La paciencia, la resiliencia, la implicación y la entrega generosa de la lucha ecologista por un mundo más habitable y sostenible es sin duda la causa de la supervivencia de una buena parte de la naturaleza que gozamos y hasta del aire que respiramos o del agua que bebemos, pues nada de esto existiría aceptablemente sin la oposición a la depredación que los intereses económicos, políticos y militares inmediatos impondrían al planeta Tierra y al resto del Universo sin importarles las consecuencias.
Desde que el geógrafo y explorador alemán Humboldt postulara a principios del siglo XIX la interconexión holística de la vida en naturaleza en su maravillosa obra Kosmos, la ecología como ciencia biológica y el ambientalismo protector del medio ambiente de ella derivado no dejaron de desarrollarse. Paralelamente, geógrafos anarquistas como el ruso Kropotkin y los franceses hermanos Reclus, postularon durante el mismo siglo la armonía entre el medio ambiente y el ser humano, considerando que la cooperación dentro de las especies y entre ellas y su entorno es más beneficiosa que la competición. Y el utopista inglés William Morris, el insumiso estadounidense Thoreau y el anarco-pacifista ruso Tolstói abogaron en la misma época por una vida simple, autosuficiente e integrada en el entorno natural, anticipando ya la sostenibilidad autogestionaria sin jerarquías ni explotaciones preconizada por el ecologismo libertario.
Además, a finales del siglo XIX empezaron a llevarse a cabo iniciativas conservacionistas estatales, como la de la creación de parques nacionales en Estados Unidos y otras que se fueron extendiendo por el mundo, sobre todo a partir de los años sesenta del siglo XX, cuando el movimiento verde despegó y se organizó en buena parte del planeta. Así, se fundaron asociaciones mundiales no gubernamentales como World Wildlife Fund en 1961 o Friends of the Earth en 1969, que se extendieron por numerosos estados. La bióloga marina estadounidense Rachel Carson, autora del impactante ensayo Silent Spring, en el que advertía sobre el peligro de envenenamiento químico del medio ambiente, contribuyó a la progresiva toma de conciencia de que el ser humano forma parte integral de la naturaleza y de que por tanto no debe erigirse en su amo explotador. Además, durante los años setenta, la preocupación ecológica comenzó a institucionalizarse internacionalmente tras la primera conferencia mundial de las Naciones Unidas sobre el medio ambiente celebrada en Estocolmo en 1972.
En esta época empezaron a proliferar también las asociaciones ecologistas locales e internacionales, así como los partidos políticos verdes, a menudo coaligados electoralmente en alianzas de izquierda. Carmen Blanco y yo simpatizamos desde el principio con el ecofeminismo no violento y con la organización ecopacifista internacional Greenpeace, que utilizó la acción directa no violenta desde su fundación en 1971 en Vancouver, Canadá. Y asimismo colaboramos en Galicia en múltiples ocasiones con la Asociación para a Defensa Ecolóxica de Galiza (ADEGA), fundada en 1974, y con otras organizaciones ecologistas gallegas posteriores. En otros lugares cooperamos con Ecologistas en Acción, confederación de grupos ecologistas formada en 1998, en sintonía con la cual recitamos en Madrid en la acción de Rebelión Poética, en apoyo de la procesada Rebelión Científica (promovida por el poeta Jorge Riechmann), que convocó la plataforma Voces del Extremo (coordinada por el también poeta Antonio Orihuela), en 2024.
Claro está que la lucha ecologista exigió y exige extraordinarios sacrificios en todo el mundo, incluidos los de la vida, pues son muchos los lugares, sobre todo de América Latina, donde defensores y defensoras de la Tierra perecieron y perecen asesinados a menudo por depredadores sin escrúpulos. No en vano el poeta José Ángel Valente denunció en el siglo XX el genocidio secular del pueblo guaraní de Brasil en el poema “Redoble por los kaiowá del Mato Grosso del Sur”, en el que sentenció: “Quien esté ciego para verlo no merece / vivir”. Pero la masacre de los indígenas resistentes continuó en el siglo XXI después de escrito el poema, pese a que, como dejó dicho el poeta a los guaraní-kaiowá a propósito de su ritual comunal, seamos muchas las personas que quisiéramos “nacer a vuestro lado / en la tierra sin mal”.
