Malditas las ganas que tengo de escribir nada, pero es que hoy se cumplen 25 años de la desaparición de ETA. Y claro, algo hay que decir porque si no lo hacemos seguro que vienen los nazis y nos cuentan su versión, osease un montón de mentiras que no se las cree ni dios. Empecemos sin embargo por el principio: un seminario lleno de curas y unos cuantos tipos, Julen Madariaga entre ellos, que un buen día y viendo que los miembros del Partido Nacionalista Vasco se dedicaban en exclusiva a la gamba, a fabricar ikurriñas y darle sin descanso al txistu y al tamboril, decidieron emprender un camino, allá por 1958, que duraría más de 40 años. No sabían, los pobres fundadores de la histórica organización, que por ese camino ya estuvieron los maquis hasta 1950, y que por esa vía ya no había nada que hacer excepto responder a la represión, que es lo que intentaron hacer hasta 1976, porque a partir de esa fecha solo sirvió, algo que no quisieron ver, para que los descendientes del franquismo administraran las libertades a su antojo.
«Había que responder con las mismas armas que otros utilizaban para reprimirnos», en palabras de Madariaga, algo que hasta yo pude entender, pero solo hasta 1976, ya que al iniciarse un proceso democrático en España, las armas dejaron de tener sentido, si es que alguna vez tuvieron sentido muchos de los atentados que se cometieron. Hubo rupturas y escisiones, aunque la ruptura más importante fue en 1974, y que daría lugar a la aparición de ETA político militar (mayoritarios y que ya empezaron a ver la necesidad de tener un brazo político, que tiempo más tarde sería Euskadiko Eskerra). Y ETA militar, esa banda de chalaos que, una vez desaparecidos los polimilis, de la mano de Mario Onaindia, continuaron en su empeño de seguir matando y arruinando a Euskadi (cuando en cierta ocasión el lehendakari de turno fue a Japón a hablar de negocios, el presidente de empresarios del país de los kamikazes, le respondió: «terminen ustedes con el terrorismo, y después hablaremos de negocios», porque claro, ¿quien iba a invertir en Euskadi sabiendo que en cualquier momento podrían secuestrarlo?).
Hay no obstante en el proceso de transición a la democracia, algo muy importante que la gente debería saber: nunca, antes de ese proceso, ETA había cometido tantos atentados. Pero ¿por qué de repente y a las puertas de un sistema democrático ETA actuaba tanto? Y la respuesta es bien sencilla: porque sabían perfectamente que con la democracia hasta su propia gente pondría en cuestión los atentados: lo que en definitiva estaban provocando era un golpe de estado al solo objeto de seguir justificando la utilización de las armas. Aunque lo más insólito de todo este asunto, es que poco tiempo después, cuando Mario Onaindia negociaba con Rosón el fin de la lucha armada por parte de los polimilis, un tal Arzallus, presidente del PNV por aquellos días, se trasladaba al país vasco francés al solo objeto de decirles a los polimilis que aquel no era precisamente el mejor momento para dejar las armas. (Como dato anecdótico añadir solo dos cosas: cuando ETA político militar abandonó las armas, Otegi se pasó a ETA militar, y cuando el mismo Otegui decidió poner fin a la violencia, lo hizo de la mano de Arzallus, quien, según mis datos, fue quien le convenció para que pusiera fin a tanta barbarie).
El primero que se dio cuenta que había que poner fin a la violencia fue Pertur, al que se cargaron solo por pensarlo (no deja de ser terrible que en este país se hubiera llegado a matar por el hecho de pensar diferente), y el segundo Mario Onaindia, un gran tipo con el que a menudo coincidía en conferencias y congresos, y al que amenazaron de muerte por enfrentarse a los que, durante un cierto tiempo, fueron sus compañeros de viaje.
Pero vayamos ahora, una vez lo dicho arriba, a hablar de lo que toca: la desaparición, que espero que no se convierta en reaparición con Abascal de presidente de gobierno, algo absolutamente impensable pero que nunca se sabe (la Baader-Meinhof y las Brigadas Rojas aparecieron precisamente en sistemas llamados democráticos, y no en dictaduras). Pero volvamos al asunto: sobre la desaparición de ETA se han dicho muchas cosas en este país y fuera, pero todas eran mentira. La que más vuelo alcanzó, por así decirlo, fue la de Rubalcaba, de cuyo tipo se llegó a decir, entre otras muchas cosas, que fue la pesadilla de ETA y la persona que consiguió terminar con ellos, algo que dudo que se lo llegara a creer el PSOE por mucho que lo repitiera. Pero ¿cuales fueron entonces los motivos de su desaparición, después de más de 40 años de violencia? Y la causa no fue una sino varias: la primera no es otra que la falta de militancia. La gente, ya en democracia, no estaba dispuesta a morir por la causa de la independencia si podía hacerlo mediante formulas democráticas (los dos últimos tipos que entraron en ETA tenían 49 años); la segunda fue el aislamiento internacional: en democracia, ningún país, incluida Francia, estaba dispuesta a proteger a ETA, como en su día lo hiciera el ministro de asuntos exteriores sueco, quien en cierta ocasión recorrería las calles de Estocolmo para recoger dinero para ETA y para el Partido socialista (nada para los comunistas, ¡qué curioso! ); en tercer lugar, porque hay un tercer lugar, fue la desaparición del IRA, con quienes ETA tenía unas magníficas relaciones. Lo que viene a significar que ya era la última organización armada que quedaba, si no me equivoco, en la Europa occidental. Y así las cosas, apaga y vámonos. Pero hubo sin embargo una causa que fue definitiva: las torres gemelas (cuando el gran padre dijo que se acabó, se acabó). Alabado sea siempre el señor.
