Clase

En realidad, la conciencia de clase como idea es simple. Una clase social es un grupo de personas con unas características comunes en cuanto a sus relaciones económicas con los demás

La conciencia de clase es un concepto extraño. Pero su extrañeza no se basa en su complicación. No hablamos de desentrañar la mecánica cuántica, ni de entender una película de David Lynch, ni de comprender porqué las conexiones USB a veces son hacia arriba y otras veces hacia abajo.

En realidad, la conciencia de clase como idea es simple. Una clase social es un grupo de personas con unas características comunes en cuanto a sus relaciones económicas con los demás. Se puede explicar con un ejemplo: el dueño de una fábrica pertenece a una clase social minoritaria y con mucho poder e influencia en el gobierno y, por otro lado, el operario que allí trabaja a cambio de una nómina pertenece a otra clase social mayoritaria y con poco poder.

Además de estas dos clases, hay variantes como los autónomos que son dueños y asalariados a la vez, o los pequeños empresarios que contratan a pocos trabajadores y comparten codo a codo con ellos la jornada laboral. En general, estas variantes están más cerca de la clase social que recibe una nómina sin más, al menos en lo que concierne a su escasa influencia en las políticas nacionales y mundiales.

En cualquier caso, el concepto de “clase” como tal lo introdujo, o al menos lo divulgó, Marx hace un par de siglos para explicar el funcionamiento de la economía y de cómo afecta a los vulgares currantes

Otras variantes que ni crean ni reciben salarios sí que influyen en los gobernantes. Me refiero a los especuladores que manejan la bolsa, o a otro tipo de ladrones que tampoco crean riqueza, pero sí que se aprovechan de la creada, y no todos van armados. Además, los banqueros constituyen su propia variante: crean salarios porque tienen gente trabajando para ellos, pero su negocio es particular y en otro tiempo se llamó usura.

En cualquier caso, el concepto de “clase” como tal lo introdujo, o al menos lo divulgó, Marx hace un par de siglos para explicar el funcionamiento de la economía y de cómo afecta a los vulgares currantes. Su idea era que había una serie de personas que decidían acerca del bienestar de otras y, en la mayoría de los casos, elegían que el bienestar de estas otras fuera mínimo para aumentar el suyo propio.

Claramente hay, había, habrá o debería haber algún día una lucha no necesariamente violenta entre la gente mayoritaria cuyo bienestar es escaso, y a veces les cuesta llegar a fin de mes cuando llegan, frente a la gente minoritaria cuyo bienestar es elevado, quienes tienen varios chalets y yate si hace falta.

Y eso es lo que se llamaría, también según Marx y sus allegados, “lucha de clases”, y se acabaría cuando los medios de producción pertenecieran a los trabajadores que allí producen, o, dicho de otra manera: “la tierra para quien la trabaja”. O, en una palabra: comunismo.

Hay una idea adquirida que flota en el ambiente que dice que la propiedad privada es algo indiscutible, pero, como tantas ideas cuasi religiosas, no se sostiene a poco que se analice. Quiero decir, el planeta Tierra lleva por aquí cinco mil millones de años y me parece poco legítimo que alguien con una edad inferior a cinco mil millones de años se considere dueño de un trozo de la Tierra o de algo producido a partir de la misma.

En ese sentido, podemos ser dueños de nosotros mismos y de nada más, todo el resto de propiedades han de ser por acuerdo mutuo, y un acuerdo posible consiste en que toda propiedad material pertenece a todos los humanos, al menos los elementos vitales de la economía como son las fábricas, los edificios, las redes de transporte, energía y comunicaciones y, para empezar, la propia tierra que pisamos. Después, sería necesario debatir acerca de la gestión de esos elementos.

Este acuerdo se llama comunismo y, claro, si se menciona el comunismo en la segunda década del siglo XXI ya avanzada, quedas expuesto a que te miren como a un dinosaurio extinto o, peor, como a uno no de los no extintos de la última película de Parque Jurásico, que más les habría valido no existir para perpetrar tal infamia de película. Todavía peor resulta si se menciona el anarquismo, que sería una evolución posible y muy interesante del comunismo.

Resumamos, que nos perdemos entre dinosaurios, planetas y comunistas. Hay dos tipos de personas: los que explotan y los explotados. Dicho de otra forma:

Grupo de personas tipo A. Deciden entre ellos las grandes líneas económicas del planeta y si fracasan, cosa frecuente, no necesariamente se arruinan, casi siempre son rescatados por los gobiernos en nombre del bien general, es decir, siguen a flote porque roban al otro grupo, el que podríamos llamar B:

Grupo de personas tipo B. Están a la expectativa de cómo le va al grupo A. Si al grupo A le va bien y además coincide con su estrategia global, consiguen un sueldo suficiente para vivir, si al grupo A le va mal o si cambian de estrategia global se ven en graves problemas.

Y entonces cabe preguntarse por qué el “tipo B” traga ruedas de molino o, dicho de otro modo, no se entera ni de dónde le vienen los golpes o, en resumen, por qué siendo más se deja dominar, humillar y avasallar por el “tipo A” que son menos numéricamente.

Aquí es donde se explica por fin el concepto de conciencia de clase o, más exactamente, se explica su ausencia. Es tan simple como que el “tipo B” no es consciente de su propia existencia. Si lo fuera, y siendo un porcentaje tan mayoritario de la humanidad, no habría dejado impunemente que le den palos los de siempre, que no son otros que los del “tipo A”, los cuales son plenamente sabedores de su existencia y además han dedicado medios inagotables para conseguir que la conciencia de clase sea considerada algo desfasado, algo pasado de moda y algo irrelevante en el pensamiento colectivo, siempre hablando de la clase que no es la suya, porque los banqueros, grandes empresarios y esas calañas, son muy persistentes en sus manejos para mantener su propia clase social a flote.

Lógicamente, ese “Tipo A”, siendo clara minoría, ha necesitado aliados para mantener su clase social y a la vez hacer olvidar que hay otra. Y aquí se puede citar el intento para apaciguar a la mayoría explotada llamado socialdemocracia, a la falacia de la clase de media, a Felipe González y, desde el otro lado, al fracaso que supuso la Unión Soviética a causa de sus tremendos errores. Temas todos ellos que darían para extenderse.

Pero a donde yo quería llegar es al éxito de quien nos mantiene divididos a los trabajadores en países, regiones o dibujitos en el mapa de la Tierra que no se ven desde el espacio. Y el éxito es tal porque somos nosotros mismos, los asalariados, quienes contribuimos de manera decisiva, viendo más amigable al explotador que nos pilla al lado que al trabajador de otro continente, como se demuestra demasiado a menudo.

Sin ir más lejos, hay cierta región ibérica donde dirigentes y afiliados que se llaman de izquierda se acercan a la burguesía (tipo A) de toda la vida, además una burguesía corrupta, aunque sea otro tema, para crear más dibujos en esa bola llamada Tierra.

Podríamos hablar de algo llamado “conciencia de tribu” que se ha impuesto a la conciencia de clase, tal vez por razones darwinistas mal maduradas. Profundizar en ello quedaría para otro día. Como dijo Aragorn: “hoy no es ese día”, y como dijo don Vito, “puede que ese día no llegue”.