Los órganos genitales femeninos, al contrario que los masculinos, no tienen la cantidad de nombres que tienen –coño, chumino, chichi, conejo, almeja, castaña– porque los hombres hayan tenido más imaginación que las mujeres sino la libertad para poder crearlos y decirlos sin ningún tipo de cortapisas. Esto es lo que habría que decir de entrada. Pero esto es una cosa y otra muy distinta la de andar por la vida, como hacen algunas personas, lamentándose de cualquier expresión sospechosa de machismo, salidas, no lo olvidemos, de la boca tanto de hombres como de mujeres: meterse con la literatura de algunos autores por el mero hecho de emplear determinadas terminologías, o por decir que fulana de tal tiene las tetas muy grandes y que no va a salir «viva» de cierto lugar, no va a ninguna parte: cuantos más vocablos y decires tengamos a nuestra mano, más rico será nuestro lenguaje.
De lo que se trata aquí es de ir a lo importante: a llenar la Academia de la Lengua de mujeres, el parlamento, el gobierno, la Academia de la Historia, las direcciones de las empresas y a no permitir, bajo ningún concepto, que haya mujeres que cobren menos que los hombres por el hecho de ser mujeres. Esto es lo verdaderamente serio, lo otro, lo de las terminologías o ciertas expresiones «malsonantes», no son más que cuentos chinos y ganas de enredarlo todo: si hay gente que utiliza el término «pava», utiliza el «pavo»; si «torda», utiliza el «tordo»; y si «puta», utiliza el «hijoputa». Es decir, buscar la respuesta que corresponda para cada una de las terminologías con las que nos vayamos encontrando en el camino.
Os mostraré algo que seguramente nos servirá a todos como ejercicio mental: tengo una amiga, la Maite, que a menudo me llama y me dice: ¿te hace hoy a las siete en la terraza del James Connolly?, y entonces yo rápidamente le digo que sí porque sé que me lo voy a pasar de miedo, bueno, lo de miedo es un decir porque con mi amiga menos miedo se puede respirar de todo. Así que nos llegamos hasta el antro en cuestión, nos pedimos unas pintas y empezamos a mirar «el mercado» como quien mira un Van Gogh, pero sin Van Gogh, atentamente, con tranquilidad, y depositando la vista allí donde merece la pena ser depositada, algo que, en algunas ocasiones, ni siquiera hay lugar para el desperdicio.
– Mira a ese –me dice la Maite–, pero si no tiene ni medio polvo.
– Ya te digo.
– Y mira a ese pavo. ¡Anda que no tiene pelos el borrico!
– Claro, con esto de la crisis ya se sabe.
– Percherón a la vista.
– Y con paquete y todo –le digo.
– O son trapos, que de este ganao nunca te puedes fiar.
– Desde luego que no.
– Mira a ese otro. ¡Pero si no tiene ni culo!
– Bueno, tampoco es que el culo sea lo más importante.
– Pero de algún sitio habrá que agarrar, vamos, digo yo.
– Pues sí, de algún sitio habrá que agarrar.
– Y mira a ese otro; si parece un trotón de carga.
– Un caballo bretón, quieres decir.
– Sí, eso, un bretón.
– Jabugo, le llamamos a eso en mi pueblo.
– Sí, ya, jabugo, pero mientras no se haga una prueba en la franela…
Estaréis de acuerdo en que el ejercicio en cuestión es bastante sencillo, sin embargo, no podemos olvidar que en esto del lenguaje nos queda todo un mundo por desarrollar. Y si digo esto es porque más a menudo de lo que quisiéramos, nos encontramos con expresiones que nada o poco tienen que ver con la realidad que nos toca: es curioso observar, por ejemplo, cómo todo lo malo es un «coñazo» y todo lo bueno, «cojonudo». Y eso por no hablar ya de los cojones, que los tenemos hasta en la sopa y que no representan sino el valor ante las adversidades, virtud de la que debes carecer si no llevas colgando las tan preciadas pelotas. Cambiemos pues nuestro el lenguaje, que es la cosa más sencilla del mundo, y démosles, con nuestra imaginación, un rumbo nuevo acorde con nuestros sentimientos y necesidades.
Sustituyamos –que es diferente a suprimir– el «coñazo» por el «huevazo»; el «cojonudo», por el «tetanudo»; el «puta madre», por un «gloria a las glándulas de Bartholin»; el «señorita», por un «pájaro que vuela sin saber adonde»; «una mujer de la calle», por «una mujer con aires de tristeza»; «tocar los cojones», por «margaritas en el aire», y cuando algo nos parezca verdaderamente extraordinario, digamos simplemente que se trata de «una caricia de las Trompas de Falopio». Así de fácil y así de simple, aunque no debemos olvidar que para que el cambio sea una realidad, debemos empezar desde ya a decir lo que nos de la gana y en cualquier parte –por eso no podemos poner cortapisas a otras formas de lenguaje–, sin miedo, sin ansias, ya que el problema solo puede estar en las cabezas de aquellos que no pueden entenderlo.
Por lo demás, antes era por lo de menos, no estaría nada mal que empezáramos a hacer literatura y de la buena –las que sepan, claro–, algo que sin duda nos ayudará en esta lucha a favor del lenguaje y de la igualdad. Así pues, y desde estas líneas, animo a todas esas personas con inquietudes literarias y lingüísticas, a desmadrarse sin limites tanto en los territorios del arte como en los de la vida misma. Inventemos cuanto haya que inventar, y rompamos los huesos que nos colocaron en la lengua desde que en mundo es mundo y se habla. Seamos sencillamente libres, aún en este infierno que nos toca, doble en su conjunto, porque la solidaridad es corta y la mano del opresor muy larga.
Pero que nadie piense que esta lucha va a ser fácil, porque de la misma manera que los problemas medioambientales –y eso lo saben muy bien los ecologistas– solo se pueden resolver con un nuevo modelo de producción, la igualdad entre las mujeres y los hombres solo podrá darse desde la izquierda, y en un régimen absolutamente de izquierdas: el sistema capitalista, el que nos toca, es un sistema que se caracteriza por las desigualdades de todo tipo; y más entre los hombre y las mujeres como hemos podido apreciar; por eso y solo por eso, es absolutamente necesario un cambio de sistema que pueda garantizar la plena igualdad –en derechos y en deberes– en todos los ámbitos de la vida, un cambio que solo podrá venir desde la izquierda.
Ah, y no te «descojones» nunca; «despotórrate».
