El olor de la Transición

Para conservar hay que reformar

Recientemente he podido leer la obra de Santos Juliá, Transición. Historia de una política española (1937-2017). La verdad es que las referencias que tenía del autor no eran muy alentadoras, pero reconozco que la obra tiene un considerable valor para todos aquellos que quieran aproximarse a este oscuro período de la historia española. El valor de la obra reside en mostrarnos una panorámica muy completa del período, ya desde los tiempos de Azaña y su miedo al “bolchevismo”, que derivará en la posterior “fórmula Prieto”, humillante para cualquiera que tenga una mínima noción de lo que ha sido la guerra civil española.

El autor se remite a los mensajes que los propios agentes de la transición transmitían, por lo que al ofrecernos esta interesante muestra de las variaciones del discurso político conforme discurría el tiempo desde la derrota republicana hasta la muerte de Franco más que mostrarnos la particular visión de un historiador crítico de la transición lo que hace es mostrarnos el relato bastante verosímil (aunque no completo) de los propios hechos. Pero nuestra actitud crítica siempre nos tiene que llevar más allá de los hechos, y en este caso más allá de la imagen que se nos proyecta, de ahí que lo que más me llamó la atención del proceso de transición política del reino de España, fue el olor de la misma.

Aunque el libro se remonte a 1937, solo comentaré lo sucedido después de la desaparición física del Franco. No es que lo acaecido de 1937 a 1975 no tenga relevancia, si no que este comentario no pretende ser muy extenso. Sin embargo este período podría resumirse rápidamente como un exterminio aterrador de la oposición al régimen en el interior, un exilio desconectado de la realidad del país y la eclosión de un sector social que se “opondrá” a la dictadura pero que en su trasfondo entiende que el futuro no pasa por un fascismo sin tapujos, si no por una deriva europeísta y liberal del régimen.

De esta manera cabría destacar la labor de las principales figuras que actuaron (y nunca mejor dicho), en esta pantomima que fue la Transición española, que si se le quisiera dar un título más rimbombante sugiero el de “Impunidad, olvido y traición”. En este show su actor estelar sería un prestidigitador, alguien que sin quitarse su camisa azul de falangista era capaz de hacerse ver como un demócrata convencido. Si señor, el renombrado Adolfo Suárez. Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue el proceso de desmantelamiento de las anteriores instituciones franquistas, siendo reintegrados todos los funcionarios exfranquistas, algo que no sucedió en el caso de la reconversión industrial. Pero este magnífico actor no actuaba solo, llegando a conformar su propia compañía de camaleónicos prestidigitadores especialistas en transformismo. Esta compañía fue denominada Centro Democrático, siendo curioso el nombre ya que si un grupo de exfalangistas se junta para formar un grupo político para poder ganarse la vida de manera decente a costa del contribuyente, lo último que esperas es que se denominen como “centro” y aún menos como “democrático”. En este sentido se aprecia uno de esos matices de olor que caracterizaron esa “democracia” emergida tras la muerte de Franco.

Pero esa idea del anterior falangismo militante visto como centro político tuvo éxito electoral, quizá debido al peso del franquismo sociológico (la compañía obtuvo 6,31 millones de votos, estando compuesto por nada menos que por 24 ministros franquistas). En este sentido cabría sacar a la palestra a otro de esos confusos personajes (perdón, confuso para quien tenga la poca prudencia como para tomar como cierto cualquiera parte de su discurso político) que resulta que un día se acostó franquista y para el otro era todo un demócrata europeo. Este es un fenómeno digno de estudio por la medicina, pudiendo influir es esta metamorfosis, tan intensa y radical, tal vez ciertos factores ambientales como los aires cargados de las noches de Madrid, las manchas de sangre en la camisa azul o un mantenimiento del brazo derecho alzado por largos períodos de tiempo.

