España cambia de rumbo

Los resultados de las recientes elecciones ofrecen unos resultados de los que podemos sacar algunas conclusiones. La primera, y más importante, es que parece que el electorado español ha decidido darle la vuelta a la tortilla y sacar del poder al partido más corrupto de la historia de la democracia española

Pero no es tan sencillo como parece. Los resultados arrojados por las urnas obligan a hacerse varias reflexiones.

Una de ellas es la que nos hace desmentir lo que anoche decía la vocera televisiva María Claver, que repitió varias veces que la derecha había sacado más porcentaje de voto que la izquierda, pero que la ley electoral había castigado a la derecha por ir desunida. Una mentira más. La izquierda –en ella he contabilizado PSOE, UP, ERC, EH Bildu y Compromis- ha sido votada por 12.660.451 españoles, mientras que la derecha –Cs, PP, Vox, Na+- se ha quedado en 11.276.735 votos, es decir casi un millón y medio de votos menos. Esta sería la primera conclusión: que la izquierda no solo ha vencido en escaños sino también en votos.

El descalabro del PP se veía venir, por un lado porque algunos de sus votantes se han asustado del discurso ultraderechista de su líder Pablo Casado, y se han ido a Cs o a la abstención; por el otro lado, todos los neofascistas que se encontraban en su seno ahora están en Vox arrastrando con ellos el voto del franquismo sociológico. Pero no debemos los progresistas lanzar las campanas al vuelo porque, al menos a mí, me parece preocupante que más de dos millones y medio de españoles hayan otorgado su voto al fascismo puro y duro.

El otro partido/coalición que se ha dado de bruces contra el peor de los suelos ha sido UP. La respuesta a la gran pérdida de escaños y votantes se debe a dos causas: la primera, el voto útil que ha ido a manos del PSOE; de la otra, la desunión que se ha producido en varias comunidades –Valencia, Galicia, por poner un ejemplo-, y a las luchas intestinas que ha habido en el seno de Podemos. Lo que habría que ver es si este varapalo sirve para hacer un fuerte ejercicio de autocrítica y darse cuenta de que o se dejan los pruritos personales y la cerrazón ideológica, o la sangría que está sufriendo en todas las elecciones va a continuar.

Otro detalle importante que nos han dejado los comicios ha sido el descalabro de los nacionalistas españoles en Cataluña y Euskadi. De esta derrota sin paliativos la derecha, y muchos españolitos, tendrían que sacar una clara consecuencia: la táctica del enfrentamiento beneficia a los independentistas, lo que solo deja la vía del diálogo para intentar solucionar de una vez por todas la “cuestión catalana”. El que no lo vea así o está ciego, o es un hooligan neofascista o, simplemente, es un necio.

Los resultados han desatado la euforia en algunos sectores de la izquierda, pero ojo, cuidado con las celebraciones excesivamente entusiastas: se ha ganado una batalla pero no la guerra. Como ejemplo de la afirmación anterior están los resultados de Madrid, en donde la derecha ha obtenido 20 diputados por 17 la izquierda. Amén de vencer en la Comunidad de Madrid, también lo ha hecho en la capital del reino, por lo que las cercanas elecciones pueden arrojar un resultado nada gratificante; la derecha seguiría gobernando la Comunidad de Madrid, y se haría con el ayuntamiento, acabando con el mandato de la escurridiza Manuel Carmena. Y esto sería muy grave, sobre todo para los ciudadanos que vivimos aquí.

Como última consecuencia tenemos que el único candidato que puede formar gobierno es Pedro Sánchez. Pero, ¿con quién? Parece por las primeras manifestaciones que el PSOE está dispuesto a pactar con UP, pero eso no basta. Contando con que al PSOE le apoyaran UP, Compromis, Coalición Canaria, PNV y Partido Regionalista Cántabro, se alcanzarían 175 escaños, es decir, uno menos que la mayoría parlamentaria. Sin olvidar que PSOE más Cs tendrían una mayoría holgada de 180 escaños. Esta última opción yo no la descarto; ya vimos como en las anteriores elecciones Sánchez, que parecía haber llegado a un acuerdo con UP, dio un viraje y finalmente con el que firmó un pacto de legislatura fue con Albert Rivera.

Para evitar lo último, los salvavidas se llaman ERC, sobre todo, EH Bildu y JxCat. ¿Qué harán los nacionalistas periféricos? ¿Se pondrán cabezones y seguirán exigiendo para sentarse a dialogar el compromiso de celebrar un referéndum? ¿Bajarán los pies a la tierra y permitirán con su abstención la investidura de Sánchez en segunda vuelta? La pelota está en su tejado, y sería muy difícil que lograran dar una respuesta convincente a su electorado si, por segunda vez, evitan que haya un gobierno progresista en España.

En definitiva, se ha podido parar en alguna medida el auge del fascismo, pero no está todo hecho ni mucho menos. Ahora toca que la clase política se ponga el mono de trabajar, dejen al lado algunas de sus posturas más extremas y consigan que en España podamos empezar a olvidarnos de la larga noche en la que nos sumió el PP dirigiendo España.