Pocos serán los que se lancen a la aventura que os traigo (de piratas casi), que no es otra que el intento de invasión de Inglaterra para deponer a Isabel I, tras la muerte de María, católica como su marido Felipe II e hija de un baboso llamado Enrique. Todo empieza, o casi todo, con la armada española saliendo de las costas de Portugal, «la Invencible», que llamaron algunos, término que acuñaron los ingleses a manera de burla, ante la paliza que recibieron los españoles a manos de Francis Drake (pirata a veces amparado por la corona) y otros marinos bien experimentados. Y cuando digo paliza me refiero a tunda y de las grandes, que es como lo cuentan la mayoría de los autores que han escrito sobre el tema que nos ocupa, aunque, todo hay que decirlo, también hay quienes les echan las culpas al tiempo, que por supuesto intervino. Sea como fuere, solo a un auténtico chalao, al que llamaban «el prudente», se le podía ocurrir invadir Inglaterra con una armada, la española, comandada por un imbécil, el duque de Medina-Sidonia, hombre de tierra, cuyo único mérito era ser hijo bastardo de Felipe II.
Y claro, sucedió lo que tenía que suceder: la derrota. Y no porque la mayoría de los hombres llegaran mareados, que también, a consecuencia del estado de la mar y de las condiciones insalubres del agua que bebían (las cantinas que llevaban en los galeones para el agua, no habían sido secadas suficientemente, lo que hacía que el líquido se corrompiera), sino porque los galeones españoles eran un muerto que no había dios que los moviera y los barcos ingleses, por el contrario, pequeños, ligeros y bien pertrechados, lo que quiere decir que a la hora de maniobrar, y eso es algo que había que hacer con frecuencia en aquellas condiciones, la ventaja siempre estaba del lado de los isleños. El resultado final fue que la armada española tuvo que salir por piernas, valga la expresión, según el relato del capitán Francisco de Cuellar, un tipo que estuvo allí y que sobrevivió, de manera sorprendente, a una debacle como nunca en su vida había visto.
Aunque lo que nunca imaginó «nuestro» capitán, que es el personaje que más nos interesa de la invasión, es que sus verdaderos problemas vendrían después, en las costas de Irlanda, donde «los salvajes» les atacaban (a él y a otros que sobrevivieron) para robarles lo que llevaban hasta dejarlos desnudos y descalzos, y así, de esa guisa, entre poblado y poblado y perseguido por los soldados de Isabel I, consiguió llegar hasta Flandes, previo paso por Escocia, para unirse a los tercios españoles. Hay quienes dicen que fue un héroe, y no seré yo quien lo ponga en duda, porque solo hay que leer las páginas de su carta, en las que habla de su estancia en los dominios del «salvaje» MacClancy (donde tuvo que defender un castillo con tan solo ocho españoles ante «mil soldados ingleses» -que tuvieron que desistir tras diecisiete días de asedio-), para darnos cuenta de que, en efecto, estamos hablando de un héroe, un hombre que tan pronto nos hace reír como llorar, a poco que nos acerquemos a las primeras líneas de su texto.
Pocos son los que se han preguntado cómo es posible que el capitán Cuellar hubiera podido salir vivo de Irlanda. Y los que lo han hecho, que son conocedores de las penalidades por las que tuvo que pasar (hambre, ataques de unos, de otros, etc.) lo han atribuido solo a la buena suerte. Sin embargo, cuatrocientos veintiocho años después, esa respuesta solo no nos sirve: Francisco de Cuellar, que por cierto fue condenado a muerte (por indisciplina) durante la batalla, pudo aguantar el frio de los bosques de Irlanda, desnudo y descalzo (en compañía a veces), porque su naturaleza estaba preparada para ello. Alguien dijo una vez que nadie hoy podría repetir la aventura del «Endurance», en el Polo Sur, en las mismas condiciones que lo hicieron Shacketon y sus hombres. Y la verdad es que tenía razón: ya no quedan tipos como Cuéllar, Worsley o Frosbisher, capaces de soportar las inclemencias del tiempo, como ellos las soportaron: ningún español hubiera podido hoy aguantar el frio de los bosques de Irlanda, en pelota picada y descalzos.
No estamos pues ante un hombre cualquiera sino ante un soldado preparado para la guerra (cosa que demostró, ya lo hemos dicho, en la defensa del castillo de MacClancy) y para soportar las terribles inclemencias del tiempo. Un soldado, por otra parte, absolutamente fiel a un monarca, Felipe el Guarro, que, con toda seguridad, se rió a carcajadas de las aventuras y desventuras de este soldado español, capaz de entregar su vida por la causa de un rey cuya dedicación no era otra que el vino, tirarse a todas las mujeres que podía (monjas incluidas, en contra de su voluntad) y joder a todo bicho viviente. Una tradición, por cierto, que con tanto entusiasmo han sabido continuar sus sucesores, desde Felipe III hasta nuestros días. Y si no que se lo pregunten a esa banda de cabrones, que tanto han disfrutado y disfrutan con el sufrimiento de los demás.
Ciento cincuenta y tres años tuvieron que esperar los españoles para resarcirse de la humillación de las Gravelinas, pero al final pudieron hacerlo. Sucedió en Cartagena de Indias en 1741, en una compleja acción de carácter estratégico, en la que a los ingleses no se les ocurrió otra cosa que mandar hasta las costas de la ciudad a una flota (de ciento ochenta y seis navíos) que, en cualquier otra circunstancia, a nadie se le hubiera ocurrido enfrentarse. Pero en esta ocasión, al contrario que en el litoral británico, en 1588, solo se trataba de defenderse. ¡Y ya lo creo que lo hicieron!: con apenas seis barcos y dos mil trescientos soldados (una fuerza diez veces inferior a la de los angloamericanos), les dieron tal paliza que se les quitaron las ganas de volver. Los pobres ilusos no sabían (bueno, sí lo sabían) que al mando de aquellos soldados españoles se encontraba Blas de Lezo, un auténtico genio de la guerra (cojo, manco y tuerto), y hombre inteligente donde los hubiera, curtido en más de cien batallas.
Y lo que es la vida con sus ilustres idiotas: el rey Jorge (segundo, si no recuerdo mal), que había preparado ya unas monedas de cobre, a manera de celebración de la victoria (con Blas de Lezo arrodillado y besándole la mano al almirante Edward Vernon, jefe de la expedición angloamericana), no tuvo más remedio que meterse las monedas por el culo y ocultar la derrota, algo que, presumiblemente, también hicieron los gobernantes españoles en relación a la tragedia de la Armada «Invencible». Pero así es la historia, supongo (una cosa que a menudo no hay dios que se la crea), y por eso también y por orgullo patrio, hay enciclopedias británicas que todavía hoy mantienen a Richard Francis Burton, explorador y de los grandes, como el descubridor del Nilo azul, cuando en realidad fue un misionero español, Pedro Páez, políglota, hombre de acción, intelectual y arquitecto (de Olmeda de las fuentes, para más señas) quien descubriera, un siglo antes que el inglés, el mencionado rio. Pero bueno, como diría Kipling, tararí que te vi, esto ya es otra historia. Os dejo el enlace de la carta de Cuellar a Felipe II, si es que alguno ha llegado hasta aquí. «Carta del Capitán Don Francisco de Cuéllar – hispanismo.org.webloc»