Por supuesto, este polifacético actor secundario (secundario a nivel estatal pero por desgracia en el ámbito gallego aún duele la lacra de su caciquismo salvaje que tuvimos que sufrir en primera persona) es Manuel Fraga, también conocido en el mundo del espectáculo político como el “asesino de Vitoria”. Efectivamente, la mano con la que reprimía el movimiento obrero y que luego, aún ensangrentada, la extenderá amigablemente a Carrillo. Éste no la rechazará, e incluso ni se preocupará por limpiarla del repugnante acto. Lo curioso de la historia que nos relata Juliá es que este personaje será desplazado de la escena principal, ya que no era capaz de controlar sus anteriores manías de cuando era ministro con Franco. Sin embargo su papel como principal ideólogo en las sombras del show es innegable, llegando a redactarle el guión al rey. Entre sus múltiples barrabasadas fue la propuesta de una amnistía dual, basada en la “conciencia civil”. Este concepto llega a negar la sociedad y la historia, ya que equipara los perros fascistas que detentaban el poder con impunidad desde 1936 con los antifascistas defensores de la legalidad republicana.

De esta manera con el paso del tiempo el concepto de amnistía se acabó transformando en impunidad. Pero si alguien llegase a negar el carácter democrático del asesino de Vitoria, bastaría con citar una de sus frases para definir lo que el entendía como transición democrática: “para conservar hay que reformar”. Pero la obra teatral no estaría completa sin otro personaje, más aficionado a la caza y al desfase con dinero del contribuyente que al teatro, cuyo abuelo, Alfonso XIII, se puso a las órdenes de Franco tras el triunfo del golpe militar, al igual que su padre, el eterno Pretendiente, que solo empezó a distanciarse del dictador cuando se percató de que no le iba a devolver su juguete. De esta manera el rey Juan Carlos de Borbón se nos presenta como otro gran prestidigitador, debiendo ser al mismo tiempo malabarista, ya que no es nada fácil el cambio de ser educado paternalmente por el Caudillo, sumado a que éste te dejase en herencia el cargo de jefe de la empresa que le arrebató a los malvados “rojos”, para después acabar siendo un demócrata. De seguro esta compleja labor de transformismo tuvo que dejar agotado al monarca, y quizás por esto fue por lo que desde que se apoltronó en el trono solo se ha dedicado a la farra y el despilfarro con dinero público. Bueno, por lo menos así le pagamos su sacrificio por la democracia que nos ha legado.

De esta manera apreciamos como aparte del exfalangismo emanado de Suárez o Fraga, el rey le aporta a la historia relatada un olor a democracia monárquica, con la aparente contradicción que esto supone. Uno de los argumentos que se suelen exponer en el debate historiográfico sobre la necesidad del rey en una transición democrática es la de su útil conexión con el ejército. En este sentido no debemos olvidar que ese ejército es en esencia golpista y filo fascista, de modo que cuesta creer que la cabeza visible del mismo no comparta también estos valores. Precisamente como este fantoche se dio a conocer fue interpretando la dirección del glorioso ejército español durante la tragicomedia del 23F (trágica porque supuso que los gobernantes españoles creían tan idiota al pueblo como para interpretar como verídico un acto tan infame y mal interpretado). Sobre esta infamia solo con acercarse un poco a los sucesos el olor es más que putrefacto, así que lo dejaremos en las irrisorias condenas y la vida de lujo en prisión que tuvieron los partícipes además del secretismo con el que aún hoy se manejan las fuentes directas que lo recogieron.

Si realizamos una revisión histórica básica, casi reduciéndola a un ejercicio de lógica, llegaríamos a la conclusión de lo reaccionario que es el ejército español. Franco es un militar, que se impone por un golpe de Estado, siendo el ejército purgado tras la guerra, y desde entonces apenas sufrirá modificaciones transcendentes, de ahí que en el hiciesen blanco los grupos terroristas críticos con la veracidad del proceso de transición, promulgando la purga de los mismos para avanzar realmente hacia un nuevo régimen. Es este contexto es donde debemos situar la simbólica muerte de Melitón Manzanas. Este mismo ejército fue el que afirmó que su intolerancia hacia el sindicalismo obrero se debía a que este “atentaba contra su honor” o que consideraron como “enemigo interno” al PCE (incluso cuando este ya se veía como un perro más que domesticado, inoperante y mutilado).

