Twitter (X), ¿huimos o nos quedamos?


44.000 millones de dólares. Esa fue la cifra por la que Elon Musk adquirió Twitter en octubre de 2022. Sin embargo, hoy en día la plataforma no alcanza ni la mitad de ese valor, según el propio Musk. Este hecho es, sin duda, un claro reflejo de la decadencia de una de las redes sociales más icónicas de la historia. En este artículo analizaré las causas que, en mi opinión, han llevado a esta caída y exploraré las posibles alternativas que existen actualmente a la plataforma conocida hoy como “X”.

Desde que Twitter cambió de manos y pasó a ser propiedad del tecnócrata Elon Musk, el famoso “pajarito virtual” no ha hecho más que deteriorarse, transformándose en lo que es hoy: un auténtico estercolero ultra. Actualmente, la plataforma funciona como un medio al servicio de la publicidad engañosa, las casas de apuestas y la autopromoción de su «líder supremo», todo ello reforzado por un algoritmo completamente manipulado.

Las ideas desreguladoras de Musk, combinadas con la influencia del trumpismo, han dejado una huella evidente en la plataforma. Cada vez son menos las restricciones aplicadas por X, lo que, como era de esperarse, ha provocado un aumento de mensajes de odio, teorías conspirativas, pornografía y publicidad invasiva. Todo esto, eso sí, envuelto bajo la etiqueta mágica de “libertad”.

Para Musk y su séquito de «libertarios» globales, fomentar la ludopatía, la pornografía, el trumpismo, el desprecio por la ciencia, el odio y la desinformación no es más que una expresión de esa supuesta libertad. El ascenso de Musk al poder en el inicio del mandato de Donald Trump es, sin duda, un reflejo de que este nuevo movimiento antisistema que está surgiendo alrededor del mundo es más sistema que nunca. Un mundo controlado por los más ricos que afirman su poder a través de los medios de comunicación que ellos mismos controlan a su antojo. ¿Qué clase de libertad existe cuando los hombres más ricos y poderosos del mundo utilizan su influencia para interferir en los procesos democráticos de diferentes países? ¿Acaso no es una contradicción que quienes concentran tanto poder económico y mediático se inmiscuyan en decisiones que deberían ser exclusivas de los ciudadanos?

Estos tecnócratas dominan a la perfección lo que la periodista y activista Naomi Klein llama “el mundo espejo”, un mundo donde los fallos se celebran como éxitos, la crueldad se disfraza de ingenio, la bondad se percibe como falsedad, los verificadores se convierten en los principales propagadores de mentiras y el individuo más rico y poderoso del planeta se presenta como un insurgente que simboliza la fuerza de la voluntad colectiva. En definitiva, una audiencia mucho más entusiasta, menos crítica y más maleable. Este mundo es X y es la principal fuente de (des)información de millones de personas diariamente. Su impacto en la política, y especialmente en los jóvenes, es innegable y mal haríamos en aceptar sin crítica el discurso libertario que lo presenta como un auténtico espacio de libertad de expresión. La realidad es que no todas las personas tienen las mismas herramientas para hacer valer su voz, y no todas las opiniones pueden considerarse igualmente válidas.

La libertad de expresión es esencial pero no puede amparar discursos basados en argumentos falsos, mensajes de odio o la glorificación de ideologías destructivas, como el nazismo. Internet no puede ser un territorio sin ley; al igual que en el mundo físico, debe haber límites que protejan a las personas y garanticen un diálogo respetuoso y responsable. La verdadera libertad no consiste en permitirlo todo sino en fomentar un espacio donde las ideas puedan debatirse con rigor, respeto y en condiciones justas para todos. Ante este reto, la Unión Europea debe avanzar en materia de derecho digital y erigirse como líder mundial en la protección en redes de los derechos humanos, como ya lo hace con la protección de datos.

Ante esto, nosotros, como ciudadanos de este mundo que nos ha tocado vivir, ¿qué podemos hacer? Hay quienes optan por fugarse hacia otras plataformas como “Bluesky”. Contrariamente, otros opinan que irse y no combatir a la desinformación es dar la batalla por perdida y regalar el relato a la ola ultra. Hay que lidiar con la desinformación batallándola en su propio terreno. Aunque nos quieran vender otra cosa, la mayoría social de este país no es de derechas por goleada pero, sin embargo, la izquierda ha dejado erróneamente que los sectores más extremos se apoderen de sectores clave como lo son las redes sociales, lo que hace parecer que son muchos más y que, con un algoritmo a favor, son imparables.

Hace poco, en el programa Malas Lenguas, Pablo Iglesias señalaba a Óscar Puente como el futuro sucesor de Pedro Sánchez al frente del PSOE por su habilidad para «entender la política del siglo XXI». Como pieza fundamental del Gobierno, Puente ha internalizado que la mejor estrategia contra las noticias falsas es la transparencia y el cuerpo a cuerpo digital. Gracias a una frecuencia de publicación altísima, el Ministro de Transportes logra difundir su gestión y sus valores de forma impecable, proyectando una imagen de cercanía que se traduce en un gran apoyo de su electorado.

En esta misma línea se sitúa Gabriel Rufián. Para entender cómo funciona X hay que estar en X, y el líder de ERC lo sabe bien. Puede que para los ajenos a la aplicación esto pase desapercibido, pero dominar los trends y el lenguaje propio de la red es esencial para conectar con la realidad digital. Este punto es determinante para solucionar el déficit de comunicación de la izquierda con los jóvenes. Necesitamos sentir que no solo nos hablan, sino que nos escuchan; que los líderes utilicen nuestros códigos y entiendan nuestras tendencias es la prueba de que realmente están prestando atención a nuestras preocupaciones.

X es una basura, no hay otra palabra para definirlo, pero los medios tradicionales no se quedan atrás en su crisis de credibilidad. La gran virtud de las redes sociales es que han democratizado la palabra, permitiendo que el ciudadano de a pie tenga una relevancia capaz de desafiar los discursos oficiales, aunque esto pueda volverse también en contra. Entender este nuevo ecosistema y responder a los bulos con una transparencia total es la única estrategia válida para que la izquierda logre revertir la “hegemonía cultural” de la derecha que hoy nos acecha. No se trata solo de publicar, sino de ocupar el espacio digital con honestidad y audacia para frenar esa inercia conservadora.

Sergio García Reales
Sergio García Reales
Estudiante de Ciencias Políticas en la UAM

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