En «noveccento», la película de Bernardo Bertolucci, se ve cómo la mierda de caballo es utilizada por los campesinos para «amierdar», que sería algo así como apedrear, a Donal Suterland, el capataz fascista que, amparándose en la nueva maquinaria adquirida por el patrón, Robert de Niro, pretendía disminuir la parte de la producción que le tenía correspondiendo a los campesinos –una secuencia verdaderamente extraordinaria para la historia del cine–. Pero no, no se me asusten ustedes que no es de esa mierda de la que quiero hablar sino de las de dos «patas», esas que se vendieron por un plato de lentejas o hicieron lo imposible para mantenerse en el poder en un momento en el que ya era más que evidente que sobraban, y olvidándose, en todo caso, de que la esencia de la democracia, vamos a decirlo así, está en la alternancia, en el relevo, en cambiar de caras, y no en acomodarse en el papel de paquete como si aquí no pasara nada.
Y tienen que ser los partidos políticos y no otros los que determinen el tiempo que deben estar los afiliados en sus cargos públicos, dejando de lado para siempre los deseos de los señores votantes, una especie que, con su torpe actitud, contribuyen y mucho a que algunos políticos se hagan eternos en las instituciones del estado: ocho años como mucho y cobrando el salario mínimo interprofesional, es lo que algunos venimos proponiendo desde hace ya demasiado tiempo para este «ganao». Nada del otro mundo si tenemos en cuenta que este país está lleno de personas que no solo trabajaron gratis por sus ideales durante la dictadura, sino que, además, arriesgaban sus vidas y ponían dinero de su bolsillo.
Pero vayamos a la mierda en sí, personaje a personaje si hace falta, que es al fin y al cabo lo que nos ocupa: a Santiago Carrillo, que no tuvo ningún problema para quitarse de encima a Jorge Semprún y a Fernando Claudín, por ser unos adelantados de su época, no se le ocurrió otra cosa –fuera ya del PC–, que fundar el Partido de los Trabajadores, algo difícil de encajar a esas alturas y con un objetivo bien claro: seguir en el candelero costara lo que costara y viviendo a costa de los demás, eso que tanto les ha gustado siempre a los políticos de este país; sin embargo, y no satisfecho con el estropicio que su conducta produjo en la izquierda, decidió terminar sus días en el Partido Socialista, su casa, llegó a decir, una organización que ya en mil novecientos setenta y cuatro, en el congreso de Suresne, había traicionado al movimiento obrero pasándose a la socialdemocracia. –No estaría nada mal, en todo caso, y a manera de agradecimiento, recordar que Santiago Carrillo Solares, Santi el mago, nos dejó uno de los mejores textos políticos que se han escrito: «Eurocomunismo y Estado», lectura que recomiendo–.
Y qué decir de la Rahola, esa papanatas que se pasa media vida en los programas de cotilleo porque de algo hay que vivir y es mejor tirar del langostino que del pan duro de los pobres; sobre todo cuando el langostino en cuestión te lo ponen en bandeja de Plata y con cubiertos de inoxidable, que siempre, digo yo, será mejor que la chatarra que habita en los cajones de mi cocina. A la tal dirigente, que en otro tiempo lideró los destinos de Esquerra Republicana, no se le ocurrió otra idea, cuando las cosas le fueron mal, que tirar de Ángel Colón y Joan Laporta –un tipo que venía del futbol–, al solo objeto de montar otro chiringuito con el nombre de Partit per la Independencia, un partido con un apellido lindísimo de cara al electorado nacionalista, pero que para desgracia de sus fundadores no duraría más que lo equivalente a tres casquetes y un pajote en el monasterio de Monserrat. Garaikoetxea y Gorroño, que por ser vascos van juntos, son los siguientes en esta historia de la mierda. Y lo son porque fueron tan grandes sus «obsesiones» que de ninguna de las maneras podían quedar fuera de esta cosa: Carlos Garaikoetxea, lehendakari por el Partido Nacionalista Vasco en su día, intentó amarrarse al sillón pero no pudo: le empujaron con tanta fuerza que a poco le dejan sin posaderas, de modo que al hombre no se le pasó otra cosa por la cabeza que crear Eusko Alkartasuna, un partido que durante algún tiempo le haría la competencia a los antiguos «bizkaitarras» pero que, poco a poco, y por una falta total de responsabilidad, se fue quedando en la nada.
De José María Gorroño Etxebarrieta, exalcalde de Guernica, ya está casi todo dicho, pero me da igual: este señor, por llamarlo de alguna manera, ha sido alcalde por tres organizaciones políticas –Eusko Alkartasuna, Bildu y Partido Nacionalista–, algo que consiguió pasándose de un partido a otro cuando se enteraba de que iban a destituirlo. Sin duda ninguna, y a pesar de ser nacionalista, debió tener como maestro a un tal Francisco Fernández Ordoñez, que llegó a ser ministro por tres organizaciones diferentes. La historia de la Rosa Diez, la de la pamela, como la llama una amiga mía, es poco menos que para morirse de la risa: al no ser elegida como secretaria general del Partido Socialista, puesto para el que competía con José Luis Rodríguez Zapatero y José Bono, no se le ocurrió otra fantasía que crear Unión Progreso y Democracia –junto al filósofo Fernando Savater y el escritor Mario Vargas Llosa–, una formación hecha a la medida exacta de sus necesidades y en la que nadie pudiera discutirle el liderazgo. Como jefa de la nueva formación llegó a decir que eso de «la izquierda y la derecha son conceptos absolutamente desfasados» –aunque también en Podemos hay quien lo dijo–, con la única pretensión, quiero entender, de conseguir votos hasta de los estorninos de Albacete, algo que no solo no consiguió, sino que, a los pocos años de poner en marcha el invento, no tuvieron más remedio que ponerle fin.
