La represión franquista contra la mujer «Guerra Civil y Posguerra» Capítulo 6. Represión económica y social

Os presentamos un nuevo capítulo del reciente libro de José Luis Garrot, y que sacamos en abierto parcialmente para nuestros lectores. Puedes visitar nuestra librería o comprarlo directamente aquí:

La represión ejercida sobre las mujeres tuvo una doble vertiente; por un lado la represión económica, imposibilitándolas para poder ganarse la vida de forma honrada y/o teniendo que cargar con el pago de cuantiosas multas. Y no es que estas mujeres hubieran cometido delito alguno, la simple condición de ser mujer de un preso político implicaba que contra ella se ejerciera una represión sistemática. La represión económica era una forma de arrojar a estas mujeres al pozo de la marginalidad más absoluta.

Para subsistir y poder ayudar al marido encarcelado se vieron abocadas a tener que recurrir a prácticas ilegales; estraperlo, prostitución, para poder sobrevivir; ya que la mayoría de ellas estaban estigmatizadas, he aquí la represión social, por su condición de esposa, hermana o hija de un preso político.

Como señala Álvarez Maylin: Roja y «mujer de preso», acabaron teniendo el mismo significado, las podían violar y confiscar sus bienes, ya que tenían que sacrificarse y purgar sus pecados por no haber sabido llevar a los hombres por el buen camino.

Daba igual que las mujeres denunciadas presentaran avales de «personas de bien» certificando su buena conducta, no servían de nada; por encima de ellos prevalecían los informes de Falange, y de la Guardia Civil, a los que se les otorgaba el valor de verdad absoluta, considerándolos hechos probados e incontestables.

No las dejaron ni llorar a sus muertos prohibiéndoles llevar luto, a la vez que se las condenaba a tener que estar las veinticuatro horas del día tratando de sobrevivir. No había tiempo ni para recordar ni para llorar. Juana Barrero Ruiz –su padre Andrés Barrero fue asesinado a finales de octubre de 1936-, recordaba la actitud de su madre Eleuteria Ruiz: Mi madre se puso a trabajar en lo que encartaba, a vender pescado, vender picón, a coger chisparra, a coger poleo, a coger garbanzos, de todo, de todo honradamente. Decía “Mamá, usted no… cuando ni lloraba ni… “Decía, “no hija, yo no podía llorar, yo me tuve que dejar mi pena en un rinconcito e irme a trabajar”. Porque tenía las niñas chicas.

No todas podían ganarse la vida de forma legal; muchas mujeres se vieron obligadas a ejercer la prostitución para poder sacar adelante a sus familias. Una mujer se justificaba en una carta enviada a su esposo encarcelado: Es que iba a dejarte a ti y a los chicos morir de hambre o es que tú crees que yo no os amo y que yo consentiría que nuestros hijos murieran de hambre o que les faltase lo más principal, la educación. Desgraciadamente no todos los esposos supieron comprender el gran sacrificio que hacían estas mujeres por ellos y sus familias.

Algunas, incluso, se vieron forzadas a prostituir a sus hijas. Isabel Gaspar Calero nos hace partícipes de los recuerdos de su abuela Coronada, que sirven para hacernos una idea de lo que tuvieron que sufrir las mujeres durante la guerra y tras el fin de la misma: Siempre recordé la trágica historia de aquellas cuatro hermanas que vivían en una calle colindante a la mía y las que su madre les organizaba la cola de hombres mientras se padre miraba para otro lado. Esas chicas eran el sustento de la familia y el vehículo para paliar el hambre. Cómo debían estar para que la propia madre diese el turno.

La represión tenía que ser cruel, como defendía Vallejo-Nágera…..

Para leer más…

Artículos relacionados

Visita nuestras redes

Verificado por MonsterInsights