Esta represión ecocida fue ejercida también con violencia en la España franquista y posfranquista, como de hecho pude comprobar directamente en mi juventud. El abuso más grave que recuerdo de aquel período es el ejercido contra la ecologista Gladys del Estal Ferreño, nacida en Caracas de padres republicanos exiliados, con los que había regresado al País Vasco, donde trabajaba como informática. Efectivamente, cuando se manifestaba con una sentada contra la proyectada instalación de una central nuclear en Tudela, fue abatida de un disparo en la nuca efectuado a muy corta distancia por un guardia civil el 3 de junio de 1979. Pero pese a las masivas movilizaciones de protesta ocasionadas por el asesinato, fue frustrante comprobar una vez más en aquella tardofranquista democracia la vigencia de la desinformación mediática y de la farsa judicial, infamia que servía de aviso cautelar, cuando no de amenaza latente, a todas las personas que en aquel entonces hacíamos lo mismo que pacíficamente hiciera la inolvidable compañera Gladys del Estal.
En Galicia, la histórica y pionera oposición a la presa hidroeléctrica de Castrelo de Miño en 1966 fue, sin duda, el principal antecedente de las protestas ecologistas que se generalizarían a partir de los años setenta. En efecto, la construcción de tal embalse fluvial provocó la movilización reivindicativa de la gente labriega afectada por la inundación de sus tierras fértiles y por la consiguiente ruina de un ecosistema único, así como la solidaridad con ellas de intelectuales, políticos y estudiantes opositores al régimen franquista. El título del libro Castrelo de Miño, loita, represión, espolio, desastre ecolóxico, desastre humano, de Arturo Reguera, resume perfectamente el balance histórico del proceso en cuestión. Esta fue la primera lucha ecologista, por cierto reprimida con cargas policiales, de la que tuve noticia en la adolescencia, concretamente a través de un comprometido profesor Xesús Alonso Montero y de un indignado escritor Ánxel Fole.
Durante la Transición, fueron muchas las manifestaciones ecologistas en las que Carmen Blanco y yo participamos juntos, como por ejemplo, en A Coruña, en apoyo del campesinado que, durante 1976 y 1977, se vio espoliado en las Encrobas de Cerceda por parte de una poderosa corporación industrial apoyada por el estado franquista, que finalmente destruyó el verde valle para explotar una mina a cielo abierto. Igualmente participamos en manifestaciones contra la tan contestada planta de celulosa de eucalipto instalada en Pontevedra ya en 1963, así como contra las que se querían instalar en otros lugares de Galicia, como en Ponteceso, donde nos manifestamos el 28 de febrero de 1976, o en Quiroga, donde nos manifestamos el 18 de abril de 1976 y donde hubo detenciones policiales, tras las que se impusieron elevadas multas a manifestantes.
Asimismo, el 10 de abril de 1977 participamos junto a unas ocho mil personas en la marcha no autorizada entre Viveiro y Xove, ayuntamiento este en el que se pretendía instalar una central nuclear (por cierto, puede vérsenos manifestándonos en una foto publicada entonces en la revista Teima). Gracias a esta movilización se consiguió paralizar tal proyecto, pero, andando el tiempo, tuve ocasión de conocer los desastres provocados por la nuclearización en Bretaña, donde trabajé y viví y de cuyo ecologismo, compartido allí primero con María Lopo y luego también con Olga Novo, fui y soy siempre solidario.

Con especial violencia se reprimió en la Galicia posfranquista la manifestación y ocupación del arenal de Baldaio, perteneciente al ayuntamiento de Carballo, que estaba siendo esquilmado abusivamente y donde no se permitía faenar a las mariscadoras de la zona, el 8 de mayo de 1977. En efecto, la guardia civil cargó allí con porras, culatas y disparos de bolas de goma y botes de humo contra la gente concentrada, provocando una gran cantidad de heridas. En el autobús de vuelta a Santiago de Compostela, donde en aquel entonces estábamos estudiando Carmen Blanco y yo, escribí el poema “A culatazos”, incluido después en mi primer libro, Poemas de amor sen morte, que evoca la batalla allí librada y que como aquella termina “a culatazos amor a culatazos / y a culatazos latimos estallando / y el amor se afirma firme a culatazos”.
Los desastres marinos acaecidos en Galicia provocaron también numerosas movilizaciones, de las que participamos. El primero fue el accidente del superpetrolero español Urquiola en la entrada del puerto de A Coruña el 12 de mayo de 1976, en el que falleció el capitán y cuyo vertido anegó las rías de A Coruña, Betanzos, Ferrol y Ares, lo que ocasionó graves pérdidas de los bancos de marisco y de toda la fauna marina. Tal marea negra motivó mi poema “Onde vai o mar”, incluido también en mi primer libro, Poemas de amor sen morte, que termina evocando con un recalcitrante neologismo “la pesca / y la vida / sin vida / o vendida / mancha olvidada / por el petromar”.
