Voy a ser breve, porque no hay que saber mucho de política para entender lo que voy a decir: o trabajamos desde ya en la formación de un Frente Popular, tipo Francia, donde estén representadas todas las fuerzas de progreso –IU, Podemos, Esquerra Republicana, Bildu, etc.– o en muy poco tiempo estaremos gobernados por los nazis, lo que vendría a significar la desaparición de todas las políticas de progreso conseguidas hasta el momento: ya hemos visto cómo se las gastan los fascistas, tanto en EE.UU., donde acaban de prohibir a García Márquez, o en Argentina, donde un quilo de arroz vale poco menos que medio sueldo. Aunque tampoco es que haya que ir demasiado lejos para darnos cuenta de lo que nos puede venir encima: en la misma España, allí donde gobiernan los fascistas, se han llegado a prohibir hasta obras de teatro, de ahí que la gran Marisa Paredes, muy consciente de lo que estaba pasando, se uniera a cierta formación de izquierda al objeto de participar en su campaña.
El problema está ahí, y lo primero que hay que hacer para enfrentarlo es entender el porqué de ese problema, algo que nada tiene que ver con el nacionalismo catalán, vasco, gallego o tantas gilipolleces que se dijeron en su momento: el motivo del avance de los nazis solo tiene que ver con los procesos migratorios. Y los procesos migratorios de los africanos hacía Europa, por ejemplo, no se debe sino a el cambio climático –África se está secando tanto y tan rápido que ya no hay forma de trabajar en la tierra o con el ganado, que es de lo que viven un porcentaje altísimo de los pueblos africanos–. Y es precisamente ese cambio en la climatología lo que, según dijeron algunos expertos en su día, conduciría al fascismo en Europa. Y la explicación ya nos la dio el gran Pepe Mújica: «la gente no quiere compartir», y los únicos que dicen claramente que hay que echar a los inmigrantes –personas absolutamente necesarias– son los fascistas, de ahí que se estén llenando los bolsillos de votos.
Las soluciones son sencillas y a la vez complicadas. Pero los políticos parece que no quieren verlas; están a lo suyo y eso es todo, al «ande yo caliente y ríase la gente». Digamos entonces que las ideas y la presión a la vez deben venir de la mano de los que no militamos en ninguna organización: como diría el otro, «los árboles no te dejan ver el bosque», algo que se puede entender perfectamente cuando se ha militado y luego se deja de militar. Estamos dirigidos por los peores políticos que podríamos imaginar. Y lo estamos porque ellos mismos se cargaron a los mejores o porque muchos de los que sí valían abandonaron cuando se vieron rodeados de sinvergüenzas. Y sin embargo no debemos dejar de seguir interesándonos por la política y de trabajar por un mundo mejor, que es lo que importa. ¿Qué sentido tendría entonces la existencia si no lo hiciéramos? Vivir con esperanza es la única vida posible.
Ayudemos a África en todo lo que pueda estar en nuestras manos, y debatamos y convenzamos a la gente de la absoluta necesidad de los inmigrantes como única alternativa para sostener a esta sociedad de mierda que nos ocupa. Convenzamos, sí, que diría don Miguel, y recordémosles a los desmemoriados que también nosotros tuvimos que emigrar un día por motivos de persecución política, religiosa o por hambre. El nuestro no es otro que el tiempo de la solidaridad, de la acogida de aquellos que no tienen nada para comer o aspiran simplemente a una vida mejor. No hay nada más terrible en los días que nos tienen, que ver como insultaban o se reían el otro día en Badalona cuando una médica jubilada acogía en su casa a dos jóvenes de Senegal, después de que cierto animal los dejara en la calle al amparo de la lluvia y del frío.
Tenemos sin embargo un problema que debemos resolver, un grave problema sin duda: solo dos políticos, Maíllo y Rufián, parece que han entendido que no hay otra salida que la unidad de todas las fuerzas de progreso para evitar la vuelta de todos esos que, durante más de 40 años, estuvieron deteniendo, torturando y matando a los que no pensaban como ellos. Y sí, ya sé que en política dos y dos no tienen por qué ser necesariamente cuatro. Y la prueba más cercana de lo que digo es que Podemos perdió más de un millón de votos tras su coalición con IU, –y que solo dos personas tuvieron los santos cojones de reconocer: Iñigo Errejón por el lado de Podemos, y Gaspar Llamazares por IU–. Pero la diferencia con el antes y con el tiempo que nos toca, es que ahora no queda otra salida que cuatro en la suma de dos más dos, tal como ha sucedido en Francia. Sé de las reticencias de algunas personas de Podemos para ir juntos, pero habrá que convencerlos de la misma manera que los republicanos españoles en 1936 convencieron a los anarquistas –que entonces tenían más de un millón de afiliados– para que votaran al Frente Popular.
Si Pablo Iglesias apuesta porque Podemos se presente en solitario, es porque no quiere resignarse a la desaparición de un partido que él mismo creó. Y las otras dos, la Belarra y la Montero, que a lo que parece no quieren saber nada de Frentes, están diciendo lo mismo porque saben que unidos difícilmente podrían salir diputadas, porque quiero entender que si se configurara un Frente las listas tendrían que ser por provincias y encabezadas en función de las últimas elecciones generales, algo que, de hacerse así, las posibilidades de salir diputadas serían menos que ninguna. Y claro, cuando se le ha cogido gusto al sillón, no deja de ser una putada tener que abandonarlo. Todavía recuerdo el día en que Ione Belarra se quejaba por no haber sido nombrada ministra de nuevo. ¿Pero es que querían estar toda la vida de ministras? No lo sé, pero parece que se nos ha olvidado que desde la izquierda siempre hemos apostado por la alternancia tanto dentro del partido como en los cargos públicos. Yo mismo pertenecí a un partido donde nadie podía estar en un cargo de la organización o público más de cuatro años. Y es que como diría Bernard Shaw, «Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo… y por los mismos motivos».
La pregunta ahora es cómo construimos ese frente que tanto necesitamos para frenar al fascismo, y la respuesta es bien sencilla: con un programa de mínimos en el que pudiera entrar hasta mi abuela la Jacinta, porque de lo único que se trata ahora, por si alguno anda despistado, es de conservar lo que tenemos. Y no es que yo me haya vuelto conservador, que no lo soy, sino un poco más práctico de lo que hasta ahora he sido. Si en el país vecino han podido caminar juntos socialistas y comunistas, que poco tienen que ver el uno con el otro, ¿quién dice que en España no puede hacerse lo mismo? No estamos en condiciones de hacer un frente con un programa para la construcción del socialismo bien entendido o algo que se le parezca. A lo máximo que puede aspirar España en estos momentos es a la construcción de una sociedad más democrática y desarrollada, tipo Dinamarca o Suecia, y todo lo demás es humo. Pero diré más: ningún país pobre podría hoy emprender el camino del socialismo sin correr el riesgo de ser aplastado de inmediato: si Cuba ha resistido hasta nuestros días ha sido porque no tiene petróleo y porque ha estado protegida por la Unión Soviética. Los cambios de sistema hoy solo pueden venir de la mano de los países más poderosos de la tierra. Y ya sabemos cuáles son.
