“Estamos contigo, te apoyamos… Somos la policía venimos a cumplir con nuestro trabajo”. Traducido, “te vamos a dejar en la puta calle”.
Maravillosas y bonitas palabras que salieron de un delicado y empático antidisturbios cuando ejecutó la orden, previo mandato judicial, de desahuciar a una anciana, una persona vulnerable, de su casa de toda la vida.
Desde que tuve conciencia, como dice la canción de Asfalto en “Desaparecido”, siempre me puse del lado del que le toca perder. Por este motivo nunca he entendido el por qué hay tanta gente que vive en la calle. A día de hoy sigo sin entenderlo.
Cada día cuando inicio la carrera camino del trabajo me encuentro un montón de personas sin hogar. Primero en el Parque Aluche, durmiendo en las pistas de “chito” o en las puertas del vestuario del campo de fútbol, para continuar debajo del Puente de los Franceses, y terminar en los parques y jardines de barrio de Tetuan, calle de Francos Rodríguez.
Mi madre hace años, cuando le comentaba que el piso donde vivíamos valía trece millones de pesetas (ochenta mil euros), en el distrito de la Latina, barrio humilde, se echaba las manos a la cabeza y me decía que era una estafa en toda regla.
Eran los años noventa, había caído el “telón de acero” y se abría la autopista para que la dictadura del capitalismo acabara con los derechos de la clase trabajadora de manera clara y contundente. Ya no había contrapeso. La vivienda, la educación y la sanidad, que en los países comunistas eran totalmente públicas y gratuitas, dejaban de serlo para entrar en el “libre” mercado. Comenzaba la era de las privatizaciones, y, los estados, en vez de proteger a los ciudadanos, alimentaba a los explotadores y especuladores para que fueran cada vez más ricos.
En treinta años, y una crisis (la burbuja inmobiliaria del 2008) salvaje de por medio, un derecho, según las leyes de los constitucionalistas, como es la vivienda, se ha convertido en un suculento negocio para las élites de nuestro país.
La máquina, se ha encargado del resto. La propaganda ha convencido a las masas populares, de que su ´única” vivienda es un activo que aumenta su patrimonio personal, que incluso puede incrementar si se convierten en pequeños “inversores” (piedras sobre nuestro propio tejado).
Llevo denunciando este tema desde entonces. Conocidos y amigos cercanos me afean mi conducta diciéndome que siempre estoy con lo mismo y que aburro. Personas que no se pueden pagar un alquiler o tienen una hipoteca que igual se mueren y no son capaces de pagar.
Llega un momento que te dices a ti mismo “se acabó”. Te olvidas del tema, puesto que no tienes ningún problema habitacional, y viendo que quienes lo tienen no hacen nada más que insultarte, optas por seguir su máxima, “el que no pueda, pues que se joda”.
Una vez se pasa el calentón, es inevitable, para personas, que son sensibles a la injustica y defensoras de los derechos humanos, continuar denunciando todo aquello que éticamente no esté bien, de acorde a la justicia social y el bien común.
Es por este poderosos motivo que me siga doliendo que haya gente viviendo en la calle, que a la gente honrada les quiten sus casas, para que cuatro delincuentes “legales” se forren, culpando al estafado, e incluso haciéndole creer, que el único responsable de lo que le pasa es él o ella.
Mirando al techo, dando gracias de tener uno, te das cuenta de que no hay nada que hacer. Te invade el desánimo, las ganas de asumir la derrota y dejar que todo, absolutamente todo, se vaya a la mierda. ¿Para qué seguir si siempre se salen con la suya los malos de la película?
Sentado en la terraza, viendo en el horizonte las montañas de la sierra madrileña, ya sin mirar al techo, el paisaje lo cambia todo. Te das cuenta de que ahora más que nunca hay que continuar. Hay que pelear en tu trabajo por tus derechos. Hay que defender el medio ambiente. Hay que ayudar a los más vulnerables. Hay que pedir derechos básicos para todas las personas de este planeta. En definitiva, hay que vivir.
La gente noble y salvaje es, a la vez, sensible. Nunca ataca, pero se defiende. Ellos quieren que nos cansemos y abandonemos. ¿Qué pasará el día que no haya nadie que grite? Vendrá LA NADA
No dejemos que esto suceda, no les demos esa satisfacción. Nos están atacando duramente por todos los frentes. Defendámonos con uñas y dientes, también con las letras, y, cómo no, con LA PALABRA.
Un ciudadano del mundo,
