La Matanza de Badajoz. Parte 1

La historia de cómo sucedió y quiénes perpretaron una de las mayores matanzas de los franquistas al principio de la guerra

Cadáveres en las tapias del cementerio

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Desde que se pusieron en marcha las columnas franquistas, que partieron de Sevilla dirección Madrid el 3 de agosto de 1936, dejaron a su paso una estela de horror y muerte

Aunque la de Badajoz fue la matanza que más eco tuvo gracias a la presencia de periodistas extranjeros, estas prácticas genocidas las venían realizando en todas las poblaciones que ocupaban: Almendralejo, Llerena, Mérida, y un largo etcétera. Como apunta Paul Preston, lo que ocurrió en Badajoz podría tomarse como una advertencia a Madrid.

Franco ya había aterrorizado a los habitantes de Badajoz, con lo que les ocurriría si no se rendían, en una proclama fechada en Mérida el 12 de agosto de 1936: Vuestra resistencia será estéril y el castigo que recibiréis estará en proporción de aquella. Cumplió su amenaza a rajatabla. La matanza formaba parte de la táctica de eliminación física del adversario, no importaba que ello conllevara la muerte de muchos inocentes. En la toma de Badajoz se produjeron los hechos más repugnantes; asesinatos, violaciones, saqueos, mutilaciones; todo ello con el beneplácito de los jefes militares franquistas.

La brutal represión se entiende aún menos si tenemos en cuenta que en Badajoz apenas había habido represalias contra los elementos de derechas. De hecho las autoridades evitaron que las enfervorizadas masas tomaran venganza por los bombardeos a que estaba siendo sometida la población. Cuando un grupo de personas intentó asaltar la cárcel para asesinar a las personas que estaban allí encarceladas por apoyar el golpe; los diputados de Izquierda Republicana, Luis Pla Álvarez, Eloy Domínguez Marín y Joaquín Vives Castrillón; junto al gobernador civil, Miguel Granados y el director de la prisión Miguel Pérez Blanco, lo evitaron haciendo que la Guardia de Asalto contuviera a la muchedumbre. Los tres primeros fueron asesinados, Granados logró huir, mientras que Pérez Blanco continúo en la ciudad prestando sus servicios a los franquistas.

Este trágico episodio de la guerra civil española ha intentado ser borrado de la memoria; primero por los propios franquistas desde el primer momento; mintiendo y tergiversando los hechos ocurridos en la capital pacense, como aparece en las normas de censura dictadas por el comandante Cuesta Monereo, que en su apartado noveno dicen: En las medidas de represión se procurará no revestirlas de frases o términos aterradores, expresando solamente “se cumplió la justicia”, “le llevaron al castigo merecido”, ” se cumplió la ley”, etc. Pero lo más indignante es que ya en democracia se haya seguido intentando borrar las huellas de lo sucedido. En 2002 el ayuntamiento socialista de Badajoz demolió la plaza de toros, en lugar de convertirla en lugar emblemático de la memoria histórica.

Plaza de toros de Badajoz (1936)

No fue solo en la plaza de toros donde se produjeron los asesinatos, por todas las calles de Badajoz corrían ríos de sangre; sangre vertida por hombres y mujeres, que en muchos casos no siquiera habían participado en la defensa de la ciudad. Simplemente por llevar una pulsera de oro o alguna modesta alhaja, los mercenarios moros al servicio de Franco asesinaban sin piedad al portador. Como dijo Rafael Tenorio (TENORIO, 1979:8): […] importan menos las cifras que lo que simbolizan. Doscientos o cuatro mil ¿qué importa?, lo que realmente cuenta es el hecho de matar colectivamente a gente indefensa. Reig Tapia define perfectamente lo que fue la matanza de Badajoz: ¿ Qué grado de sadismo, que perversión patológica hizo posible que dichas autoridades no sólo no impidieran, sino que jalaran a los sádicos matarifes que abandonaron a semejantes sevicias y asesinatos? ¿Bajo que código de honor militar o cristiano actuaron?

La matanza

Surge de los asesinatos perpetrados en Badajoz por las tropas franquistas, un lugar emblemático; la plaza de toros, en ella se acometió uno de los hechos más crueles y sanguinarios de la guerra civil. El periodista francés Marcel Dany le relató a Rafael Tenorio (TENORIO, 1979b: 128) el procedimiento: La plaza de toros sirvió de prisión durante los primeros momentos […] No cesaban de traer nuevos presos en camiones. Yo los vi llegar acompañados de camisas azules de la Falange […] Vi como los llevaban dentro de la plaza de toros, escuché las descargas […] luego vi como sacaban los cadáveres.

Los prisioneros eran reunidos en la arena de la plaza, allí eran ametrallados con saña por las ametralladoras instaladas en las contrabarreras del toril. No contentos con esto, en ocasiones los regulares y legionarios bajaban al ruedo y allí asesinaban a los indefensos presos a bayonetazos. En una de estas ocasiones el miliciano Juan Gallardo Bermejo logró arrebatar la bayoneta a uno de los legionarios-toreros y lo mató con su propia arma. En ese momento se retiraron de la arena moros y legionarios y comenzó el ametrallamiento de las personas allí congregadas. Uno de los que con más saña realizaba estas prácticas era un moro llamado Muley, según testimonio de un superviviente de la matanza, Juan Adriano Albarrán. Entre los asesinados había milicianos, obreros, campesinos, tanto hombres como mujeres; nadie se salvaba del salvaje furor vengativo de las tropas franquistas.