Pero, lamentablemente, no sería este el último desastre en las costas gallegas, pues el carguero de bandera panameña Cason encalló el 5 de diciembre de 1987 en la playa de O Rostro, de Fisterra, donde fallecieron 23 tripulantes chinos. Los productos químicos inflamables y tóxicos que portaba motivaron evacuaciones masivas en Fisterra, Cee y Corcubión, así como la costosísima paralización por huelga de la fábrica Alúmina-Aluminio de San Ciprián, a donde el Gobierno decidió trasladar provisionalmente los bidones rescatados. Un lustro después, el petrolero griego Aegean Sea provocó otra catástrofe frente a la Torre de Hércules de A Coruña el 3 de diciembre de 1992, ocasionando una humareda que obligó a evacuar el barrio de Durmideiras y una marea negra que paralizó otra vez la actividad pesquera y marisquera de las cuatro rías de A Coruña, Betanzos, Ferrol y Ares durante años.
Y mayor catástrofe aún supuso la ocasionada por el buque monocasco liberiano Prestige, con bandera de las Bahamas, que se partió en dos y se hundió el 19 de noviembre de 2002, produciendo una marea negra de fuel que afectó gravemente el ecosistema marino y pesquero de casi todo el litoral gallego, llegando incluso a otras costas de España y de Francia. Pese a la colaboración de los miles de voluntarios que acudieron a limpiar las playas, el chapapote esquilmó la fauna marina y mató a cientos de miles de aves. En esta ocasión, Carmen Blanco y yo colaboramos con la reivindicativa plataforma ciudadana Nunca Máis, formada contra la pésima gestión política del desastre, en numerosas manifestaciones protestatarias, recitales poéticos y publicaciones diversas. Consecuentemente, en el poema “Vente comigo”, del libro A muller sinfonía, clamé “por los dolores batidos y cubiertos de negro / como la Costa da Morte hasta Fisterra”.
En paronomasia con Nunca Máis escribí el poema “Nunca Man”, incluido en mi libro A loita continúa y en la colectánea Negra sombra. Intervención poética contra a marea negra. Título y composición se refieren al alternativo artista natural Manfred Gnädinger, conocido como Man, el alemán de Camelle, en cuyo puerto tenía hecha una instalación con material reciclado del mar que habíamos visitado y que fue destruida por la marea negra. Man falleció, en medio de tan devastadores acontecimientos, el 28 de diciembre de 2002, acaso porque el ecocidio tiene muchas formas de matar: “Nunca Man, el alemán de Camelle, / el Loco de la Vida en la Costa de la Muerte, / siempre su Vida inoportuna, / nunca su oportuna Muerte”. Varios fragmentos de esta composición fueron musicados por el grupo de rock Ad Hoc de la Corporación Semiótica Galega: “siempre el puro ecologista sin familia y sin ropa, / sin arrimo y con algas, sin compañía y con algas, / sin destino y con algas, sin origen y con algas, / sin amor y con algas, sin más reconocimiento / que el del misterio del cielo sobre el arte de la tierra…”.
Pero los poderes políticos y económicos nunca aprenden lo que no quieren comprender y así se llegó en 2023 al proyecto tan insostenible como contaminante de la macrofábrica de celulosa y fibras textiles de una empresa portuguesa en Palas de Rei, que amenaza la biodiversidad, la agricultura, la pesca, el marisqueo y la salud pública de Galicia desde el río Ulla a la Ría de Arousa, y contra el que tantas personas seguimos manifestándonos desde 2024.
Claro que esta no es la única amenaza sobre la Galicia del primer cuarto del siglo XXI, como pone en evidencia la que pesa sobre el entorno del monumental roble de Cerracín, bienquerido y grandioso árbol singular de Galicia que visité muchas veces con las mejores compañías y que canté en tres poemas. Tal ecosistema está en peligro en dos ayuntamientos, Friol y Lugo, a causa del proyecto de la instalación de una granja porcina en la parroquia de Vilalbite, que contaminaría aguas y aires, arruinando la buena habitabilidad humana, animal y vegetal de la zona, como expuse en el artículo “O carballo de Cerracín, símbolo resistente da vida en natureza”: https://praza.gal/opinion/o-carballo-de-cerracin-simbolo-resistente-da-vida-en-natureza.
Por supuesto, Galicia no es la única tierra que padeció y padece la lacra depredadora. Prueba bien próxima la ofrece el proyecto de plantas de biogás en Villardondiego y Pozoantiguo, en la comarca zamorana del Alfoz de Toro, contra la que luchan cabalmente los vecinos afectados para evitar la ruina agrícola, la dependencia externa, la contaminación ambiental, el impacto paisajístico y los riesgos para la salud que podría originar. No es casual que uno de los promotores de la plataforma ciudadana sea mi amigo Roberto Pérez Domínguez, ejemplar librero de la España vaciada, que regenta la referencial Librería Robespierre dando vida material e intelectual al pequeño Pozoantiguo y alrededores.
