La cultura de la inercia

Una buena parte de los ciudadanos siguen siendo presa de la inercia y del miedo. Hace un año, Rajoy elogiaba en Nueva York a “la mayoría de españoles que no se manifiestan”, utilizando el término de mayoría silenciosa de una manera torticera. Con una desvergüenza rayana en lo insultante, el gobierno trata de apropiarse la actitud de esa mayoría silenciosa y se declara su legítimo representante. ¡Qué desfachatez!

Es cierto que mucha gente, aunque está cabreada por las políticas del bipartidismo, siente miedo ante los cambios, ya que la propaganda mediática machaca insistentemente que sin PPSOE en el poder, vendrá el caos. Tener miedo a lo nuevo es una enfermedad contagiosa. Y cuando surge la oportunidad de renovar el patio y cambiar la foto de los que nos han dado gato por liebre, las neuronas comienzan a temblar. Mucha gente piensa que cambiar de paradigma supone caer en las fauces del Gran Cancerbero, romper la urna de cristal, abrir la caja de Pandora y exponerse a todas las calamidades del mundo. Pero otra mucha cree que cambiar de paradigma supone salir a la calle y contemplar el cielo sin dioses ni tribunos, abrir puertas y ventanas para mirar el horizonte desde una nueva perspectiva. Desde luego es una aventura no apta para timoratos; porque, en el fondo, nos da miedo saltar la valla del paso prohibido, salir de los caminos trillados y romper las alambradas del convencionalismo. Los del pueblo llano quedamos bloqueados en un cruce de caminos cuando se trata de algo nuevo. Cualquier cambio parece inútil y arriesgado. Convencerse de que algo diferente es posible supone una cuesta arriba que muy pocos están dispuestos a subir. Y prevalece la inercia de un antiguo dicho: “mejor es lo malo conocido que lo bueno por conocer”. El noble animal dando vueltas y vueltas en torno a la noria del sistema, con la nariz y los ojos tapados para evitar distracciones. Y la gran araña del mercado tejiendo incansable su tela de ensueño en una noche de verano. Así se entiende que todo siga igual, sólo que se está jugando al borde del precipicio.

Es verdad que hay condiciones objetivas para cambiar el estado de cosas que ha generado el bipartidismo: recortes en sanidad, educación, dependencia, así como la privatización de una gran parte de la gestión pública; pero la inercia tira hacia el lado oscuro del poder, por el miedo al cambio. Parece que se nos ha olvidado que hace pocos años se desató una gran tormenta en el mar de la globalización, cuando navegábamos con viento a favor en el apacible crucero de las hipotecas. Desde entonces, una ola gigante está arrasando el planeta. Y mientras una buena parte del «precariado» rema en galeras con la pesada bola de la hipoteca; otros (el 1%) navegan por aguas tranquilas con rumbo a los paraísos fiscales, aprovechando los despojos de tantas y tantas víctimas.

Hace poco, alguna gente descubrió con estupor que, además de perder la casa de sus sueños, tendría que seguir pagando el resto de la vida por algo de lo que ya no dispondrían. ¡Por fin se habían caído del guindo! Quizá porque no habían entendido que entre nosotros seguía el avaro de todas las épocas exigiendo su interés bajo pena de desahucio, porque la compasión y la solidaridad no cotizan en bolsa y nunca se han entendido bien con la usura. Y quienes creyeron que el dios mercado proveía todos los sueños, quedaron a merced de los tiburones, al cielo raso, en una noche fría de invierno. Entretanto, el DJ de la fiesta, el gobierno de turno del bipartidismo picó el nuevo ritmo que le dictaban los poderes financieros en la sombra. Las consecuencias las tenemos a la vista: los ricos cada día son más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. Los beneficios siguen aumentando para unos pocos, pero la mayoría de la gente está en la calle, sin protección.

Recuerdo que cuando apareció en escena el 15M hubo gritos de indignación y rabia, viendo como los sueños se hundían con el Titanic de la estafa hipotecaria. Poco más de un tercio de la población, decidimos romper el silencio y llenar las calles con pancartas rotuladas a mano. «Que no nos representan, que no».  Pero otra mucha gente no se movió del sillón, frente al televisor, asumiendo las consignas del sistema: «son los radicales de siempre que desprestigian la Marca España».

Y aquí estamos de nuevo ante las Elecciones Generales. Una vez más, la mayoría silenciosa asistirá a un espectáculo de luces y sombras, sin más novedad que las nuevas figuras compitiendo con promesas henchidas de aire para poder entrar en la sala del trono. Como en ocasiones anteriores, los partidos de gobierno pondrán en marcha todas las estrategias para el encantamiento. Los magos de la política se las ingeniarán ante las cámaras para cambiar la moneda sin que nadie se dé cuenta. Tanta mayor potencia de propaganda, mayor capacidad de fuego en la batalla por el poder. Solo la inercia mantiene la adhesión a los colores del equipo. Caer una y otra vez en el engaño de las consignas vacías, envolverse en la bandera de pertenencia, tomar los banderines de enganche para mecerlos al viento al compás del himno del equipo. Todo ello forma parte de la fiesta y tiene su lado emotivo; como si la teoría de la evolución hubiera quedado en las aulas y todo dependiera de un dios caprichoso que tratara a los ciudadanos como liliputienses. El gran hermano sigue ganando las encuestas de opinión. En la refriega, quedarán muchos cerebros castrados, aunque algunas conciencias se remuevan inquietas. La mayoría silenciosa se mueve por la rutina y la inercia; trampa mortal para indocumentados. El votante se limita a depositar su papeleta en la urna y vuelve a sus quehaceres sin preocuparse de que esos políticos, elegidos al amparo del festival mediático, harán de todo menos cumplir sus compromisos; porque de sus bocas sólo habrán salido palabras sin ningún propósito, incluso mal hilvanadas para un relato que los infelices tomarán como si fuera palabra de Dios. «Premio para el ladrón», dice el dorso de la papeleta; y la gente volverá feliz a su casa, como si hubiera cumplido con un rito. La feligresía, fiel a su inercia y a sus miedos, regresará de las urnas con un muñón encima de los hombros; y los pastores brindarán en la mesa porque el rebaño está en el redil.

Luego, una vez firmado el cheque en blanco, nos tocará sufrir las consecuencias de las decisiones arbitrarias tomadas en despachos tramposos o en consensos de trastienda con intereses opacos. Dictar a la masa, mediante decreto, es muy fácil para los políticos atrincherados en sus poltronas de algodón, obedientes a los poderosos. He aquí la gran paradoja de esta democracia: quienes no se presentan a las elecciones deciden la penuria de los más en los comités ejecutivos o en los consejos de administración.

«Esto no es lo que elegí», dice el que todavía piensa. Pero para entonces es ya tarde, porque el ciudadano de a pie no dispone de mecanismos de defensa frente a los desafueros del poder, salvo la acción en la calle. Y vuelta a empezar: la inercia y el miedo de los más fortalece el redil del sistema. Hay que salir del círculo vicioso, llevando la luz al redil.