Una atmósfera tóxica

Central Park a -9º

        Es martes, día de descanso. Bajo el sol primaveral, camina lenta y pensativa hasta el banco frente al estanque. Por su cabeza desfilan las partidas del activo a la izquierda; las partidas del pasivo a la derecha. Una imagen del orden, posiblemente, asociada a sus primeras clases de “Secretariado”, fuera ya de los algodones del colegio y la infancia.

        Se le desvela de repente que el mensaje de este ser que juega con las llaves de la vida y la muerte, del amor y del miedo, no es otro que: “¿sabrás llegar hasta mí, pequeña? Mira que soy bastante inaccesible”. Por supuesto que él se ha comunicado más con silencios y actos bizarros, que con palabras y gestos amables. Ella, decidida, coge su móvil.

  • Mmmm, -le contesta la princesa Leia-, no sé… La gran fuerza gravitatoria que me mantiene pegada a este, tu planeta, es neutralizada por cada sacudida cósmica que recibo y soy proyectada violentamente a la órbita de un mundo paralelo cuya atmósfera emana un hedor insoportable. Esta distancia me basta para observar un paisaje: un lago cuyas aguas son inquietantes y sirven de morada, en su mayor profundidad, a un gran escorpión. El agua, en su estática superficie, refleja una luz que no le es propia; es la de un satélite que crea una falsa sensación de mundo astral armonioso y claro, ¡una imagen irreal! Y gracias a mi intuición sé que no debo entrar allí jamás, pues se rige por la ley de la destrucción. La vida no es compatible con este lugar.
  • Vale, “tranqui”, ¡lo pillo! No vendrás más por mi casa, ¿verdad?
  • Chico listo. (Esta vez sin emoticonos).

            Y así fue cómo Leya AB-12 cuadró y cerró este ejercicio contable; con determinación y orden, muy desenvuelta ella, con imaginación. Llegarse hasta aquí le había merecido la pena, sin duda. Le sobrevino una ligera onda eléctrica, sumamente agradable, por todo su cuerpo.

          Con paso seguro y armonioso (aunque ciertamente extraño) se dirigió hacia su nave, a la hora señalada. En su planeta, la Igualdad es tan real como la luz del sol, y su principesca persona debía trabajar en pocas horas. Vivir sin pagar tiempo y esfuerzo: ¡un privilegio impensable! O casi: aun quedan unos pocos Adán XY_01 por reeducar.