La movida madrileña

Homenaje a Leño Ilustración: Ismael Millán
Los españoles tenemos una costumbre que es desdibujar nuestro pasado. Generalmente esta desvirtuación del pasado tiende a edulcorar, como ocurrió y ocurre, con la denominada Transición española: tergiversar o simplemente dar la versión que resulta más “publicitaria” por decirlo de alguna manera.

Esta costumbre se lleva al límite cuando se habla de los años setenta/ochenta del siglo pasado. Se hizo con la Transición, a la que aún se cataloga como modélica, los ochocientos muertos que quedaron en el camino parece que fueran unos meros daños colaterales. Y se hizo, y se hace, con la llamada “movida madrileña”.

Me ceñiré en este artículo a la “movida madrileña”; una movida que yo viví en primera persona por dos razones: la primera que era joven, aún no había llegado a la treintena, y la segunda que era un rockero bebedor, porrero, con nostálgico pasado de luchador antifranquista. Me ceñiré en estas páginas al aspecto musical, aunque el alcance de la “movida” fuera más allá de la música, llegando a otras parcelas de la expresión artística. Entre otras razones, esta preponderancia de la música viene dada porque el “pistoletazo” de salida de la “movida” fue un concierto que se celebró el 21 de mayo de 1981 organizado por los estudiantes de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

Los había que iban de glam rock, un  glam rock bastante casposo y ordinario como, por ejemplo, Pedro Almodóvar, Paco Clavel, Ramoncín, etc., que nada tenían que ver con los creadores de este movimiento, David Bowie, Lou Red o Iggy Pop, que ante todo, y sobre todo, eran verdaderos músicos

Lo triste del recuerdo que ha dejado este período es que lo que más se significa es la famosa foto del entonces alcalde Enrique Tierno Galván con una actriz –Susana Estrada- que enseñaba una teta. Más triste aún es que si se habla de música y “movida” el personaje que más veces aparece, como si fuera la musa del movimiento, sea María Olvido Gara Jova – la misma que hace poco dijo que los desahuciados eran los culpables de haberse quedado sin su casa por haber vivido por encima de sus posibilidades- más conocida como Alaska.

Y lo cierto es que los grupos musicales que aparecen siempre pueden ser referentes de cualquier cosa menos de tener una mínima calidad musical. Sería larga la lista de grupos que aparecen como emblema de la “movida”. Por citar algunos mencionaré a Alaska y Los Pegamoides – con “pedazo” de canciones como Terror en el supermercado– Glutamato Ye-Yé, Derribos Arias, Hombres G, Ejecutivos Agresivos, Los Nikis, Parálisis Permanente, Los Zombies, Almodóvar & McNamara o Clavel y Jazmín.

Particularmente me molesta que sean las bandas antes mencionadas las que aparezcan como núcleo de la “movida”. Grupos que componían unas letras estúpidas y que no dudaban en aporrear los instrumentos sin ningún miramiento y, por supuesto, sin un mínimo de musicalidad. Gran parte de estos “artistas” eran meros imitadores de movimientos musicales nacidos allende de nuestras fronteras.

Los había que iban de glam rock, un  glam rock bastante casposo y ordinario como, por ejemplo, Pedro Almodóvar, Paco Clavel, Ramoncín, etc., que nada tenían que ver con los creadores de este movimiento, David Bowie, Lou Red o Iggy Pop, que ante todo, y sobre todo, eran verdaderos músicos. Posiblemente de estos “glamurosos”, el único que medio se salvaba era Tino Casal, que al menos tenía buena voz, aunque su mayor éxito fuera  Eloise, una canción del británico Barry Ryan que fue número uno en Gran Bretaña en 1968. A otros les dio por ir de punk, por supuesto sin la calidad de grupos como los Sex Pistols o The Clash, que escribían letras comprometidas y con una fuerte carga política.

En la calle Velarde había dos locales musicales apenas separados por unos pocos metros; uno era la Vía Láctea, lugar al que acudían bastantes “pijos” “snobs” y “glamurosos”; el otro, al que el que esto escribe acudía casi a diario, era El Mago, lleno de “rockeros” “melenudos” y demás gente de mal vivir.

Pues no, queridos lectores. Los mencionados, y otros muchos, no eran la verdadera “movida”. Los que de verdad cambiaron el panorama musical de este santo país fueron, dentro de lo que podemos denominar como pop-rock, autores como Javier Krahe, Enrique Urquijo (Los Secretos), Antonio Vega (Nacha Pop) o Antonio Flores, en la mayoría de los casos mucho menos conocidos y de los que de la mayoría de ellos –Urquijo, Vega o Flores- se habla más de sus trágicas muertes que de su aportación a la historia del rock español.

Otros que también merecen ser colocados como exponentes meridianos de lo que pasaba por la mente de muchos jóvenes españoles de aquella época, que protestaban por las injusticias sociales, se rebelaban contra muchos de los paradigmas que había impuesto la conservadora sociedad española eran otro grupo de protagonistas como Leño, liderados por Rosendo Mercado, que compusieron un verdadero himno de rebeldía, Maneras de vivir; Obús, Asfalto, Topo y por supuesto la banda de los hermanos Castro, Barón Rojo, autores de, para mí, una de las mejores canciones de la historia del rock español, Hijos de Caín.

De estos dos grupos que he mencionado, los glamurosos y los rockeros, los primeros eran la representación, ficticia por otra parte, de que España, o más concretamente Madrid, era un jolgorio constante; los segundos representaban la realidad, la verdad de los barrios marginales, de las injusticias sociales. Los unos eran muy “monos” muy “modernos”; los otros eran feos, sucios y hacían mucho “ruido”. Pondré, para terminar un ejemplo de estas dos “movidas”.

En la calle Velarde había dos locales musicales apenas separados por unos pocos metros; uno era la Vía Láctea, lugar al que acudían bastantes “pijos” “snobs” y “glamurosos”; el otro, al que el que esto escribe acudía casi a diario, era El Mago, lleno de “rockeros” “melenudos” y demás gente de mal vivir.

El que haya quedado el primer grupo como referente de la movida quizás sea porque es más colorido, menos reivindicativo; en definitiva, más domesticado. Pero, estimados lectores, que no os vendan vinagre por vino: los referentes de que de verdad en Madrid, y por extensión en España, algo estaba cambiando, no eran Alaska, Almodóvar o, en otro terreno, Ágatha Ruiz de la Prada –esposa de Pedro J. como todos sabéis-; los verdaderos eran Antonio Vega, Flores, o Rosendo Mercado, o el grafitero Juan Carlos Argüello El Muelle.

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