La urna

Encima de una mesa ponen una caja transparente con una ranura por la cual se introducen papeletas metidas en sobres. Detrás de las mesas están personas. Detrás de estas personas, miles de ciudadanos, que están representados por toda esta escenografía.

La imagen impone respeto aunque nadie se dé cuenta de ello. La miro desde lejos y me estremezco. Tengo miedo de acercarme a ella. No importa que sea un derecho y que la ley me ampare. La duda de la inutilidad del acto me paraliza.

La historia la hacen los pueblos, y hasta ahora, por lo que yo deduzco, esta se repite. Los obreros contra los patrones han dejado paso a los obreros contra los obreros para beneficio de muy pocos patrones. La minoría decide, en la mayoría de los casos, que todo siga igual, y que todo este como tiene que estar.

La democracia está encerrada en ese objeto de plástico. Todo se resume en un espacio tan pequeño que no me entran ganas de mirarme todo el texto. Me han dicho que es muy bonita la madre de toda esta ciencia. Me apena no poder leerme una constitución que se parece mucho a la biblia. Buenos deseos, inmejorables planes de vida, pero pocos hechos.

En el mes de mayo, arropado por amigos, fui capaz de acercarme al colegio donde tengo derecho a ejercer mi voto. Entré, miré alrededor y, con la sensación de estar realizando un acto inútil, voté. Años de rebeldía tirados por la borda, horas de principios perdidas en segundos, y una cesión en la base de mi ideología se dieron por buenos por haber alcanzado un pequeño cambio.

Se acerca el mes de diciembre y la urna vuelve a emitir gruñidos. Sonidos que me llegan sin fuerza. Mi cuerpo no se eleva, y los pelos más que erizarse se acaman como la mies en los campos. Sus encantos me han embelesado durante muy poco tiempo. No es culpa suya. Es de los que la colocan, y no son los suficientemente sinceros como para darle lustre, y mostrarla bonita y atractiva.

Se cae un libro de la estantería, se abre y, por arte de magia, me muestra una frase subrayada, “ser o no ser”… Esto me viene al pelo, “votar o no votar”. Mejor pensado, “votar a Podemos o no votar”. Esa es la cuestión. La gran incógnita, de muchos de aquellos que se iluminaron con las mareas ciudadanas que alcanzaron las alcaldías, me corroe, de una manera sorprendente, por dentro.

No sé qué hacer y ella no me ayuda. La miro, la traigo a mi mente junto con la frase, “hay que ir a votar”, a ver si de esa manera me aclaro. No puedo decidirme. Mientras vacilo un ataque de pánico se introduce dentro de mí. Dura poco, pero lo suficiente para saber lo que realmente siento. No creo que sea capaz de votarles.

Salto de la silla y me pongo de pie. Estoy atrapado entre la calle y la mesa con la urna. Si me quedo en la calle seré cómplice de que los de siempre sigan abusando de nosotros otros cuatro años más. Si voy a verla, e introduzco una parte de mí dentro de ella, haré que se aprovechen los que van de corderos pero que son lobos resabiados, ávidos de hincarle el diente a una parte del pastel.

Haga lo que haga me voy a equivocar. Que sensación más triste. Ni la televisión me la pueda quitar con su mundo irreal. Ni las tertulias de los bares de pueblo me alivian. Ni el hecho de mentirme mí mismo con la esperanza del cambio me tranquiliza. No encuentro consuelo nada más que en el egoísmo y en el alcohol.

A medida que se acerca el día me entran más ganas de salir corriendo en la dirección contraria a la que esta ella. La urna me pide compromiso y yo amo la libertad. Me ha prometido que si le doy mi amor y me uno a ella mi vida va a cambiar, pero no la creo. Por este motivo, iré hacia ella como si fuera al trabajo, teniendo claro que lo que hago es por obligación y no por placer.