Las Colectivizaciones durante la Guerra Civil. Parte 1: Contexto histórico

Serie de seis capítulos sobre las colectivizaciones que se llevaron a cabo en España durante la Guerra Civil, consideradas como un proceso único en la historia



Introducción

El proceso colectivizador que se dio en España durante la Guerra Civil ha sido tratado por la historiografía de manera desigual, no habiéndose realizado aún un amplio estudio que contemple todo el proceso y que abarque geográficamente de forma conjunta toda la geografía en la que se produjo. Por otro lado buena parte de la literatura sobre el tema es muy sesgada; de una parte la de tendencia anarquista para la que todo el proceso colectivizador fue perfecto; de otro lado la de ideología comunista que no hace sino denostar las colectivizaciones, convirtiéndolas en la base de todos los males. Y ni fueron ni lo uno ni lo otro; evidentemente tuvieron luces y sombras, aunque bajo mi punto de vista tuvieron más de positivo que de negativo.

Hay que destacar que las colectivizaciones tuvieron una implantación nada desdeñable, a pesar de que tuvieron que nadar contracorriente, y pelear contra muchos enemigos, que no eran solamente los sublevados. Muy mal no lo tuvieron que hacer en algunos lugares cuando personajes como el conde de Romanones, al recuperar sus tierras quiso contratar a algunos de los que había dirigido la Colectividad de Miralcampo (Azuqueca de Henares, Guadalajara), que habían mejorado enormemente el rendimiento de la finca que poseía en ese término. El artífice había sido el anarquista Jerónimo Gómez Abril, que estaba preso en la cárcel de Guadalajara. Romanones logró liberarle y le ofreció dirigir sus propiedades, ofrecimiento que Gómez Abril rehusó aceptar.

En cuanto a su rendimiento no se podría sacar una conclusión general sobre si obtuvieron buenos o malos resultados a nivel económico, ya que dependió mucho del transcurso de la guerra, de si disponían de materias primas, que hubiera una buena o mala dirección, que se dispusiera de la maquinaria adecuada, etc. Estos detalles son muy importantes y a veces los obvian los detractores de las colectividades, ya que no pueden ser juzgadas bajo los mismos parámetros que si se hubieran llevado a cabo en tiempos de paz.

Otro detalle por el que es difícil sacar unas conclusiones generales fue su relativa corta duración. Ni mucho menos duraron durante toda la guerra, aunque hubiera algunos casos aislados que se mantuvieron hasta los últimos días de la República. Generalmente a partir de la primavera de 1937 la inmensa mayoría de las colectividades fueron eliminadas, nacionalizadas o convertidas en simples cooperativas.

Víctor Alba (seudónimo de Pere Pagés i Elies)[1] escribió un libro titulado El obrero colectivizado, en su página 3 decía: Las colectividades no fracasaron, los obreros, gracias a ellas demostraron dos casos fundamentales: que desean ser los amos y que podían serlo con tanta o más eficiencia que los amos tradicionales. El colectivismo resultó ser más eficaz, administrativamente, que el capitalismo, y además probó que con la economía en manos de los obreros existían más posibilidades de que sirviera a toda la sociedad en vez de solo a un sector de ella (citado Mompó: 74)

Víctor Alba

Las colectivizaciones que se llevaron a cabo en España durante la Guerra Civil son un proceso único en la historia. No son equiparables a las llevadas a cabo en la URSS o en China, ya que estas fueron creadas por el Estado, mientras que en las españolas el proceso es a la inversa, es el pueblo el que las crea. En las colectividades creadas en España las decisiones son tomadas por los propios colectivistas, mientras que en las soviéticas o las chinas es el Estado el que las dirige. Esto no significa que el proceso fuera un hecho totalmente espontáneo, surgido de motus propio entre obreros y campesinos; personalmente estoy más de acuerdo con la tesis que expone Garrido (2016: 258) El proceso colectivizador no fue un fenómeno dejado a la espontaneidad indeterminada de los trabajadores. No es habitual encontrar como integrantes de los comités directivos de las explotaciones agrarias, ni tampoco en las empresas industriales o del sector terciario, a trabajadores que no estuvieran previamente afiliados a los sindicatos.

Tampoco fueron las organizaciones políticas o sindicales las que toman la iniciativa del proceso colectivizador; así lo apunta Garrido (2010: 355): La colectivización nunca fue una decisión de un poder central revolucionario con capacidad para organizar toda la economía y la producción de acuerdo a un único modelo. Porque otra de las características de las colectivizaciones españolas es que presentan diferentes modelos de organización y gestión, no son uniformes.

La «filosofía» con que se llevaron a cabo las colectivizaciones en la industria y en el agro fueron distintas. En la primera se intentaba mejorar los ingresos, ya que los trabajadores se hacían también con los beneficios empresariales; por el contrario en las agrarias se pretendía cambiar radicalmente el modo de explotación de la tierra, es decir mejorar el sistema de producción para conseguir un crecimiento sostenible, que a su vez redundara en una mejora del nivel de vida. Otra diferencia fue que en las industriales se reguló la producción y el consumo, mientras que en las rurales solamente la producción. También es necesario señalar que en muchas ocasiones se siguieron las teorías del precursor de las colectivizaciones en España, Joaquín Costa, uno de los máximos exponentes del regeneracionismo, que en 1898 publicó Colectivismo agrario en España.

