Las composiciones de Bob Dylan “Blowin’ in the Wind” y “Like a Rolling Stone” fueron habitual música de fondo en los años de resistencia y de lucha antifascista de mi juventud y por eso aparecen aludidas desde el título en mi poema “Como un canto rodado (Flotando no vento)”, publicado ya varias veces en gallego y en castellano e incluido en el poemario A muller sinfonía (Cancioneiro vital). Tales versos fueron escritos en homenaje al estudiantado liquidado por el franquismo y están concretamente inspirados por el que pereció durante la transición a la democracia, cuando yo pude haber sido una víctima más, porque, en realidad, hacía lo mismo que aquellos y aquellas colegas que asesinaron: manifestarme pacíficamente contra la dictadura o realizar pintadas reivindicativas de justicia y libertad. Por eso, en la última versión de este poema que iré citando a continuación, puse como dedicatoria “A Chema Fuentes, inmolado en Galicia, y a todos los estudiantes asesinados por el franquismo desde 1936”.
La dictadura militar impuesta en España al mando del General Franco tras sublevarse contra la II República con el apoyo efectivo de la Alemania nazi y de la Italia fascista contó desde el principio entre sus víctimas a miles de estudiantes. Muchos y muchas habían muerto ya durante la guerra entre 1936 y 1939, tanto en combate en el campo de batalla como por liquidación judicial o extrajudicial en la retaguardia, pero fueron también muy numerosos los casos de las víctimas que perecieron durante la posguerra.
Entre los muertos durante la contienda quedó ilustre memoria literaria del estudiante universitario e incipiente poeta inglés John Cornford, bisnieto de Charles Darwin y perteneciente a una importante familia intelectual británica, que fue abatido por el ejército sublevado en el frente de Andalucía formando parte de las Brigadas Internacionales, compuestas por voluntarios que vinieron a España desde muy diversos lugares del mundo para luchar contra el fascismo. El poeta José Ángel Valente le dedicó el poema memorial “John Cornford, 1936” vindicando la generosidad de su comprometida juventud en un lúcido ejercicio de memoria histórica internacionalista que expliqué siempre en mis clases de Literatura desde que comencé a ejercer la docencia. Valente tenía expuesta en su despacho una foto suya que legó con todo su archivo y con toda su biblioteca a la Cátedra de Poesía y Estética que lleva su nombre en la Universidad de Santiago de Compostela, donde se exhibe permanentemente.
Entre los muertos durante la posguerra quedó también significativa memoria literaria del estudiante universitario Enrique Ruano Casanova, quien, un año después del Mayo del 68 francés que tanto alertara y preocupara a la dictadura franquista, fue torturado y asesinado por la policía política secreta de esta, la llamada Brigada Político-Social, que lo tenía detenido por acusarlo de propaganda antifranquista y que presentó el caso como un suicidio tras lanzar su cuerpo desde la ventana de un séptimo piso que estaban registrando en Madrid el 20 de enero de 1969. Inmediatamente, el poeta topo Santiago Marcos, que pasara un cuarto de siglo oculto en una bodega familiar temiendo ser liquidado por vecinos fascistas en su Castilla rural, le dedicó ya en el aciago momento de su asesinato el soneto «Franco y Ruano Casanova», que por supuesto no pudo ser publicado hasta la llegada de la democracia, cuando se editó con el título de «Franco y su víctima de turno». El asesinato de Enrique Ruano, sucedido durante mi adolescencia, fue el primer estudianticidio del que tuve vaga noticia y consecuentemente también el primero que marcó mi incipiente conciencia ética, pese a la infame manipulación política y mediática con la que el franquismo trató de desvirtuar tal crimen, por lo que nunca lo olvidé:
Olvidé las armas y los uniformes
de los sanguinarios lacayos de la Dictadura,
pero ni por un momento arrojado
a Enrique Ruano volando desde la ventana
mientras comía sirenas y bebía bengalas
como todos aquellos alumnos de esperanza
que ya eran profesores de futuro,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
La muerte de Enrique Ruano por precipitación al vacío no fue un caso único, pues también falleció así el estudiante Conrado Iriarte Vañó, arrojado desde una ventana de la comisaría de Delicias de Madrid el 22 de mayo de 1976, aunque este suceso fue uno de los que mejor pudo ocultar y desfigurar la policía franquista, dado que contó para esto con la colaboración del padre de la víctima, adicto al régimen imperante.
