Patriarcado y explotación de la mujer: dos caras de la misma moneda

La violencia sobre la mujer se ejerce desde tiempo inmemorial. Han sido siglos de patriarcado los que han generado una mentalidad de menosprecio hacia la mujer. Y las religiones monoteístas han sido el soporte perfecto para dejar ese denso poso en las mentalidades

Conviene recordar las palabras de San Pablo: “Dios es la cabeza del hombre y el hombre la cabeza de la mujer”, o las del reformista religioso, Martín Lutero: “La mujer no tiene alma”. Ambas evidencian la trayectoria histórica que los padres de la iglesia han mantenido sobre la mujer. Poder terrenal y espiritual siempre unidos para poner un muro de contención entre los deseos y los derechos de las mujeres. El patriarcado como cultura, la mujer como propiedad del hombre; primero del padre, después del esposo…

Pero a pesar de ser relegadas al ámbito doméstico, apartadas de las artes, de las letras, de la política, y de cualquier forma de creatividad que no fuese la maternal, las mujeres supieron abrir las jaulas impuestas e incorporarse a la sociedad en todas sus vertientes.

En 1912, en la ciudad de Lawrence (Masachusets) estalló la huelga conocida como “Pan y rosas”; con esas palabras las obreras textiles pedían aumento de salario y condiciones dignas de vida

La industria textil norteamericana estaba compuesta por población femenina e infantil, casi toda inmigrante. Al iniciarse el S. XX, las mujeres siguieron protagonizando las protestas y huelgas. En 1908, las obreras del vestido de Chicago iniciaron una campaña por la reducción de la jornada laboral y mejoras en las condiciones de trabajo. Al año siguiente, en 1909, en Nueva York se vivió una gran huelga, en la que más de la mitad eran mujeres menores de 18 años; fueron lideradas por la joven Clara Lechmil, de 23 años.

En 1912, en la ciudad de Lawrence (Masachusets) estalló la huelga conocida como “Pan y rosas”; con esas palabras las obreras textiles pedían aumento de salario y condiciones dignas de vida. De esa hermosa consigna surgió el famoso poema de idéntico título que el escritor norteamericano, James Oppenheimse, convirtió en canción popular del movimiento obrero americano.

Las luchas continuas de las mujeres por salarios dignos, por la educación y por el voto, culminaron con la declaración de la ONU, en 1975, del Día Internacional de la Mujer. Pero cualquier declaración puede quedar en papel mojado si ante la ofensiva constante del patriarcado, en continuo maridaje con el capitalismo, contra los derechos de la mujer, no se genera una oposición que vaya a la raíz de los problemas.

Hoy, a pesar de haber avanzado en la igualdad ante la ley entre hombres y mujeres, todavía existen muchos obstáculos que impiden a las mujeres ser dueñas de sus decisiones, incluso de sus vidas. Las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas son muchas y la situación no parece mejorar, ya que denunciar las agresiones machistas se convierte en un trámite inhibidor.

María Naredo, investigadora de Amnistía Internacional, explica: “Las mujeres están puestas en sospecha desde que entran por la puerta del juzgado. El bulo de las denuncias falsas ha conseguido que las primeras preguntas no estén dirigidas a saber el relato de esa mujer, a escuchar qué le ha pasado y por qué va al juzgado, sino a interrogarlas no vaya a ser que se lo estén inventando.

Si la mujer es extranjera las sospechas son dobles, primero se interroga no vaya a ser que ésta lo que quiera son los papeles”. Y los datos dan la razón a María Naredo; en los últimos años, ha disminuido el número de denuncias; no porque hayan disminuido los malos tratos, sino porque las sentencias condenatorias a los maltratadores son escasas. Casi todo está en contra de la mujer maltratada, ya que muchas de las mujeres que entran a un juzgado a denunciar terminan siendo denunciadas por sus maltratadores; es una simple estrategia machista para levantar sospechas sobre las “verdaderas” intenciones de la mujer.

¡La educación!, la educación es lo principal. Sin ella no se conseguirá solventar la lacra social que lastra la convivencia. Cada vez resulta más difícil educar en el respeto hacia el otro en un mundo hostil, competitivo, deshumanizado.

Tradicionalmente, el hombre era el que dejaba despreciaba o repudiaba a la mujer, pero en los últimos años se ha introducido una variable y es que cuando la mujer decide separarse del maltratador, el hombre la persigue hasta matarla. En este tipo de hombres el sentimiento de dominio sobre la mujer está tan arraigado que cuando no pueden retenerla a su lado deciden matarla. “La maté porque era mía”, pregona el conocido tango.

Y en este perverso contexto, conviene mencionar uno de los muchos casos de feminicidio: SMGA fue asesinada en Málaga, el 15 de febrero de 2011, después de haberse separado de su pareja, tras una convivencia de cinco años y con una hija en común. Tres meses después de la separación, él fue condenado por dos delitos de amenazas y uno de maltrato, pero la condena se suspendió y se conmutó por un curso de igualdad. La pena de alejamiento se encontraba en vigor. La asesinó en la vía pública con un hacha.

Y qué decir de la cosificación de la mujer a través de la prostitución y de los llamados eufemísticamente, “vientres de alquiler”, donde las mafias trafican con mujeres empobrecidas, como si de un objeto cualquiera se tratase. El capitalismo globalizado y la cultura patriarcal van de la mano para seguir manteniendo a la mujer al servicio del hombre, al servicio de quienes pueden comprar sexo e hijos a la carta, donde la mujer y la infancia son siempre las víctimas.

¡La educación!, la educación es lo principal. Sin ella no se conseguirá solventar la lacra social que lastra la convivencia. Cada vez resulta más difícil educar en el respeto hacia el otro en un mundo hostil, competitivo, deshumanizado. Es el dominio lo que cuenta y se reproduce en todos los ámbitos de la sociedad. La erótica de poder; del poder de los unos sobre los otros, del poder del fuerte sobre el débil. Una sociedad marcada por la violencia en todos los ámbitos de la vida social y política se reproduce en el hogar; en él se desatan todas las frustraciones, en él se cocinan todos los gustos y disgustos.

Somos el fruto de nuestra historia, con sus avances y retrocesos, con sus errores y aciertos. La tecnología sirve para muchas cosas, pero no para hacernos más humanos, ni más respetuosos. Es una lástima, porque ahí radica el verdadero avance de una sociedad. Solemos hacer balances del progreso de una nación por el número de teléfonos móviles, por el de automóviles, etc. Pero si no cambiamos los parámetros para medir el progreso, no saldremos de esta espiral diabólica.

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