El autor utiliza términos como desaliento o falta de ilusión que emergieron cuando la transición ya fue avanzando con el tiempo y se vio su carácter meramente prestidigitador. Este descontento será absorbido por la macabra figura de Adolfo Suárez, que tras su muerte se ha convertido en un símbolo de la democracia y la “concordia”, siendo así junto a Fraga uno de los máximos exponentes de la mentira de la Transición. El sentimiento de pérdida de esperanza en el proceso “democratizador” se reflejaría en el referéndum para la aprobación de la Constitución, registrando una abstención del 32% del censo (unos 9 millones de personas…), siendo curioso como un proceso que se pretende vender como modélico y totalizador excluya y olvide a un tercio de la población…

Hasta ahora hemos visto como los principales actores de esta macabra obra solo se movían en la parte más tirada a la derecha del escenario (siendo incluso la paradoja de que se autodefiniesen como “centro”, lo que supondría que alguien movió el escenario demasiado hacia este lado, quitándole espacio a los actores que preferían situarse en el margen izquierdo del mismo). Pero para que en una película alguien se vea representado como el “bueno”, también tiene que haber “malos”. Me gustaría destacar este factor ya que del fascismo nunca esperamos nada bueno, forjado sobre mentiras, muerte y enajenaciones mentales. Pero lo que completa el olor a timo es la patraña de la “modélica” Transición española fue precisamente que haya sido capaz de proyectar una imagen de la izquierda que participaría en el mantenimiento del régimen fascista vigente desde 1939.

Esta izquierda no puede ser más que caracterizada como de clase media y postmoderna, siendo seducida únicamente con dinero y con el morbo de entrar en la farándula televisiva en la que se convertirá la política del régimen desde entonces. En este lucrativo juego quien salió perdiendo fue la clase obrera, encaminándose a un horizonte de frustración y surrealismo de la que aún hoy le está costando salir. En este sentido me gustaría destacar la figura de Felipe González, un extraño para la propia militancia del partido cuando fue elevado a Secretario General con el sospechoso dinero de los corruptos sindicatos estadounidenses y del partido socialdemócrata alemán, destacando sobre todo la Fundación Friederich Ebert (a cambio por ejemplo de fundamentar los planes de pensiones de jubilados germanos en la burbuja de la construcción, lo que fue clave en el modelo de austeridad y rescate financiero cuando explotó en el año 2008). Si el solo nombramiento de Fraga o Suárez como demócratas produce escalofríos, lo de González como socialista (incluso como socialdemócrata) produce una sensación semejante. Un enajenado mental que se auto definía como un demócrata social por parecerle demasiado radical el vocablo socialdemócrata, que llenándose la boca de estado de bienestar privatizó más empresas públicas que Aznar, que se negó sistemáticamente la posibilidad de reparación de las atrocidades de la guerra civil y la posterior represión fascista, es que en la actualidad actúa como hijo adoptivo de Reagan y Milton Freedman, defendiendo al imperialismo más demente y relacionándose con la aristocracia quesera del país.

De esta manera observamos una izquierda que, además de plegada por completo al mito postmodernista y neoliberalista, está plagada de esquiroles y gente que se adscribirían al franquismo sociológico, sin romper con el mismo. Esta situación no ha cambiado mucho hasta nuestros días, y refleja la falsedad de la pluralidad de la “reconciliación” española. Tanto el proletariado como los vencidos en la guerra civil estaban demasiado traumatizados y sorprendidos por la capacidad de adaptación del régimen que no consiguieron articular un movimiento antifascista de contrapeso (por no hablar de lo que supuso el fenómeno de la drogadicción y el alcoholismo para la sociedad española de los 70 y 80). Para concluir el repaso al papel jugado por la izquierda en la pantomima de la transición no debería olvidarme del principal represente de la organización obrera, junto con la CNT, que mayor influencia tuvo desde la llegada del marxismo a la península ibérica y que en la dramática guerra civil sus militantes siempre se posicionaron a favor de la a favor de la república y del pueblo, sufriendo una represión salvaje tras la derrota.