Joaquín Costa

Si hubo algo a lo que no afectó el proceso colectivizador fue a la equiparación de salarios y derechos entre hombres y mujeres. Cuando se constituyó la Federación Regional de Campesinos de Andalucía, se decidió que el salario del hombre independiente sería de 35 pesetas, mientras que el de la mujer era la mitad 17,50 pesetas. En Naval (Huesca) para «lujos»: tabaco, cosméticos, etc., a los hombres se les daba 2 pesetas por una a las mujeres. Es decir a la mujer no le llegó la «socialización» de la sociedad.

Se tiene noticia de algunas localidades en las que las mujeres no podían votar, por ejemplo en Tamarite de Litera (Huesca) se estuvo a punto de expulsarlas de la asamblea porque hablan demasiado. Lo que también es seguro es que la presencia de mujeres en los comités era  prácticamente nula.

El proceso colectivizador tuvo dos grandes protagonistas, las centrales sindicales CNT y UGT, que aunque tenían diferencias ideológicas importantes no dudaron en aliarse en muchas ocasiones para crear colectividades conjuntas. Por esta unidad se abogó en el Congreso Regional de Campesinos de la CNT celebrado en Madrid en abril de 1937, en el se hizo pidiendo: […] pese a los sacrificios, una unión estrecha con nuestros hermanos de la UGT (citado Atienza: 23)

Funcionamiento

Aunque iré desarrollando su funcionamiento de forma más explícita en los distintos apartados, vayan por delante algunas generalidades.

Una vez llevada a cabo la colectivización, ya fuera industrial o agraria, se creaban unos comités encargados de llevar a cabo la dirección de la empresa, teniendo que rendir cuentas de su gestión ante la asamblea que era el órgano supremo de la colectividad.

Lo normal fue establecer el «salario familiar», por ejemplo, en Cataluña el pleno regional de la CNT celebrado el 24 de septiembre de 1936 estableció el salario asignado al cabeza de familia, se la añadía un 50% por el segundo miembro, un 15% por el tercero y un 10% por cada miembro más. Se solía abonar el salario en vales –con fecha de caducidad para evitar la acumulación-. Esto era en las anarquistas; en las socialistas el salario solía ir en función del rendimiento y, sobre todo, en el trabajo que realizaba cada colectivista.

Un detalle importante que reseñar fue la constante lucha a favor de la cultura que llevaron a cabo las colectividades. Por ejemplo en el mundo rural donde la tasa de analfabetismo era elevadísima, se luchó contra esta lacra tomando medidas como que hasta los 14 años niñas y niños tuvieran como única ocupación el aprendizaje. Asimismo se crearon escuelas, bibliotecas, se impartieron ciclos de conferencias, etc.

Partidarios y detractores

Como he mencionado anteriormente los grandes protagonistas de las colectivizaciones fueron las centrales sindicales CNT, sobre todo, y UGT. Algún otro partido como el POUM también apoyaba el proceso. El PCE se mostró, aunque participó en la creación de algunas, más partidario de las cooperativas; postura que conforme avanzaba la guerra se tornó en francamente hostil ante el proceso colectivizador. El 18 de diciembre de 1936 el PCE presentó su programa económico; en el mismo se optaba por la nacionalización de la industria de guerra –lo que hacía que fuera el Estado el que controlara sectores estratégicos como las industrias bélicas, la minería, los transportes, la banca, etc. Esta postura primaba la nacionalización y el control obrero de las no nacionalizadas, asimismo posibilitaba que estas últimas continuaran en manos privadas.

Los partidos republicanos no eran en absoluto partidarios de las colectivizaciones; como tampoco los distintos gobiernos que nunca dieron facilidades al proceso. En sus manos estuvieron siempre dos importantes armas: el crédito y el comercio exterior. Daniel Guerin en un capítulo que escribió para la obra Las colectividades campesinas 1936-1937, pp. 46-47[2] remarcaba este hecho. […] el crédito y el comercio exterior siguieron en manos del sector privado, por voluntad del gobierno republicano burgués. Y aunque el Estado controlaba los bancos, se guardaba de ponerlos al servicio de la autogestión. Por carecer de dinero en efectivo, muchas colectividades se mantenían con los fondos embargados al producirse la revolución de julio de 1936 (…) La única solución hubiera sido transferir todo el capital a manos del proletariado organizado. Pero la CNT, prisionera del Frente Popular, no se atrevió a ir tan lejos.

Allá donde había un comunista se pusieron trabas. Un ejemplo fue Camporrobles (Valencia) en donde en principio se había creado una colectividad mixta UGT-CNT. El alcalde comunista convenció a los afiliados de UGT y de la Federación Provincial Campesina (FPC) a que abandonaran la colectividad por lo que esta finalmente solamente la formaron afiliados a la CNT.