Pero no solo la deturpación del agua, del aire y de la tierra pueden convertirse en amenazas para la supervivencia de la vida en el planeta, sino también la voracidad del fuego, pues la irresponsable acción humana, el efecto invernadero provocado y el consiguiente calentamiento global propiciaron cada vez más incendios extremos, que se propagan a gran velocidad y que provocan consecuencias devastadoras. Galicia fue particularmente castigada por ellos en el siglo XXI, y así lo recordé en el antedicho poema “Vente comigo”, de A muller sinfonía, “renaciendo de las cenizas en las Fragas do Eume”. La poeta Olga Novo, nativa y habitante de la montaña gallega reiteradamente quemada y amenazada, estableció con cabal claridad la alternativa en su prosa poética “Caracol ou Lume”: “La utopía queda, como siempre, en el ángulo muerto, esperando por la armonía que, un día, llegará”.
Precisamente Olga Novo presentó en 2021 mi recital ecopoético “A poesía das árbores da vida”, centrado en mis musas arbóreas, en el fértil lugar abandonado de Lamas, perteneciente a Cereixa, en su Pobra do Brollón natal, donde recité casi toda mi poesía con corteza y clorofila: desde el bosque originario de “Bosque de alba” al despertar de la consciencia ecológica de “A loita continúa”, desde la armonía natural de la serie “Herbario” y del micropoema “Cerracín” a la urbanización arbórea de “O parque” en Lugo blues, desde la erótica de la naturaleza salvaje de mucha de mi poesía amorosa al clamor del testigo memorialista de «A árbore da vida» en Ámote vermella, concluyendo con una ruta lírica por el bosque global vivido desde Galicia a Transilvania.
La propia Olga Novo me iluminó a mí mismo en sus diversos estudios sobre mi propia concepción poética de la naturaleza, que según ella “entronca con una conciencia ecologista y con toda una cosmovisión que apuesta por la vida libre natural”. Y asimismo me iluminó la estudiosa estadounidense Diana Conchado, inspirándose en el “pensamiento ecológico” de Timothy Morton, en el prólogo a su versión al inglés de mis New York, New Poems, prefacio traducido al gallego por la lingüista rumana Adina Ioana Vladu, donde habló de “ecología urbana” e indicó que dichos poemas “desnaturalizan el concepto de separación a la vez que destacan y celebran nuestra coexistencia compartida”.
En fin, mi “Manifesto ecopoético” resumió cuanto pude pensar y sentir al respecto de la necesaria e imprescindible “paz natural de la biodiversidad en equilibrio”: “necesitamos un pensamiento radicalmente ecológico / que nos recuerde la interconexión de la humanidad / con los demás seres animales, vegetales y minerales / de la Tierra y acaso del Universo infinito, / sin centros, sin periferias y sin fronteras, / porque la existencia es siempre coexistencia / en permanente resistencia como el maquis”. En suma “Depuremos la naturaleza de los poderes / y de sus ávidos intereses mercantilistas / si queremos que viva”.
Tal manifiesto fue leído y publicado en gallego en el festival ecopoético contra el cambio climático “Alguén que respira” de Santiago de Compostela en 2023 y recitado en castellano en la acción de rebelión ecopoética “Se agota el tiempo” de Madrid en 2024, pero también en otros lugares de Galicia y del mundo en 2025, desde Navia de Suarna a Santiago de Chile, pero siempre con la misma divisa: “Clímax poético frente a infierno climático”.
«Del bosque profanado por el hombre letal» terminaba hablando en Lugo blues mi poema juvenil “Bosque de alba”, porque a la par que mi fascinación por la naturaleza nació también mi conciencia ecologista, manifiesta en poemas como «A loita continúa», donde además se homenajeaba a las «hormigas verdes», esas personas que con paciencia y contumacia preservan el planeta con pequeños gestos de gran transcendencia ética y ecológica: “Desde el corazón puro y micetal / del amigo de las algas y de los helechos / que creció sintiendo el bosque en su pecho / y a quien se le queman los pulmones / cada vez que arde un bosque, / que recicla, clasifica y reutiliza / como una hormiga horrorizada / por la agresión constante al medio ambiente / y por el maltrato a tantos seres vivos, / contra toda ambición antiecológica, / contra todo divertimento cruel o ecocida, / la hormiga verde va cambiando / el mundo poco a poco porque siempre, / como la lluvia, implacable para ella / la lucha continúa”. Que así defendamos nuestra tierra y la Tierra, que así salvemos Galicia y el planeta.

(Traducción del gallego de Laura Paz Fentanes)
