Un Viaje inimaginable

Yusuf al andalusí

 I

Corrió hacia mí, como siempre con una radiante sonrisa iluminando su rostro. Nos fundimos en un largo abrazo, un intenso abrazo, de los de verdad, de los que quieren transmitir todo el cariño que sientes hacia la persona abrazada. Íbamos a comenzar nuestra aventura andalusí.

Sus risas, su incesante parlotear, provocaban que algunos de los pacientes viajeros que esperaban el autobús que les llevaría a su destino, volvieran su mirada hacia nosotros. Algunos sonreían, otros miraban interrogantes ¿Qué hará ese carcamal con esa preciosidad? Imagino que se preguntarían. Pues sí, este viejo sahhar[1] andalusí está junto a la reencarnación de la diosa celta Belisama, dueña de los lagos, de los ríos, del fuego, de la luz.

Una vez emprendido el camino no dejaba de lanzar un torrente de preguntas sin darme tiempo a responder, y siempre con su hermosa sonrisa, abriendo los ojos desmesuradamente, sorprendiéndose por mis respuestas. Todo le parecía nuevo, todo era precioso; sin darse cuenta que lo más precioso es que ella estuviera sentada a mi lado.

La contemplé en silencio mientras atravesábamos los interminables campos castellanos que inmortalizara Antonio Machado. Cruzábamos las tierras del inmortal Don Quijote, cubiertas de dorados trigales, del mismo color que sus cabellos. Nada podía ser más perfecto, más inigualablemente conjuntado. Acaricié su cabello, tan suave, tan irresistiblemente hermoso. Me sonrió… el cielo había bajado a la tierra.

Nos íbamos acercando a mi querida tierra, esa que un paisano dice que creó Dios el octavo día, cuando se dio cuenta que el mundo que había hecho estaba triste y que necesitaba alegría, y no tuvo más remedio que crear Andalucía.

Ya se divisaba el cartel que anunciaba la entrada en la tierra del sol, de la alegría, de la vida… mi tierra. El paisaje había cambiado, ahora nos rodeaban las imponentes rocas que conforman la sierra que nos separa de la ancha Castilla. Sus ojos se abrieron en una mueca de asombro, estaba extasiada con el paisaje, respiraba profundamente ansiando absorber el olor a resina que desprendían los innumerables pinos que bordeaban el camino incrustados entre las sólidas rocas.

Mientras discurría nuestra travesía por Despeñaperros le conté que estos eran los parajes por donde deambulaba José María “el Tempranillo” legendario bandolero, émulo de Robín Hood, que asaltaba a los poderosos para ayudar a los más humildes. Le expliqué que el Salto del Fraile se llamaba así porque un monje se había lanzado al vacío desde allí al verse rechazado por una hermosa campesina. No pude por menor de reír al ver su cara de incredulidad, su maravillosa y juvenil ingenuidad.

II

Ya quedaba poco para llegar a nuestro destino, el pueblo más hermoso del mundo… mi pueblo, La Carolina.

Ya estábamos muy próximos a mi pueblo, al pasar por Santa Elena le comenté que allí fue donde las huestes cristianas derrotaron al último califa almohade Muhammad al Nasir en la batalla de al Uqab[2]. La entrada al pueblo la preside una imponente estatua conmemorando la “gloriosa” batalla; ella bromeó conmigo sobre “mi derrota”.

Entramos en el pueblo, el autobús resopló al abrir las puertas, parecía como si dijera “me he merecido el descanso”. Ella bajó de un brinco, como no queriendo perder tiempo en conocer este hermoso pueblo andaluz. ¡Que bonito! Exclamó al ver la plaza del monumento.

Hacía calor, mucho calor, pero pronto acabaría. Abrí la puerta de casa y me aparté a un lado para dejarla entrar, quería que ella lo viera antes que yo la indicara. Al entrar la golpeó el olor del mirto que desprendía el zaguán –que hermosa palabra-, mientras que el frescor que desprendía disipó las pequeñas perlas de sudor que brillaban en su cabeza como si fueran una diadema de brillantes.

Mayor fue su asombro cuando se adentró en el patio. Inundado por los aromas del jazmín trepador que subía por la encalada pared intentado llevar a las estrellas su fragancia; del viejo limonero que se resistía a dejar de ofrecer su refrescante fruto a la vez que expandía su frescor por todos los rincones de la casa; de las macetas de hierbabuena, que colgaban aquí y allá, dando con su verdor color las blancas paredes. Comenzó a girar sobre si misma, como un derviche en busca de la conjunción con el universo; los ojos cerrados, los brazos extendidos, como si quisiera abrazar todos los olores para impregnarlos por siempre en su hermoso cuerpo.