El recurso al vacío para encubrir señales de torturas ya había sido practicado por la policía en la propia sede de la Dirección General de Seguridad franquista, situada en la Puerta del Sol de Madrid (antes Casa de Correos y ahora sede del gobierno de la Comunidad de Madrid), cuando arrojaron al patio interior del edificio al detenido en 1962 Julián Grimau, provocándole graves lesiones en la cabeza y en las muñecas, pues lo lanzaron esposado con las manos hacia adelante (el ministro de Información y Turismo franquista, Manuel Fraga Iribarne, declaró que se tratara de una tentativa de suicidio). Como remate, pese a la gran campaña internacional realizada en Europa para impedir su ejecución, Julián Grimau sería fusilado en 1963 (el antedicho ministro de Información y Turismo franquista, Manuel Fraga Iribarne, justificó su fusilamiento con el informe Crimen y castigo, cuyo literario título remitía con sarcástica paradoja al autor de la novela homónima, Fiódor Dostoievski, quien había padecido un simulacro de fusilamiento bajo el zarismo y quien precisamente se había opuesto con contundencia a la pena de muerte).
La última víctima estudiantil de la represión en la posguerra en Galicia y, por el tiempo en el que sucedió, la primera que sentí como muy próxima, fue el outiense José María Fuentes Fernández (conocido como Chema), estudiante de la Universidad de Santiago de Compostela en la que de aquellas yo pensaba matricularme, que fue tiroteado de súbito por la espalda en una noche de fiesta en el centro de dicha ciudad, el 4 de diciembre de 1972, por un policía enfurecido al no conseguir detenerlo. Tal abuso de autoridad armada provocó una gran movilización estudiantil y ciudadana, que a su vez motivó el cierre de la Universidad y hasta el entonces inusual juicio y condena del policía homicida. Aunque por entonces yo era aún adolescente, aquel suceso tan próximo a mi entorno me hizo tomar conciencia del peligro de muerte que corríamos los estudiantes protestatarios desafectos a la dictadura franquista e incluso los simplemente sospechosos de serlo por nuestras actitudes comportamentales o por nuestros aspectos físicos e indumentarios no convencionales para el autoritario estado de represión reinante en España desde 1936.
No muy diferente al asesinato del antedicho estudiante gallego Chema Fuentes fue el del vasco y también estudiante Koldo Arriola Arriola, detenido por la guardia civil en Ondárroa, igualmente una noche de fiesta, el 23 de mayo de 1975, según se dijo tras ir cantando en euskera, y luego tiroteado a quemarropa en el cuartel, crimen que provocó una huelga general en su villa.
Pero en los últimos años de la dictadura franquista se sumó a la opresiva coerción policial el terrorismo de extrema derecha, formado por individuos españoles y también argentinos que habitualmente colaboraban con las fuerzas armadas represivas y que atentaron tanto en España como en Francia o Argelia contra objetivos antifranquistas. Por ejemplo, el 14 de octubre de 1975, terroristas ultraderechistas explosionaron una bomba en la librería de la editorial Ruedo Ibérico de París y, en esta misma ciudad, el 18 de diciembre del mismo año, atentaron con otro explosivo contra una librería vinculada al sindicato anarquista CNT. Porque, en efecto, tal terrorismo de ultraderecha perduró y aún se acrecentó después de la muerte del General Franco el 20 de noviembre de 1975.

