Contacto con tacto (nueve semanas y media, casi)

Aislamiento.Fotografía: Alba Bala

Tras el nombre de este programa de TV, de cuyo presentador no quiero acordarme, y del título de película con un Mickey Rourke inmarcesible en mi recuerdo, no hay sino algo parecido a una reflexión sobre esta última prórroga del estado de alarma, del día 6 de mayo; y alguna que otra visualización: un avance de normalidad futura, una recreación de situaciones posibles, a medio plazo, digamos.

Una cosa llevó a la otra, o circularon de forma paralela y sin relación, más bien. Sobre la primera, la prórroga, la convicción de que no puede ser de otra manera menos lógica y acertada; conociendo, además, el repunte de casos en Italia, país que nos antecede quince días en el proceso.

Respecto a la segunda, las imágenes del futuro próximo; desde que se intuye, aunque sea a medio plazo y de forma escalonada, el desconfinamiento me planteo: ¿cómo va a ser la vuelta a los círculos sociales, los encuentros amistosos, las reuniones, las quedadas de los afines a bailar, a salir a la montaña, los descansos en las empresas, los reencuentros por sorpresa? De todas estas contingencias, esta última es la que preveo con más posibilidades escenográficas: dos amigos se cruzan por la calle, llevan semanas sin verse y sin comunicarse más que por what´s app, el básico “cómo estáis por casa”. Y ahora no saben cómo abordarse: ¿Un abrazo? (¿estará dispuesta la otra persona al contacto?). ¿Un saludo desde la otra acera? (¿me estaré pasando de precavido?). En fin, ¿cómo será la travesía de la odiosa distancia al deseado encuentro?

Más preocupantes son las personas que parecen haberle cogido gusto al encierro. Vale, lamento el sarcasmo. Quiero decir: que no han empezado a “desescalar” nada. Son personas con varias historias médicas que contar y/o una edad ya comprometedora. Intentaré no juzgarlos, porque como suele decirse: “más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”.  Pero no salen nada o casi nada. Y solo les deseo que llegue pronto esa vacuna del virus innombrable, ya venga del Este o del Oeste, porque los efectos de un encierro prolongado son insalvables: el deterioro físico debido a la merma de masa muscular y menor resistencia al esfuerzo, la movilidad, etc.

Pero no menos importantes, son las secuelas mentales o psíquicas, las cuales empiezan a tomar forma con el pensamiento de “total…, en casa estoy tan a gustito y seguro”. Y la bajada de defensas está asegurada. Una falta prolongada de ejercicio, de luz solar, de contacto humano y/o animal es, a juicio de cualquiera, una mala inversión en salud. Una falta de higiene física y mental que en muchos casos tendrá efectos bastante peores que los daños que ha causado la pandemia en un alto porcentaje de población, entre quienes me incluyo. Pues no siendo persona de riesgo, o es como un catarro, una gripe, o se pasa de forma asintomática. Posiblemente, dentro de unos meses, cuando se haya superado esta crisis sanitaria, en las consultas de los ambulatorios se observarán muchas secuelas del encierro, compatibles del todo con su conveniencia y necesidad.

Por otra parte, parece bastante lógico lo que nos han advertido, y es que la mayor parte de la población, dadas las características del bicho en cuestión, tendrá que pasar necesariamente por cualquiera de estos dos caminos: inmunizarse o vacunarse.  Lo importante era, nos dijeron los expertos, que los contagios sucediesen de manera paulatina para evitar el colapso en hospitales, la falta de equipos de asistencia, etc. Como así ha sucedido, con tan fatales resultados… Lástima de esta Sanidad nuestra, que era un modelo sanitario mundial… no estaba ya preparada, después del saqueo durante años, para todo lo que se nos ha venido.

Se encuentran también las posturas vitales de quienes, sin ser personas de alto riesgo, bien por tener entre sus familiares directos a personas mayores o porque también le han cogido el gustillo a las relaciones virtuales, van a mantener el distanciamiento social. Para estos últimos, ahí va mi dedicatoria del día: “Si lo que quieres es vivir 100 años”, de Joaquín Sabina. A mí me han recetado: “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago.