sitúan en el campo. A lo largo de su investigación, no solo son conscientes de desde dónde producen, sino que además sus cuerpos se encuentran dentro del entramado simbólico de las realidades que estudian. En este sentido, al no solo poseer, sino encarnar la mirada; tienen y reconocen una responsabilidad para con lo que formulan. Esto es alcanzable solo porque son plenamente conscientes de que hablan desde una perspectiva muy concreta: su propia experiencia.

Otro concepto de la tesis de Haraway que se deja entrever a lo largo del trabajo de Gregorio y Alcázar es el de la posición de privilegio o postergación a lo largo de su trabajo de campo. Reconocen y analizan su posición de privilegio (y las consecuencias de ello) a lo largo del apartado 2.2 “Españolas: cuando las remesas y el turismo nos convierten en personas deseadas”3, en el que explican cómo, por su condición de extranjeras (concretamente por proceder de un país del “norte global”), gozan de una cierta serie de privilegios tanto institucionales (como los medicamentos o el acceso a cuentas de mail), económicos (poseer mayor poder adquisitivo que los locales), además de una serie de privilegios sociales que nacen de estas condiciones materiales. Previo a tener acceso a las condiciones materiales, ya eran parte de un imaginario que las dotaba de cierto privilegio por “ser españolas”. Por otro lado, cuando digo que estaban en una posición de postergación, me refiero a cómo eran imaginadas como mujeres, aunque nunca siendo ajenas a los privilegios que les dotaba su origen.

Estas posiciones les permitieron ser conscientes de mayor diversidad de realidades, siempre desde una mirada concreta, para comprender cierta parte de las realidades estudiadas y el entramado simbólico de las mismas; conocimiento al que no tendrían acceso si no fuera por su situación. Estar tan cerca de ciertas realidades postergadas, aun sin ser partícipes totales de las mismas, puesto que chocaba con su condición de españolas, les ha permitido poder estudiar tanto los sesgos de género de estas realidades con las que estaban relacionadas, como estos entornos en los que se encontraban en una situación de privilegio. El posicionamiento crítico va más allá de sus cuerpos y está mediado, en parte, por sus investigaciones previas y por los informantes que encontraron a lo largo de esta; pero son totalmente necesarios para poder llevar a cabo la investigación.

Este “desde donde vemos” también condiciona “cómo vemos”. Situarse en el campo tiene sus limitaciones y beneficios. En este caso, a través de la situación y de cómo eran imaginadas, han podido ver una cierta serie de diferencias que de otra manera igual no hubieran podido ver. En cierto modo, estar situadas en esta perspectiva tan concreta y ser parte del imaginario les dio las herramientas que necesitaban para llevar a cabo la investigación.

A modo de conclusión, este texto, en relación con la tesis de Haraway, nos deja ver que el conocimiento situado no solo es deseable, sino también necesario para la producción científica. El desarrollo de este trabajo de campo ha ayudado a la reflexión de “desde dónde vemos”, cómo esta situación condiciona “cómo vemos” y está intersecta con “cómo nos ven”. Estos entornos tan racializados y generizados en sus relaciones interpersonales nos dejan unas condiciones óptimas en las que no solo podemos apreciar la situación desde la que vemos, sino también cómo la percepción que tienen sobre, en este caso, las investigadoras y cómo estas interactúan y amplían con los conocimientos accesibles durante la investigación.          

Estas situaciones recuerdan a la discusión entre Mead y Freeman4 acerca de las investigaciones que ella llevó a cabo en Samoa, que, obviando los errores metodológicos que Freeman, a través de su crítica, podemos ejemplificar, como dos personas distintas, desde dos perspectivas radicalmente distintas y con unos cuerpos imaginados de forma distinta, accederán a una información que puede no tener ningún tipo de relación entre sí, a pesar de llevar a cabo una investigación igual.

La parcialidad en la investigación acaba abriéndose paso en los resultados de la misma. La importancia de este texto dista mucho de radicar en el monográfico sobre la vida social en Cuba y República Dominicana, sino que recae en la metodología con la que se llevó a cabo; nos habla de ellas, sus cuerpos y cómo estos condicionaban las interacciones y experiencia de campo en estos lugares. Gracias a eso, reconocen cómo hay una serie de conocimientos a los que no hubieran podido acceder si no es a través de sus cuerpos y situación. Asimismo, también hay unos ciertos conocimientos a los que no han podido llegar por las limitaciones que esto conlleva, pero, lejos de esto ser una deficiencia de la perspectiva epistemológica con la que se llevó a cabo, es parte de la realidad científica. En mi opinión, y en línea con el pensamiento de Haraway, si no se reconociera esta parcialidad y las limitaciones que conlleva, sí que sería una deficiencia grave de la investigación, que no me parece que sea el caso.

Notas

1.Carmen Gregorio Gil y Ana Alcázar Campos, «Trabajo de campo en contextos racializados y sexualizados. Cuando la decolonialidad se inscribe en nuestros cuerpos», Gazeta de Antropología 30, n.º 3 (2014), art. 1.

  1. Donna Haraway, «Conocimientos situados: la cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial», en Ciencia, cyborgs y mujeres (Madrid: Cátedra, 1995), 313–346.
  2. Gregorio Gil y Alcázar Campos, «Trabajo de campo en contextos racializados y sexualizados».
  3. Este no es el caso de Freeman, puesto que, además de llevar a cabo su investigación en una época distinta, geográficamente era también muy dispar a donde Mead llevó a cabo la suya. Aun así, creo que esto podría usarse de ejemplo para explicar este punto, a pesar de haber sido llevada a cabo tan pobremente en cuanto a metodología.

Bibliografía

Fundación Wikimedia. «Donna Haraway». Wikipedia. Consultado el 19/10/2006. https://es.wikipedia.org/wiki/Donna_Haraway.

Gregorio Gil, Carmen; Alcázar Campos, Ana (2014): “Trabajo de campo en contextos racializados y sexualizados. Cuando la decolonialidad se inscribe en nuestros cuerpos”, Gazeta de Antropología, 30(3): artículo 1.

Haraway, D. (1995). Conocimientos situados: La cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial. En Ciencia, cyborgs y mujeres (pp. 313–346). Cátedra.

 

 

Xabat Álvarez
Xabat Álvarez
Estudiante de Grado de Antropología Social en la EHU

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