Ese personaje que deshonró el glorioso legado del comunismo hispano es Santiago Carrillo. Nunca conseguí entender bien como este individuo pudo pasar para cierta gente como el máximo representante del comunismo español, siendo la única explicación posible la profunda ofensiva que sufrió el concepto de marxismo durante el franquismo (proceso del que aún hoy somos deudores directos). Para percatarse de que Carrillo es la antítesis de un comunista llega con repasar su accionar político y vital contraponiéndolo con los escritos básicos que fundamentan el marxismo-leninismo. Sería suficiente con mencionar sus decisiones abortando la invasión del Valle de Arán y proponiendo una estrategia defensiva a las guerrillas. Pero aunque se desconozcan las doctrinas bases del socialismo, es impensable pensar en un comunista enamorado de un monarca. A pesar de que quizás el porte de gañan bonachón de Juan Carlos pudieran confundirlo, cuando un personaje como Fraga (que lejos de representar algo atractivo se aproxima más a la representación de un simio con ropajes humanos) te alaba por tu talante conciliador y democrático, es que algo huele mal. Explicando esto casi se sobre entiende la deriva suicida que desde entonces ha tomado el PCE, aceptando a siniestros personajes como Tamames o Fanjul en sus filas.

De esta manera tras la lectura de la obra de Juliá una de las ideas más nítidas que podemos sustraer es que la transición provocó frustración por ser un modelo desfasado, que proyectaba una imagen que no concordaba con los hechos materiales y por ser pensada para la defensa de una oligarquía se ganó a una clase media filo fascista por medio del terror hacia cualquiera tipo de cambio. De nuevo incidimos que a pesar del posible peso social del franquismo sociológico (que siempre distará mucho de ser una mayoría), que la transición se basase en el reaccionarismo del mismo no justifica este proceso histórico como legítimo o mayoritario.

En esta línea una idea que aporta el autor es clave para comprender la esencia del proceso es que la transición se realizó más por motivos económicos que morales o éticos. Por supuesto, España desde que nos ha dejado el Caudillo es una democracia europea en toda regla, pero con respecto a esto debemos plantearnos la idea de si esto es algo positivo para la mayoría de la sociedad del país. Si fuese tan positivo como nos pintan no se explicarían fenómenos como: el genocidio de la crisis de 2008, el alto consumo de drogas y alcohol, las medidas mínimas a favor de la Memoria Histórica que llegaban 60 años tarde, siendo uno de los países del mundo con más fosas comunes sin abrir, una juventud abocada al sometimiento o a la emigración… Por no hablar de nuestro inmediato presente, con un oscuro gobierno que tras los muertos por el exterminio de la sanidad pública saca un slogan tan macabro como el de que “salimos más fuertes”, equiparable al “arbeit macht frei”.

Por eso tras la revisión de los acontecimientos sucedidos después de 1939 se deduciría  que siempre ganan los mismos. Lo que supuso la transición para la oligarquía española no fue la renuncia de sus privilegios, sino que se tuvieron que plegar ante los designios imperialistas económicos, promoviendo y logrando la imposición de la repugnante ideología del dinero. Tal como diría el entrañable Fraga, hay que reformar para que nada cambie, que traducido al castellano poético al traducirse en la máxima “El cortijo es de los señoritos, no de los jornaleros”. Y tristemente lo que toca después del día de la “fiesta” por el gol de Iniesta es madrugar para ir a limpiar el cortijo como todos los días.

Por todo esto, más que todo lo descrito, a lo que huele es a pintura y a putrefacción, ya que el cortijo fue repintado y remodelado, pero no fue desinfectado y los dueños siguen siendo los mismos.

Material de interés:

Clase magistral de José Luis Garrot