Sira. Aventura erótica y emocional. Episodio 2: «La espera».

Trilogía de Sira

Imagen: Alba Bala

— Sin palabras, cuando nos veamos quiero que me abraces sin palabras—, le dice ella al teléfono. En su memoria permanece aun, pese a las semanas transcurridas, la imagen fresca de una amplia sonrisa, unos ojos chispeantes sosteniendo su mirada;  primera impresión, en una bonita plaza de Madrid. Y cómo él, hace invitación con la vista y el brazo para caminar juntos, enlazados.

Desde ese instante  fueron envolviendo sus sentidos y su cuerpo entero, unos susurros al oído, una piel cuidada en su mejilla, ese olor suyo…. Tan cerca, tan atractivo, que la duda —su primera duda en la piel—, se fue disolviendo a cada paso dado como miel en leche caliente.

Ahora Sira, desde otra realidad anhela saber más; desvelar si el hombre es un ideal creado por su deseo. Recrea su presencia, volver a sentir esas dulces oleadas de pasión, revivir esos momentos ingrávidos y pisar tierra con él, al tiempo. Le urge confirmar que todo lo intuido, todo el tornado de vivencias, tiene una razón física de ser: Néstor. En contraste con toda esta cálida atmósfera de ensoñación, le acompaña también el eco de muchas palabras, un río agitado de palabras, que embriagan su atención y raptan el aire que inhala. Se siente inquieta.

En su nube de diseño propio, Sira permanece en aquella tetería moruna. Ahí experimentó lo que es rozar el cielo. Sin indiscreto espectador alguno, se entregaron a mirarse, a reconocerse en lenguas antes desconocidas, para más tarde, recordarse… Pura expansión contenida. Así es cómo, entre risas y confidencias, roces y voces quedas, fue creándose una especie de lecho ideal, un telar de flores frescas. Todo dispuesto para el amor, para el placer sencillo. Así lo anunciaban los suspiros que escapaban de la bella figura a la luz de de la luna, la silueta de dos seres entrelazados en despedida.

Pero sin aviso, sin advertencia previa, hace su aparición la inoportuna cuarentena, a dejar claro que la realidad es quien nos gobierna, y no los planes que ambos tuvieran en su mente y en la agenda. El día quedó atrás; solo les pertenece el deseo, en la espera.