La Nada

Últimamente se les está escapando más de la cuenta a la caverna política de este país propuestas para la mayoría de los problemas de este reino que son… nada.

No es de extrañar que una presidenta regional, recientemente reelegida por ovación, presentara su programa electoral… en blanco. Es decir, nada. Este personaje, creado artificialmente como si fuera una pop-star, lo está petando con sus nadas. Nada para arreglar el problema de los alquileres disparados, nada para evitar los ataques homófobos o racistas, nada para mejorar la sanidad y educación públicas, nada para evitar la degradación de los servicios públicos.

En esta carrera hacia la infinita nada, su supuesto jefe y secretario general de su partido también se ha apuntado al carro de la nada, como si de un Sócrates moderno se tratara. Nada de ayudar en los momentos duros para todos, nada de pagar impuestos los ricos, nada para evitar los desmesurados beneficios de las eléctricas, nada para intentar darle una oportunidad al diálogo con Cataluña, nada para subir el SMI, nada por renovar las instituciones del estado, nada y más nada por doquier.

Aunque se crean unos pioneros de la nada, tampoco tienen mucho mérito. El liberalismo económico del siglo XIX tenía como lema el “Laissez faire” (dejar hacer en francés) que establecía que el Estado debía intervenir lo mínimo posible, dejando al mercado y sus dinámicas el destino de la humanidad. En el siglo XXI se han modernizado y ahora se llama… la nada.

Vivimos unos tiempos demasiado convulsos y tenebrosos en donde homosexuales votan homófobos, pobres a ricos, trabajadores a empresarios que les precarizan, mujeres a machistas, colores diversos a racistas, sanitarios y profesores a quienes les recortan o jóvenes a los que les roban su futuro.

El poder mediático y sus intereses económicos, los años de desprestigio de lo público y lo común, el éxito de haber aniquilado la conciencia crítica y la conciencia de clase a base de un consumismo engañoso nos han llevado a un lugar que se llama Nada. Una nada que, como en la magnífica “La historia interminable”, avanza devorando la realidad y los sueños sin que nadie parezca que pueda evitarlo.

No soy de los que les gusta autoflagelarse por los fracasos de la izquierda por estar perdiendo claramente la guerra cultural frente a una derecha y ultraderecha desacomplejada, unos tienen “ejércitos con portaviones” mientras otros vamos con palos y tirachinas (por muy digno que sea la lucha por los DDHH). Ya ni Don Quijote se atrevería a atacar a los nuevos aerogeneradores de ahora, más gigantes que nunca.

El intentar que esa parte de la sociedad aletargada y abducida por la vorágine neoliberal-ultraconservadora salga de esta locura de odio e indiferencia se convierte ya en algo vital. ¿Cómo? Pues ni idea, pero lo que sé es que cada vez hay menos masa crítica y concienciada y cada vez más NADA.

En fin, parafraseando a doña Rosa: sentido común o NADA

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