Los abandonados (de la España abandonada)


Hace unos veinte años, asqueado ya de todo lo que me rodeaba y al borde de la desesperación, hablé con una amiga y le dije que no soportaba por más tiempo la barbarie del cemento. Y entonces ella, generosa donde las hubiera, metió la mano en el bolsillo, sacó un llavero y me dijo que me fuera a una casa que ella tenía en las Merindades. Ni me lo pensé, me guardé las llaves y me fui casi corriendo a mi casa en busca de la mochila. Tanta prisa tenía por marcharme que cogí un taxi al solo objeto de llegar lo antes posible al sitio en cuestión: una casa en un pueblo donde solo vivían siete personas. El paraíso, pensé cuando me vi en medio de tanta vegetación y la cordillera de la Tesla casi al alcance de la mano.

De lo que se trataba a partir de aquel momento era de respirar algo que se pareciera al aire y aprovechar cada segundo de la nueva vida que me esperaba. Así que compré un mapa y descubrí que estaba en el corazón mismo de la Merindad de Castilla la Vieja, un territorio que, ni corto ni perezoso, había decidido recorrer a pie al más puro estilo del «Viaje a la Alcarria». Y así lo hice a pesar de la Benemérita, que no dejaba de pedirme la documentación cada vez que me veía por aquellos montes de dios donde, para mi deleite, debía caminar con nieve hasta las rodillas.

Cuando llegabas a algún pueblo, casi siempre había alguien que te contaba su vida o alguna historia del lugar –cómica, de cuernos o de violencia–. De lo que se trataba para ellos era de hablar con alguien, aunque ese alguien tuviera pinta de vagabundo y una barba que le llegaba casi hasta los huevos. Hablar a pesar de todo, que nunca viene mal mover la lengua de cuando en cuando. Alguna vez si acaso no encontrabas a nadie, y era entonces cuando pensabas que habías llegado al verdadero paraíso.

Una tarde, de vuelta ya de la caminata, se me ocurrió entrar en un pueblo en busca de una fuente para coger agua y descubrí, sentada en un banco de madera, a una ancianita de unos ochenta años.

–Buenas tardes –le dije.

–Hola, buenas –me respondió–. ¿Qué haces por aquí?

Le dije la verdad, pero con muy pocas palabras. Pensé que era ella la que tenía ganas de hablar con alguien. Y ya lo creo que lo hizo: durante más de dos horas, que a mí me parecieron cortas, aquella mujer me contó su vida, las costumbres y parte de la historia de su pueblo. Me dijo que tenía dos hijas en Bilbao, pero que pasaban de ella.

–Tengo un hermano cura, ¿sabes? Algunas veces viene a visitarme, pero pocas. ¡Qué lástima que no esté aquí; no me quiero ni imaginar lo bien que te ibas a llevar con él!

–Siendo cura, sin duda –dije con una cierta ironía.

–Mira, ¿ves esa casa que está ahí?, pues la hizo él con sus propias manos. ¡Para que luego digan que los curas no trabajan!

Pero fue en la despedida, ya de noche, cuando me entraron verdaderas ganas de llorar.

–Si vienes mañana –me dijo–, prepararé café con leche y comeremos unas pastas muy ricas que tengo en mi casa.

Y en verdad quise volver, volver para quedarme con ella, pero no por ella, que también, sino por mí, que sin buscarlo había dado con el lugar de mis sueños.

(Aquel pequeño viaje me sirvió para entender lo que era la España abandonada y la situación de abandono, de verdadero abandono, por la que tenían que pasar algunas de las personas que todavía quedaban entre aquellas ruinas).

No hay historia sin embargo que no se repita: ayer, después de tanto tiempo, volví casi al mismo lugar (un pueblecito de al lado) y casualidades de la vida: me encontré con otra señora que me contó la misma historia, pero con distintas palabras. Me dijo que tenía ochenta y dos años y que había trabajado toda su vida de pastora, que se separó hace ya muchos años después de muchas palizas y que, al igual que la de aquel lejano día, tenía dos hijas en Bilbao que pasaban de ella.

–Mi exmarido solía venir con la querida.

–¿Y eso? –le pregunté.

–Es que la casa es de los dos ¿sabes?

–Ya

–Un día me preguntó su novia a ver por qué yo no me buscaba un novio como dios manda ¿Y sabes lo que respondió él?

–Pues no.

–Que ni se me ocurriera semejante cosa.

–Te iba a preguntar si se trataba de un gorila, pero no creo que los gorilas tengan un concepto tan extraño de la propiedad.

Se rio, se rio mucho, aunque la cosa no tuviera una mierda de gracia.

Le dejé hablar cuanto quiso, porque me pareció que era lo que necesitaba. Y cuando después de más de dos horas le dije que eran más de las cinco y que tenía que volver, se levantó y me dijo que me iba a acompañar otro ratito, un ratito que se convirtió en unos dos quilómetros de caminata. Y cuando por fin quise despedirme, me miró y me preguntó:

–¿De verdad tienes que irte?

–Ojalá pudiera quedarme, pero tengo que coger un autobús a las ocho y todavía estoy sin comer.

No sé, pero si estas cosas pasan en un país desarrollado –permitir que los ancianos mueran abandonados y en la más absoluta de las tristezas)– no quiero ni pensar en las cosas que pueden pasar en los países que no lo son. Yo no entiendo mucho de leyes, pero creo que debería de haber una ley que sirva para proteger a todas esas personas que viven en el más absoluto de los abandonos. Una sociedad justa no debería permitir semejante cosa.

Juanjo Galeano Martín
Juanjo Galeano Martín
Bilbao, sindicalista y miembro de la revista LETREN EURIA

Artículos del autor

Visita nuestras redes