De hecho, el tardofranquismo que sucedió al fallecimiento del dictador y que precedió al establecimiento de una democracia controlada por su poder político y, sobre todo, militar, propició numerosos asesinatos durante la llamada Transición, entre ellos los de varios estudiantes universitarios contestatarios como lo era yo en aquel entonces. El primero que recuerdo de esta época es el del estudiante andaluz Francisco Javier Verdejo Lucas, asesinado el 14 de agosto de 1976 en Almería por la guardia civil, que le disparó mientras lo perseguía por estar realizando una pintada inconclusa en la que reclamaba “Pan, trabajo y libertad”. Con descarado cinismo los agentes ejecutores declararon que uno de ellos había tropezado y que se le había disparado el arma sin querer:
Olvidé el título de todos los cuadros
de los artistas de cámara y de corte,
pero no lo que ponía la pintada
que no pudo terminar baleado
Francisco Javier Verdejo Lucas
cual poema escrito contra un muro
de Almería candealmente inconcluso,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
Fuera de la Península Ibérica, la policía armada cribó a balazos en una casa familiar en Santa Cruz de Tenerife al estudiante canario Bartolomé García Lorenzo el 22 de setiembre de 1976, alegando que lo había confundido con un delincuente, lo que ocasionó grandes disturbios y protestas en la isla. Poco más de un año después, y ya tras las primeras elecciones supuestamente democráticas, la guardia civil abatió en el Campus de San Cristóbal de La Laguna al también estudiante canario Javier Fernández Quesada el 12 de diciembre de 1977 durante una manifestación universitaria solidaria con una huelga obrera:
Olvidé antes el nombre de las islas
canarias que el de los canarios
Bartolomé García Lorenzo
y Javier Fernández Quesada
o el de las provincias vasconavarras
que el de Koldo Arriola cantando en euskera
y el de José Luis Aristizabal Lasa,
pero nunca que los mataron en ellas;
por eso digo los nombres y los lugares
que los hacen uno a uno revivir únicos
como en mí cada uno de ellos sigue siendo,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
Otro estudiante asesinado poco después por la fuerza pública resultó ser el madrileño Ángel Almazán Luna, que el 20 de diciembre de 1976 fue golpeado a culatazos y a porrazos por la policía hasta fracturarle el cráneo durante la represión de una manifestación democrática en Madrid contra el referendo de reforma política dentro del sistema convocado por el tardofranquismo, pese a que con su cínico descaro habitual los agentes ejecutores declararon que estando bebido se había golpeado contra el poste de una farola:
Olvidé el referendo que aprobó
la reconversión del franquismo
desde dentro de la caverna,
pero no que ese mismo día
fue reprimida en Madrid la disidencia
de Ángel Almazán Luna, muerto
a golpes de uniformado poste,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
Pero no solo asesinaban las fuerzas armadas del régimen, sino también sus colaboradores ultraderechistas, de los que fueron víctimas el estudiante madrileño Carlos González Martínez, asesinado por la espalda durante una manifestación democrática en Madrid el 26 de setiembre de 1976, y el andaluz Arturo Ruiz García, asesinado a bocajarro durante otra manifestación democrática en la misma ciudad el 23 de enero de 1977:
Olvidé los nombres de todos los reyes godos,
los más de cien símbolos químicos
de la tabla periódica de los elementos peligrosos,
los diecinueve modos válidos del silogismo inútil,
los principios fundamentales del movimiento inmóvil,
apenas me acuerdo del principio de Arquímedes
o del teorema de Pitágoras
cuando el poder nos ocupa desalojando
a los libres hipotenusa arriba,
mas no olvidé nunca
los solidarios nombres estudiantes
de Carlos González Martínez
y Arturo Ruiz García simplemente,
suspendidos a tiros para siempre
en el Madrid en transición a la nada,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
Al día siguiente, 24 de enero de 1977, la represión de una manifestación de protesta en Madrid por el asesinato de Arturo Ruiz ocasionó la muerte violenta de la estudiante madrileña María Luz Nájera Julián, debida al impacto en su cabeza de un bote de humo disparado a corta distancia por la policía armada. Y en la misma jornada se produjo la matanza del despacho de abogacía laboralista en la calle de Atocha de Madrid, en la que fueron asesinadas cinco personas, entre ellas el estudiante salmantino de Derecho Serafín Holgado de Antonio, y en la que fueron heridas graves otras cuatro. Aquellos fueron días de tensión y manifestación constante en toda España y por supuesto también en Santiago de Compostela, en cuya universidad estudiaba yo por entonces y donde participé en todas las manifestaciones de protesta que se convocaron. Obviamente, los botes de humo y las pelotas de goma que disparaban las fuerzas represivas contra las manifestaciones protestatarias podían ser tan hirientes e incluso letales como las propias balas, como puso de manifiesto el asesinato de Mari Luz Nájera:
Olvidé la nomenclatura de las nieblas
y el nivel de humedad de los aerosoles,
pero aún me hace llorar el humo del bote
policial que mató a María Luz Nájera
manifestándose sin antes repasar
el examen de meteorología fascista
con riesgo de precipitación de gases,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
De hecho, el profesor de Inglés David Wilson murió por el impacto en su cabeza de una pelota de goma disparada por la policía en Sabadell el 19 de febrero de 1976, se dice que precisamente mientras trataba de apartar a su alumnado, que presenciaba la represión de una huelga por parte de fuerzas antidisturbios, de las ventanas de su aula. Igualmente, tuvieron el mismo final otras personas en Donostia, Pamplona y Barcelona durante 1977, en Parla y Valencia durante 1979 y hasta en 1981 en Huércal-Overa (Almería).
