Sira. Aventura erótica y emocional. Episodio 3: «Néstor».

Trilogía de Sira

Imagen: Alba Bala

El sonido específico de su wathssap tiene un reflejo directo a dos dedos de mi ombligo. Al sur, se entiende.

         –Todo se ha complicado mucho, Siri, pero tengo tantas ganas de verte–. Con qué pocas palabras puede una venirse arriba, renovarse todo el sistema inmunitario, y revolver entre los cajones la lencería apropiada, en cuestión de segundos. Importante: el perfume amaderado y exótico que le volvió loco en nuestra primera y única cita.

         Por fin llegó el día. La espera había resultado tan extraña, tan involuntaria, que parecía sencillamente ilógica. Y quizá es desde esta experiencia que de camino a su encuentro siento física y palpable manifestación de la certeza en mi abdomen, la determinación de querer entrar con él en un espacio nuevo y mágico. Si pudiera, alzaría el vuelo, taxi incluido.

         Néstor me recibe al abrir la puerta con su mirada brillante (más veloz que el sonido, ya se sabe). Seguidamente, el tacto: una leve presión en el hombro invitándome a entrar. Y tras un paso corto, antes siquiera de cerrar la puerta, un abrazo hondo y atemporal, dejando aún hueco entre nosotros, un espacio al deseado silencio. Tan solo presencia. Con qué poco se puede ser, hasta de forma inmerecida o injusta, rabiosamente feliz. Solo por recibir semejante regalo habría salido de casa mil veces, atravesando toda la ciudad, tan inhóspita en estos tiempos.

         A si que, de una forma no pretendida o desprogramada, pongo mis contadores a cero: no espero, no deseo ya, de forma inmediata más nada, que me reporte mayor alegría. Estoy aquí y eso basta. Es el punto perfecto donde detener mi relato.

         Lo que continuó, lo que siguió esa noche fue una fiesta privada. Teníamos de todo: buena música, vino y gran cantidad de manjares para degustar sin prisa. Centímetros de piel como seda que, a modo de mapa, nos guiaría no por la ruta más corta o más rápida, sino por la más placentera. La exploración no presupone ni va condicionada a meta alguna ni objetivo final. Hay un único deseo: sentir, durante todo el paseo nocturno, el puro éxtasis.