De las alcaldesas que más nos importan, que por ser colegas bien que se merecen estar juntas, poco es lo que podemos comentar: la Colau, por la que tengo una sincera simpatía, cuando le propusieron meterse en política respondió que a ella la política le interesaba una mierda, pero lo cierto es que enseguida cambió de idea. Estuvo ocho años de alcaldesa, aunque mucho me temo que hubiera querido estar veinte. Y de la Carmena, por la que también siento una enorme simpatía, solamente quisiera recordar las palabras que le dijo a Maruja Torres en una entrevista: «¡Ay, si pudiera rebobinar!», volver atrás, quería decir. Y ojalá lo hubiera hecho; tal vez así no hubiera colocado nunca a Ayuso como presidenta de la comunidad de Madrid ni a un tonto del bote como alcalde de Madrid. A la Tania, la Montero y al Iglesias, por ser de la misma generación y compañeros de viaje, mejor los metemos a todos en el mismo saco: de la Tania Sánchez solo puedo decir que su palabra vale menos que el orín de los perros. «Yo nunca entraré en Podemos», fue lo que dijo un día, pero enseguida se le olvidó, sabía perfectamente donde estaban los garbanzos y se fue a por ellos; la Montero se desdice con tanta facilidad que nunca sabremos cual era el mensaje que portaba en la mochila: no me extrañaría en absoluto que pensara que aquí todos somos idiotas menos ella.
Y al Iglesias ya lo conocemos: quería ganar las generales después de las famosas europeas –donde consiguió cinco escaños–, despreciando a los pocos rojos que querían «acompañarle», pero como no pudo ganar, cosas de la vida, en las siguientes legislativas no le quedó otra salida que acudir a esos mismos rojos que antes había menospreciado. El resultado no pudo ser más nefasto: un millón menos de votos, lo que viene a significar que este hombre ni siquiera sabía que en política dos y dos no tienen por qué ser necesariamente cuatro. Nadie sabe lo que va a pasar con Podemos, pero lo más probable es que desaparezca del mapa. Casi llegamos al final de la cosa. Pero cómo olvidar que desde un tiempo a esta parte se eligen a los candidatos solo en función de su fama –en ocasiones por cualquier cosa ajena a la política–, nunca, o casi nunca, por sus capacidades o idearios, y como prueba de lo que digo ahí está el Antonio Cantó, Toni para los amigos, paleto donde los haya y que no «cantaba» una mierda hasta que la Rosa Diez, poco después de Rivera, se fijó en su culo de porcelana, o la Irene Lozano –desaparecida ya de nuestras vidas–, a los que lo mismo les daba churras que merinas con tal de que los langostinos estuvieran en su salsa y en su punto.
De hecho, y si no recuerdo mal, cuando las cosas se pusieron feas en sus respectivos partidos, no tuvieron ningún reparo para pasarse a otro. Cosas de la santísima mierda, que es de lo que estamos hablando al solo objeto de perder tiempo. Termino, pues. Es muy probable que después de lo escrito arriba, poco para lo que habría que contar, haya personas que terminen pensando que todo esto es una mierda y que aquí no hay nada que hacer excepto esperar a que nos toque la lotería o que algún pariente al que ni siquiera conocíamos nos deje una plata de cojones. Y seguro que no me equivoco; pero como nada de eso va a suceder, ni lo de hacerse rico trabajando tampoco, no queda otra salida que la de seguir creyendo que eso de la transformación de la sociedad, una utopía para muchos, todavía es posible.
Veamos si no: ¿se puede construir a corto o medio plazo una sociedad más avanzada en términos de justicia social y de libertad? La respuesta es que sí, y el ejemplo más significativo que tenemos está en que de España a Dinamarca, por hacer una comparación, existe una diferencia de mil pares de demonios: solo por alcanzar esos niveles en los términos a los que nos estamos refiriendo, valdría la pena hacer algo. Y si podemos llegar hasta ahí con las herramientas que tenemos y nuestro potencial humano, que nadie tenga ninguna duda de que podemos llegar más lejos. Nunca sabremos hasta dónde, pero sí más lejos. Yo comprendo que los que viven en la abundancia, o en una situación de relativo bienestar, no tengan ningún interés por cambiar las cosas, a pesar del hambre y la miseria de tantos, pero la obligación de las personas que pasan calamidades no es ni con mucho la de intentar hacerse ricos sobre la base de ridículos sueños –ser como ellos no es ninguna solución, aparte de imposible–, sino la de trabajar por cambiar la sociedad que nos ocupa; todo lo demás no es otra cosa que alargar el sufrimiento, y de eso ya tenemos bastante en la vida que nos toca.
