De fascistas, patrioteros, estúpidos y otras hierbas

Fuente: El diario.es

Acabamos de asistir a la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno. Amén de ser espectadores de un espectáculo bochornoso, las sesiones nos han servido para ver el pelaje de algunos de nuestros supuestos representantes.

Por un lado hemos podido comprobar, por si alguien tenía aún alguna duda, que los neofascistas han irrumpido en el Congreso. Los representantes de Vox han demostrado de forma fehaciente lo que son; los herederos directos del más rancio y abominable franquismo. La mentira constante, el insulto, la amenaza, demuestra que son dignos herederos ideológicos de José Antonio Primo de Rivera, aquel que prefería la dialéctica de los puños a la de la palabra. Ellos que dicen que los que defendemos la Memoria Histórica tenemos un discurso guerra civilista, resulta que hacen un discurso muy similar al que hacían otro par de hispanofascistas, Calvo Sotelo y Gil Robles en la primavera de 1936, preludio de la guerra civil española. Los del 36 como los de ahora tampoco se cortaron a la hora de pedir la intervención del ejército. Faltaría más, cuando no ganan por las buenas pues por las malas.

Dentro del grupo de fascistoides hay que incluir al PP, con un Casado que cada vez se parece más a Fraga Iribarne, aquel de la calle es mía. Parece que están echando una carrera para ver quién es más facha y quién logra mayor número de votos entre los franquistas que aún quedan en nuestra sociedad, que no son pocos, y los encefalogramas planos que votan de oídas porque no tienen la más mínima capacidad de análisis. Dentro de este grupo se podría poner a la señora Arrimadas – he estado dudando si incluirla aquí o en el de estúpidos políticos- que no corta ni perezosa llama a la traición de los diputados socialistas para que cambien el sentido de su voto; utilizando de ese modo una de las armas más sucias y rastreras que hay en política: buscar el transfuguismo.

Pasemos ahora a los patrioteros. Incluyo en este grupo a aquellos con un ataque irremediable de patrioterismo banderil –siempre recuerdo a un profesor que tuve en la universidad y que nos decía: un patriota, un idiota-. Destacados miembros de estos españoles de pro son la representante de Coalición Canaria, Ana Oramas, que se ha pasado por el forro las órdenes de su partido, porque su «conciencia» no le permite aceptar que el presidente del Gobierno pacte con los que quieren romper España. Otro de los de la «unidad de destino en lo universal» es el representante del PRC, José María Mazón. Sin duda en el ataque españolista de esta formación, pasando del sí al no, tiene que ver que el jefe supremo –antiguo falangista valeroso- habrá pensado que votando no tendrá más llamadas de las televisiones; porque no cabe duda que al señor Revilla le gusta salir más en la tele que a un tonto una tiza.

Y vamos al tercer grupo al que llamaré el de los «estúpidos políticos» -hago la salvedad de políticos porque, posiblemente, en otras esferas de sus vidas sean personas de lo más inteligente-. Con los partidos que voy a incorporar a este grupo posiblemente pierda algunas amistades, especialmente en mi querida Cataluña, pero creo que es el precio que hay que pagar por decir algunas cosas sin que haya lugar a interpretaciones erróneas.

Empezamos por la gente de la CUP, que cada vez me recuerdan más a los cenetistas y poumistas (afiliados del POUM) que en mayo de 1937 decidieron que antes era la revolución que ganar la guerra contra el fascismo. En este caso para estos «rojazos» es más importante hacer ingobernable España que llevar a cabo un programa con clarísimos tintes sociales, y que mejorará la vida a las clases más desfavorecidas y no a sus colegas independentistas de Pedralbes, Sarriá o Les Tres Torres. Habría que recordar a estos «rojiflautas», que ser de izquierdas y ser nacionalista es incompatible. La izquierda en toda su historia se ha caracterizado por su internacionalismo. A estos «revolucionarios» les diré una cosa que siempre he llevado a cabo en mi vida: siempre he preferido a un obrero francés, alemán o de donde fuera, que a un capitalista español.

Similares, aunque algo menos jovencitos, están los de ERC –por favor señores vayan quitándose la E, se ajusta más a lo que son ahora mismo-. A la señora Montse Bassa –con la que me solidarizo porque creo injusto el encarcelamiento que está padeciendo su hermana y el resto de independentistas catalanes- le importa un pepino la gobernabilidad de España. A lo mejor a ella le importa un pepino, pero estoy seguro que a muchos jubilados catalanes, a muchos trabajadores que están trabajando por salarios de mierda, a muchos enfermos que llevan meses en las listas de espera, no les importa tan poco.

Y qué decir de los herederos de los del tres per cent y del «honorable» Jordi Pujol, sucesores del partido más corrupto, junto al PP, de todo el espectro político español. Hasta cuándo van a seguir engañando prometiendo una independencia que no va a llegar nunca. Un partido que está dirigido por un impresentable como el señor Torra, y un cobarde como el señor Puigdemont. Está claro que quieren para España lo mismo que está sucediendo actualmente en Cataluña, en donde siguen con la demagogia como única actividad, y mientras, los problemas reales de la gente que los resuelva Sant Jordi.

Pues a pesar de este «maravilloso» abanico de próceres se ha logrado sacar adelante una investidura que hará posible un gobierno de coalición –el primero después de la II República- que ha abierto una ventana de esperanza a millones de españoles. Un gobierno en el que nuevamente habrá ministros comunistas –algo por lo que me siento especialmente orgulloso-, ministros que sí piensan en el bien de unos muchos y no en el capricho de unos pocos.