Al caer la tarde salimos, con las manos entrelazadas, como dos amantes que no quieren estar separados ni un instante. Caminamos por el paseo del Molino de Viento, rodeados de palmeras, de naranjos, de higueras que desprendían su penetrante olor, de las esbeltas jaras que desafiaban la suave brisa que parecía mecerlas en una nana interminable.

III

Me desperté temprano, ella seguía en el más dulce de los sueños. Me quedé un rato admirando su cuerpo desnudo, viendo como unas sinuosas curvas modelaban un cuerpo perfecto. La dejé descansar mientras preparaba el desayuno: una tostaita de pan, con un leve toque de ajo “restregao”, el verde aceite de la tierra y un poquito de tomate recién triturado; todo ello acompañado de un buen café de puchero, como debe ser.

La acaricié suavemente para despertarla, ronroneo como un cachorro cuando se apoya en el regazo de su madre, al darse la vuelta me miró con el increíble azul de sus ojos y una resplandeciente sonrisa en su rostro… no se podía comenzar mejor el día.

El plan del día consistía en visitar el paraje más hermoso de la provincia de Jaén; la sierra de Cazorla. El vehículo que nos transportaba nos dejó en el límite del parque natural. A partir de ahí comenzaba nuestra andadura por el maravilloso paisaje cazorliano. Una inigualable combinación de colores y aromas nos envolvía haciendo que la travesía se tornara en un maravilloso y apacible paseo.

Ella parecía estar en su hábitat, corría, saltaba, gritaba, todo con una gracilidad que mis pobres y cansados huesos eran incapaces de seguir. Pero verla subir ágilmente por las encrespadas rocas, escuchar sus exclamaciones de júbilo y asombro cada vez que descubría un nuevo paraje, una nueva planta, o divisaba a los lejos a algunos representantes de la fauna: el poderoso ciervo berreando dando inicio al cortejo amoroso en espera de alguna hembra proclive a su llamada; el majestuoso lobo, verdadero emperador de los cánidos, el alfa por antonomasia.

Nos íbamos acercando a nuestro destino final, el nacimiento del al wadi al Kibir[3]. Finalmente llegamos a nuestra meta. La expresión de su rostro es imposible de describirla con palabras. Allí estaba ella, la diosa Belisama, contemplando el nacimiento de uno de sus “hijos”; el más hermoso de ellos.

El murmullo del agua al correr semejaba el preludio de la más bella sinfonía jamás creada. Allí daba sus primeros pasos el Guadalquivir, ese Guadalquivir jienense, cordobés, sevillano trianero, gaditano. Ese Guadalquivir que riega el valle más fértil del mundo, llenado de vida todas las tierras que atraviesa su cauce.

Y ella estaba allí, la diosa de las aguas contemplando el cénit de su obra. La madre se había encontrado con su hijo predilecto.

El largo día nos había dejado exhaustos. Descansamos sentados en un banco de la plaza del Ayuntamiento, mientras yo le explica pequeñas historias de la villa, le señalé la celda en donde fue encerrado el fundador del pueblo, Pablo de Olavide, cuando cayó en desgracia ante su dueño Carlos III. Ella lo absorbía todo, haciéndome preguntas sobre el pueblo, sobre mi niñez en él, riéndose hasta saltársele las lágrimas cuando le contaba algunas de mis “aventuras” infantiles.

Había pasado otro día, una día más lleno de magia, de amor, de complicidad. Hoy si fue un gran día, como preconizaba el noi del Pobla Sec.

Llegamos al final del paseo, sentándonos en las escaleras de la vieja caseta de música, con la mirada perdida en el inmenso oceáno de olivares que teníamos ante nosotros…. En silencio para no romper la magia que nos estaba inundando. El sol se estaba ocultado, bañando de oro las copas de estos olivares de tronco retorcidos, esos que…

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Llegó la noche, nos tumbamos desnudos, no queriendo romper la armoniosa naturalidad del espacio que nos cobijaba, en el patio mirando al cielo, a un cielo inundado por millones de estrellas. La miré y vi como dos pequeñas lágrimas desbordaban sus ojos y corrían acariciando su mejilla y dejando impregnada de un sabor salitre su suave y cálida piel.

Comencé a acariciarla, muy despacio, muy lentamente, rozando apenas su piel con las yemas de mis dedos… la besé, besé su frente, sus ojos, su boca; su maravillosa, sensual, suave, acariciadora boca. Recorría palmo a palmo su cuerpo, ese cuerpo de diosa que pareciera fuera del alcance de un humilde y caduco mortal. Bebí de su fuente de vida… y entré en ella y ella entró en mí, y nos fundimos en un solo cuerpo, en una sola existencia, en un solo éxtasis.

IV

Nos quedaba poco tiempo de estancia en Andalucía, pero no podíamos irnos sin ver la joya de al-Andalus, la más hermosa ciudad jamás creada. Salimos casi al alba, cuando aún los olivares se están desperezando tras dormir acunados por la luna.