Es difícil hacerse una idea del terror que se cernió sobre la plaza de toros. El testimonio de algunas de las personas que vivieron los horrores solamente sirve para hacernos una pálida imagen de lo que allí sucedió. Las ejecuciones se llevaron a cabo en la plaza de toros, habiéndose distribuido invitaciones para el espectáculo […] Grupos de hombres eran ametrallados como perros de caza eran empujados al ruedo para blanco de las ametralladoras […] En los tendidos los invitados registraban con comodidad las angustias y las muecas de la inválida masa humana que, saliendo de su espanto intentaba escapar a la condena (ZUGAZAGOITIA: 124-125). En Badajoz, los facciosos han cometido el crimen más enorme y espantoso registrado en la historia de España. Más de tres mil antifascistas fueron concentrados en la plaza de toros. Y después de haber ocupado las gradas de las plaza, los elementos oficiales, los falangistas, los militares, requetés, incluso “señoritas”, empezó el espectáculo […] (SANZ: 101-102).

El periodista Marcel Dany no vio los fusilamientos, pero si nos ha dejado la impresión que le causaron: Yo no pude ver los fusilamientos, pero escuchaba las descargas y oía los lamentos y los gritos de las víctimas. Además tuve tiempo de ver lo que sucedía y escuché testimonios de la gente. Entre los prisioneros había muchas mujeres (citado, TENORIO, 1979b: 128).

Uno que si estuvo en la plaza fue Francisco Moreno Martínez; así nos describe lo ocurrido: Nos pasaron a la plaza de toros y nos alojaron en unos pasadizos debajo de las gradas y que no había más luz que la dejaba pasar por las ranuras o aspilleras que había en las murallas. Al día siguiente empezaron los fusilamientos. El sistema que tenían era el siguiente: entraba por la puerta que daba al ruedo de la plaza un cabo bajito de la Legión y pistola en mano y cojeando porque tenían el pantalón ensangrentado como de estar herido. Este señor contaba hasta veinte, los sacaba al ruedo, donde esperaban los guardias civiles que componían el piquete de ejecución, por lo menos siempre que salí allí eran guardias civiles los que fusilaban. (citado MERCHÁN)

Pero no solamente fue en la plaza de toros donde se fusiló, prácticamente toda la ciudad fue testigo mudo de las atrocidades que cometieron las tropas comandadas por el coronel Yagüe.

Cadáveres en las tapias del cementerio
 

Los últimos combatientes republicanos que resistieron atrincherados en la catedral hasta que se quedaron sin munición, fueron fusilados en el altar mayor; al día siguiente sus cadáveres aún seguían en el lugar donde habían sido asesinados. No bastaba el asesinato, había que ensañarse, como lo demuestran las fotos realizadas por algunos oficiales alemanes de los cadáveres castrados por los moros. Supuestamente, Franco prohibió, a partir de entonces, que se realizaran castraciones; pero fue una práctica que continuó realizándose allí por donde pasaban los regulares; a otros se les marcó a fuego vivo como si fueran ganado; en la plaza de Penacho, falangistas y moros abrían el vientre de sus víctimas y les metían la cabeza dentro. Otros fueron asesinados frente a la Comandancia Militar o las tapias del cementerio.

Los asesinatos continuaron los días siguientes. Todos los días a las doce de la mañana, en la plaza de Penacho, se producía el “espectáculo” de la ejecución de prisioneros, amenizado con música y a la que estaban obligados a asistir los habitantes de la ciudad.

Asesinados en las calles de Badajoz

El día 20 de agosto se celebró un acto, con misa y desfile incluido, al que se invitó a toda la población. Como culminación del “festejo” fueron fusilados dos alcaldes republicanos de Badajoz, Juan Antonio Rodríguez Machín y Sinforiano Madroñero Madroñero, el diputado socialista Nicolás de Pablo Hernández, en unión de ocho compañeros y siete portugueses entregados por la policía de Salazar, dos de ellos eran menores de 16 años. En septiembre continuaron las masacres. El día 6, cuarenta y tres heridos que se encontraban en el hospital provincial fueron asesinados en la plaza de toros, mediante el procedimiento de un tiro en la nuca; así lo testimonió Modesto González Jorge, hermano de uno de los asesinados. (ver VILA: 62)

Es difícil cuantificar las víctimas: Jay Allen -según le manifestaron oficiales franquistas- da la cifra de 4.000; Ricardo Sanz, 3.000; James Cleugh -propagandista católico-, 2.000; Tuñón de Lara, 1.200; Paul Preston, 4.000; Reig Tapia, entre 600 y 800 en la noche del día 14, y un mínimo de 1.200 el día 15; A. Disfeito, 8.000; Vila, 9.000; cuatro mil de ellos en la plaza de toros; y Francisco Espinosa -que es el que ha elaborado la investigación más completa- da la cifra de 3.800.

En el siguiente capítulo veremos quiénes fueron los responsables de este genocidio.

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