La mirada ecofeminista de los comunes

Hemos coincidido con Yayo Herrero, de Ecologistas en Acción, varias veces este verano y, como siempre desde que la conocemos, nos invita a la reflexión, a volver la mirada hacia la visión eco feminista de los comunes.

El eco feminismo es una mirada al mundo que declama igualdad. La vida humana es imposible si no es en interacción con la Naturaleza. No es solo un cuestionamiento ético o incluso político, sino que hoy por hoy es ya una cuestión de supervivencia en un modelo que le ha declarado la guerra a la vida.

La Tierra tiene límites, aunque el sistema hegemónico se empeñe en no darse cuenta. Los llamados “sumideros del planeta” están sobresaturados de multitud de procesos de contaminación masiva. No se puede crecer y crecer en unas condiciones que devoran y sobrepasan esos límites y llevar a la par una vida que sea digna de ser vivida.

Una criatura recién nacida necesita muchos cuidados. Al igual que en la vejez, nuestros cuerpos son aún más vulnerables. La vida humana es imposible vivirla así, a nivel individual e individualista, sin otras personas que nos cuiden. Esta función de cuidados la ha venido realizando mayormente la mujer a lo largo de la Historia y no ha sido así por una cuestión genética, como se ha pretendido hacernos creer, ya que los hombres también tienen estas capacidades y está harto demostrado, independientemente de que las desarrollen o no. La sociedad patriarcal en la que vivimos divide socialmente el trabajo, nos divide y nos clasifica en categorías y en general, el trabajo de cuidados y en los hogares parece invisible a los ojos. Quizá pensamos en la vida como una certeza, pero nada más lejos. La vida es sólo una posibilidad, y al paso que vamos quizá sea cada vez menos posible y viable.

En el llamado metabolismo social marxista, partimos de unos bienes fondo finitos, como son los recursos naturales, no tanto tecnológicos, que se reproducen por sí mismos y así se desencadena todo un proceso de obtención de recursos, de trabajos y de servicios para el mantenimiento de esos bienes y servicios necesarios para la vida. En cambio, el sistema actual ha caído en un pecado original metabólico”.   La cultura occidental es una de las únicas que ha levantado un muro entre los seres humanos y el resto de seres vivos que habitan este planeta. Hay una especie de abismo deontológico entre los seres humanos y el resto del mundo vivo.

Lo encontramos ya en Platón, pero también en el pensamiento judeocristiano a partir del Génesis (léase “dominad la tierra y sometedla”). En el pensamiento moderno también existen estas dicotomías, ya en el pensamiento cartesiano vemos cómo el cuerpo vale menos que la razón y los cuerpos funcionan con la lógica de una máquina (Descartes practicaba con regularidad la disección de animales, imbuido por esta dicotomía obsesiva) pero la vuelta de tuerca viene de la mano de Newton, que teoriza sobre las leyes de la Naturaleza como si fuera una máquina de dicotomías irreconciliables con el ser humano, como si hubiera que luchar contra ella para la supervivencia en lugar de verlo como un ser vivo más que forma parte de ella.

Sobreviene la división sexual del trabajo, se asocia la cultura y el pensamiento a lo masculino como concepción equivocada que constituye la definición de persona sobre una noción de sujeto patriarcal que puede vivir emancipado de la Naturaleza, de su propio cuerpo y de los demás.

El sostenimiento de los cuerpos se asocia a la mujer porque da la vida, pero en cuanto al pensamiento a lo largo de la Historia se nos suele presentar como si fuéramos menos “persona”, con menos derechos, invisibilizándose esas relaciones de codependencia necesarias para la vida, de mayor cooperación y menor competitividad, por esa reducción sistemática de ponerle un precio a todo lo que tiene valor en sí mismo o a procesos de difícil asignación monetaria.

Porque, ¿cuánto vale el ciclo del agua o la vejez? Podríamos ponerle precio a la capa de ozono, pero si se deteriora demasiado, por más dinero que pongamos, el daño no será reparable. Hay cosas que no se pueden reparar ni arreglar con dinero y esto trastoca el concepto de producción del sistema de otorgar valor a las cosas sólo en términos monetarios. Del mismo modo observamos cómo hay un tipo de producción que destruye la vida (véanse las bombas de racimo, por poner un ejemplo) pero que produce grandes beneficios y agregados económicos a las empresas que la introducen en los mercados.

El beneficio económico también crece con las guerras mientras mueren miles de personas cada vez que se produce una. Las empresas farmacéuticas se alimentan de la enfermedad, no de la salud, para engrosar sus elevadísimos beneficios anuales. Quizá deberíamos redefinir conceptos como “crecimiento”, “desarrollo” o “beneficio” en función de las personas y no de intereses de mercado. Y, por qué no, redefinirnos nosotras mismas como personas…

¿Seguiremos mirando hacia el “crecimiento perverso” hasta que nos fagocite a todas? Les proponemos en esta ocasión que miren ligeramente a su alrededor, una mirada introspectiva hacia los comunes y al eco feminismo que iguala; les proponemos eliminar esos roles de género que sólo dividen en dos a la sociedad, denunciar la violencia simbólica que tenemos asumida con total normalidad en este sistema voraz y “antipersona” al que seguimos alimentando con nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra calidad de vida.

Feminismo no es lo contrario a machismo, sino un movimiento social, político e ideológico que defiende la igualdad entre hombres y mujeres porque son iguales. Esto supone una toma de conciencia de las mujeres de la opresión y explotación de las que son objeto por parte de un sistema heteropatriarcal creado para los hombres, lo cual las mueve a la acción para su liberación, a empoderarse y a poner en valor una identidad de género de la que no deben avergonzarse, ni alienarla, sino declamarla. Y si alguien las acusa de “feminazis”, concepto que parece estar de moda en el siglo XXI, sepan que no es más que un concepto inventado para dañar la imagen de las luchas feministas, sobre todo cuando una mujer empoderada cuestiona los privilegios de un hombre y reclama justicia e igualdad. Es una burda manera de ponerse a la defensiva comparar la lucha por la libertad y la igualdad de las mujeres con el holocausto nazi, es el acabose y el “hasta aquí puedo leer”. ¡Que no les confundan!, ¡Redefínanse!

“Hay heridas que, en lugar de abrirnos la piel, lo que nos abren son los ojos”.

Y si escuece, entonces sana. (Gracias a Yayo, a nuestra Barbijaputa favorita y a Pikara Magazine siempre, por ser ese altavoz tan necesario para las luchas feministas).

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