Yo estaba ansioso por enseñarle la ciudad que me embrujó desde la primera vez que la visité. Azuzaba al conductor a que fuera más deprisa, aunque sabía que eso era imposible por las sinuosas carreteras de montaña que nos separaban de la capital del reino nazarí.

Cuando llegamos, ella también se dio cuenta de lo especial que tenía Graná… su luz, única e irrepetible en ningún lugar del mundo; esa luz que te embruja, que te envuelve, que te atrapa para que jamás la abandones.

«Dale limosna mujer. Que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada»

Caminamos por sus calles, sus plazas, le enseñé los lugares más emblemáticos: el bañuelo, donde mujeres y hombres alternaban los días de visita para limpiar sus cuerpos y “ponerse al día” sobre los últimos acontecimientos.

Visitamos el Corral del Carbón, antigua alhóndiga, incrustada en la alcaicería, donde los caminantes descansaban después de un largo camino transportando sus mercancías. La Madraza, la bella escuela donde los niños y niñas aprendían no sólo el Corán sino también todas las ciencias conocidas.

Para el final dejamos la construcción más hermosa jamás creada, la Alhambra[4], lugar donde moraban los sultanes nazaríes, donde tantas leyendas se han forjado, donde tantos amores y desamores se han producido, donde tantas risas y lamentos se han escuchado.

Abrió la boca desmesuradamente cuando entramos en el recinto, su asombro le impedía articular palabras. Ella sentía la Alhambra, porque la “Roja” no sólo hay que verla, hay que sentirla.

Me preguntó que ponía en las paredes, le comenté que eran poemas de tres grandes poetas granadinos; Ibn al Yayyab, Ibn al Jatib y, quizás el más grande de todos ellos, Ibn Zamrak. De él le traduje un poema que estaba escrito en la fuente del jardín de Daraxa.

«Yo soy un orbe de agua que se muestra a las criaturas diáfano y transparente 
una gran Océano cuyas riberas son labores selectas de mármol escogido
y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo primorosamente labrado.
Me llega a inundar el agua, pero yo, de tiempo en tiempo,
voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre.
Entonces yo y aquella parte del agua que se desprende desde los bordes de la fuente,
aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se liquida y parte no se liquida.
Pero, cuando mana con mucha abundancia, somos sólo comparables a un cielo tachonado de estrellas.» 

Paseábamos cogidos de la mano, como dos amantes labrando su propio camino, el aroma de las flores y el musical susurro de las aguas deslizándose rítmicamente por los canales que las conducían a llenar las fuentes y a dar su alimento al ingente número de plantas y árboles que plagaban los jardines del Generalife. Nada podía igualar aquella armonía de luz, aromas y sonidos. Sin duda si el Edén que prometía Muhammad que esperaba a los fieles existía, estaba aquí. Y yo lo estaba disfrutando con la más bella de todas las huríes del Paraíso.

Visitamos el salón de los Abencerrajes, donde, cuenta la leyenda, que el sultán Abu al Hasan asesinó a toda la familia, porque uno de sus miembros osó cortejar a su concubina favorita, la bella Soraya. En donde la pileta central aún mantiene tonos rojos, que dice la leyenda que son restos de la sangre derramada por los Abencerrajes, y que jamás han podido ser eliminados del todo.

Salimos del recinto cuando las luces del día comenzaban a dar paso a la luz de la noche, porque Granada también está iluminada cuando el sol se va a dormir; iluminada por la luna sultana y su corte de estrellas.

Subimos por las escarpadas cuestas del Albaicín. Barrio de intrincadas y estrechas callejuelas, recordándonos el pasado andalusí de la ciudad, llegamos jadeantes hasta nuestro destino; el mirador de san Nicolás.

Ya era de noche, nos sentamos en el muro, con las manos entrelazadas, los cuerpos muy juntos, sin movernos para no romper la magia del momento. Un joven arrancaba de su guitarra los suaves lamentos de una soleá. No podíamos apartar la mirada de la última, y quizás más bella imagen, que nos regalaba la Alhambra.

Aquella noche hicimos el amor febrilmente, como si fuera la última vez, como si Granada fuera el último lugar del mundo donde nuestros cuerpos pudieran fundirse en un eterno abrazo.

Había que partir, nuestra andadura andalusí tocaba a su fin. Pedí al conductor que parara en la roca del Lamento. Bajamos del coche y miramos por última vez la hermosa Granada, nuestra Granada; y como a Boabdil también las lágrimas se deslizaron por nuestras mejillas.

Desperté sobresaltado… todo había sido un sueño.

Al Andalus, SAFAR RABAT 1435 al hégira

[1] Brujo

[2] La cuesta

[3] En árabe significa río Grande

[4] Al Hambra significa La Roja

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