Y mi amiga y colega donostiarra Ane Marcellán Arantzamendi pasó semanas en coma a consecuencia del impacto de una pelota de goma similar a la que mató precisamente en Donostia, el 10 de marzo de 1977, al estudiante vasco José Luis Aristizabal Lasa, a quien la policía disparó intencionadamente y de súbito a través de la ventana del coche en el que estaba parado en medio de la carga contra una manifestación. Porque, en efecto, la represión franquista mató a muchas personas sin necesidad de armas de fuego desde 1936, a veces incluso a través de la tortura psicológica y del maltrato físico, como hay quien piensa que pudo ser el caso del estudiante pamplonés Javier Escalada Navaridas, enfermo del corazón que falleció en un hospital el 14 de marzo de 1970.
Y eso sin contar con los estudiantes menores de edad que perecieron por represión policial, como Francisco Javier Cano Gil, abatido a los 16 años por la policía municipal de Madrid el 29 de octubre de 1976; Juan Manuel Iglesias Sánchez, también de 16 años, que falleció perseguido por la policía armada en Sestao el 9 de enero de 1977; o Domingo Hernando García, tiroteado a los 17 años por la policía nacional en Bilbao el 30 de julio de 1980. En todos los casos, los responsables de las muertes se exculparon con las consabidas escusas que habitualmente aceptaba sin rubor el régimen franquista para protegerlos.
Como pudo observarse, la convocatoria de las primeras elecciones tutorizadas por el tardofranquismo el 15 de junio de 1977, la aprobación de la Constitución de 1978 y la celebración de las elecciones generales y municipales de 1979 no interrumpieron la represión letal efectuada por fuerzas armadas posfranquistas ni la práctica criminal del terrorismo de extrema derecha contra el estudiantado. Así lo demostraron, respectivamente, la muerte a tiros efectuados por la policía armada, durante la represión de una manifestación en Madrid, de los estudiantes madrileños José Luis Montañés Gil y Emilio Martínez Menéndez el 13 de diciembre de 1979, y el secuestro, la tortura y el asesinato por parte de un comando ultraderechista, en las afueras de la misma capital, de la estudiante vasca Yolanda González Martín el 1 de febrero de 1980.

Desde entonces, pienso siempre en los estudiantes contestatarios inmolados durante la Transición no solo como compañeros de esperanza y de resistencia antifascista, sino también como mis semejantes alter ego, porque murieron comportándose o ataviándose como yo y haciendo pintadas o manifestaciones como las que tantas veces hice yo. Las canciones de Bob Dylan sonaban a menudo en la banda sonora de nuestro tiempo, en el que las respuestas aparecían “Blowin’ in the Wind” y nosotros desaparecíamos “Like a Rolling Stone”. Porque fue un azar que ellos muriesen y que yo les escriba este poema, ya que sé muy bien que pudo haber sido al revés, como sé también que todos compartimos y alcanzamos a imaginar y a sentir juntos, irreductiblemente, la utopía del final del fascismo:
Que absurdo no haber muerto con vosotros,
poetas sin rima y sin medida,
yo que pude ser cualquiera
si el azar no hubiese querido
que escribiese este poema,
flotando en el viento de la historia,
como un canto rodado.
Acaso ellos fueron los verdaderos poetas
de mi tiempo, para siempre
flotando en nuestra memoria,
como cantos rodados,
donde el fascio nunca tuvo dominio.
(Traducción del gallego de Laura Paz Fentanes)