Zonas de implantación de las Colectividades

La implantación de las colectivizaciones en las distintas zonas controladas por el gobierno de la República fue dispar. Mientras hubo zonas como Euskadi en que no hubo ni una sola, ya que el gobierno vasco controlado por el PNV lo evitó, en otras como Aragón o Barcelona coparon un porcentaje importante del tejido productivo.

En zonas como Cataluña hubo una gran implantación de las colectividades industriales –sobre todo en Barcelona- mientras que no fueron demasiado numerosas las rurales, por la intervención de la Unió de Rabassaires y ERC que no eran partidarios de las mismas.

Hubo zonas como el País Valenciano o Murcia donde las colectividades rurales se encontraron con un importante problema; la presencia de numerosos pequeños propietarios que eran más partidarios de repartir las tierras incautadas que de colectivizarlas.

En la Valencia, tras parar el golpe militar se creó el Comité Ejecutivo Popular, compuesto por un representante de cada uno de los partidos miembros del Frente Popular y dos representantes de los sindicatos CNT y UGT. Lo presidía el coronel Ernesto Arín Prado, que había sido nombrado gobernador de Valencia. Similares comités se crearon en Castellón y Alicante. Estos comités tenían como objetivo organizar la vida cotidiana y las acciones de guerra, pero estaban lejos de ser un gobierno autónomo, ya que los numerosos comités locales eran los que de verdad ostentaban el poder. Lo que fue muy criticado por algunos como el comunista J. Granell[3]. Al socaire del movimiento antifascista y de la Revolución, en los pueblos de la provincia `se refiere a Valencia], no todas afortunadamente, una plaga de comités fuera del Comité Ejecutivo Popular correspondiente a cada localidad, y milicianos de cartón, agobiaban con enormes cargas a los pueblos, amenazando su economía de tal manera que sus consecuencias dejaran rastro para muchos años, (citado Bosch, 1982: 60-61).

En Madrid el proceso colectivizador no fue importante, optándose más por el control obrero de las industrias que por su colectivización. En Castilla-La Mancha el proceso de colectivización del campo fue importante, aunque no tanto como en Andalucía oriental –sobre todo en Jaén-. En Andalucía las primeras colectividades se formaron en Arriate y Ubrique (Cádiz), Pozoblanco (Córdoba), Guadix (Granada); La Carolina, Linares y Peal de Becerro en Jaén; y Benajuján, Montelaque y Ronda en Málaga. Algunas de estas desaparecieron cuando los sublevados tomaron las poblaciones en su avance por Andalucía. Hay que señalar que en Andalucía la principal protagonista de las colectivizaciones fue la Federación Española de Trabajadores de la Tierra (FNTT) perteneciente a la UGT. En Extremadura se crearon pocas y la mayoría de ellas por la UGT debido a la escasa presencia del sindicato anarquista.

También hubo localidades donde se crearon más de una que rivalizaban entre sí, como en Liria (Valencia) donde se creó una de la CNT que agrupó a 711 colectivistas y dos de la UGT con 12 y 24 miembros respectivamente.

Campesinos aragoneses

Número de colectividades y afectados

Es difícil dar un número exacto de las colectividades que se implantaron en la España republicana y de cuantas personas participaron en ellas. La falta de datos oficiales completos y la pérdida de mucha documentación de los ayuntamientos hace imposible dar con el número exacto. Aunque posteriormente abundaremos en el tema  veamos algunos datos generales.

Según el Instituto de la Reforma Agraria (IRA) en agosto de 1938 había las siguientes colectividades agrarias[4]:

Estos datos son cuestionados por Vela Sevilla (:38), en el País Valenciano el total era de 353 (264 CNT, 69 UGT, y 20 CNT-UGT), citando a Aurora Bosch; en Jaén, citando a Garrido había 109 (38 de UGT, 19 de CNT, 25 mixtas, 14 del PCE, 1 de UR, 2 IRA, 3 de refugiados de guerra y una sin clasificar). En cualquier caso sí que fue mayor el número ya que el IRA no contabilizó ni las de Aragón ni las de Cataluña.

Según Buendía las personas afectadas por las colectivizaciones fueron 1.080.000 en la industria y 815.000 en el mundo rural: Andalucía, 68.800 (3,63% del total); Aragón, 300.000 (15,83%); Castilla-La Mancha, 225.000 (11,88%); Cataluña, 1.90.000 (57,52%); y Levante, 190.000 (10,03%).

Según Díez Torre (:13) se crearon entre 1500 y 2000 colectividades. Por su parte Gastón Leval señala que en torno a 300.000 campesinos se vieron afectados por las colectivizaciones.

Mañana Parte 2: La colectivización industrial


Bibliografía en parte 2


[1] Miembro del POUM, fue director de su órgano La Batalla.

[2] Citado por Mompó: 99.

[3] Autor de Liquidemos las ventajas de la Revolución, publicado en Artículos de Orientación Política del Partido, s/f

[4] Tomado de Vela Sevilla: 38