Nacionalismo ¿la peste de Europa?

Por lo general, creemos ingenuamente que nosotros escogemos los libros que leemos, aunque cada vez me inclino más a pensar que es al revés, ya que no es la primera vez que una obra que estoy leyendo se me presenta como de rigurosa actualidad a pesar de ser escrita en épocas ya pretéritas. Esto también podría deberse a mi interpretación subjetiva de obras un tanto ambiguas, siendo esta la no descartable segunda opción.

En estas navidades la obra que me escogió fue La Peste de Albert Camus, publicada en 1947 y aparentemente con un mensaje inocente y ambiguo, pero que la mayoría de investigadores la relacionan con el relato alegórico de la ocupación nazi en la Europa de la Segunda Guerra Mundial. En esta obra se nos presenta un panorama no real pero de gran verosimilitud, ya que Camus consigue recrear un escenario totalmente posible en nuestra sociedad contemporánea, que a pesar del trascurso del tiempo sigue muy vinculada a los momentos de su nacimiento (marcada por el inicio del ciclo de triunfo burgués desde la Revolución francesa y la Primavera europea de 1848) con todo lo que esto supone socialmente.

Camus nos retrata una sociedad apática, que tarda en darse cuenta de la magnitud de la epidemia y cuando lo hace solo reacciona de manera egoísta e individual. Durante el trascurso de la novela la población de Orán pasa de la incredulidad inicial, luego al delirio interno y finalmente a la indiferencia. El tema de la indiferencia en las sociedades burguesas occidentales sería un interesante tema de estudio que el autor aborda de manera secundaria pero muy precisa. Además nos presenta una serie de personajes típicos de las sociedades contemporáneas, de cuyo análisis pormenorizado se pueden extraer valiosas conclusiones sociológicas. En la parte final de la obra el autor hace un repaso de lo que supuso la peste para la ciudad, pudiendo leerse como un alegato contra la posibilidad de que mediante el olvido fenómenos como el nazismo puedan volver a la vida e infectar a la sociedad nuevamente, no olvidando la indiferencia que la sociedad europea mostró ante un fenómeno tan horrible y devastador como el fascismo.

Tal como ya he expresado, creo que pocos temas son más actuales que ese clamor contra el fascismo denunciando una sociedad mezquina y desestructurada que carece de los sistemas de defensa inmunológica ante un virus de esta magnitud, tal vez porque el propio virus se encuentre en la esencia de esa misma sociedad. Y como siempre habrá grupos más vulnerables al virus que otros, como el proletariado, que continuamente bombardeado desde todos los medios con falsas ideas de nación y patria que en el fondo no dejan de ser fantasías sentimentales que buscan un factor de unión entre explotados y explotadores que no existe.

Por lo tanto la lección particular que extraje de la obra es la realmente interesante visión del fascismo (cuya base legitimadora es el nacionalismo burgués) como algo que está latente en todas las sociedades europeas surgidas tras la instauración de la burguesía como clase dominante que impone su sistema social y económico. Por lo tanto la labor que debemos emprender, no únicamente los historiadores, es la denuncia de este suceso encubierto por el sistema de pensamiento global y sus medios intelectuales, dejando claro que lo único que acabaría con el virus sería la destrucción de esa sociedad burguesa enferma y la creación de un modelo alternativo al mismo, que partiendo de la lógica sitúe a los verdaderos pilares de la sociedad en la posición que se merecen, como por ejemplo el modelo socialista.

La relación entre la decadencia social europea y el auge del nacionalismo son fenómenos que considero íntimamente ligados. Ante un modelo que tras la segunda guerra mundial prometía felicidad y progreso ilimitados, la progresiva demolición del estado de bienestar (paralelo al durísimo castigo histórico que se le impuso al Este europeo) ha venido a demostrar la imposibilidad de cumplir esa promesa de una Europa como un paraíso terrenal. De esta manera se presenta más claramente como el ambiente de triunfo del modelo europeo no era más que un espejismo proyectado por las oligarquías del Viejo Continente. Si a esto sumamos el factor de que los países que conforman el área continental circundante de Europa están sumidos en profundas crisis estructurales (debidas en la mayoría de los casos a la incidencia que las potencias europeas ejercen aún hoy día sobre sus antiguas colonias) comprenderemos mejor el interés por el hecho de que se pretendan desviar la atención de la población de estos fenómenos y solamente apuntar hacia cuestiones de movimientos de población irracionales y de invasiones de los pueblos bárbaros cuando la pacífica Europa no les ha robado nada.

Ante todo se pretende que no se cuestione la noción de nación-estado, base sentimental de un modelo desacreditado, con una sociedad desestructurada, que se comporta de forma casi macabra y mezquina, regida por una civilización en franca decadencia, que en la senda del progreso ilimitado se ha vaciado de todos sus valores originarios y solo rinde pleitesía al dinero. Si ampliamos aún más el foco de análisis, el “choque de civilizaciones” del que habla Huntington se presenta como un fenómeno real, pero que parece surgir más por intereses concretos que por generación autónoma. Con nitidez vemos como el viejo mundo pretende mantener su supremacía, pero basándose en ideas caducas e inertes desde hace mucho tiempo, alimentando así el resentimiento de los pueblos europeos que los llevaría hacia posturas filo-fascistas. Pero esto no nos debe hacer tirar la toalla, paralelamente a este proceso de decadencia europea debemos apostar por la creación de modelos contrapuestos, con ideas de patria alternativas a un conglomerado sentimental hipócrita que pretende la unión irracional entre explotados y explotadores. Esta idea de patria debe cimentarse en la solidaridad social, siendo indispensable para esto la supresión de la explotación.

Por todo esto me gustaría recalcar que ante una Europa que olvida muy rápido, el labor de los historiadores es imprescindible, debiendo luchar contra el fascismo, no lavando su imagen o pasando de largo ante el auge del mismo como si fuera un suceso que no nos concierne. Somos los que elaboramos la visión que nuestra sociedad tiene de su pasado, una misión demasiado importante como para no comprometernos completamente con ella.