Ilustración de Sandra Martínez García

Los muertos no se lamentan: marcharon
orgullosamente hacia su tumultuoso martirio.
Nosotros, sentados en una sala abarrotada,
lloramos por nuestras vidas tan dócilmente gastadas.

Cerramos la puerta, damos vuelta al cerrojo
y, mientras hablamos y analizamos,
retumba en nuestros oídos, y ante nuestros ojos,
el implacable tic-tac del reloj.

Hoy engarzamos los hilos,
discutimos un asunto, grande o pequeño;
y quizá mañana caerá
la espada que pende sobre nuestras cabezas.

Alas negras se concentran contra el amanecer.
¿Qué importará que rimemos
nuestras crónicas del Tiempo Perdido
si perdemos la Libertad?

¿Importará que escribamos
nuestros recuerdos de los Hechos Pasados,
si lo que ahora escribimos durará
hasta mañana por la noche?

Si los libros de los que aprendemos,
y los poetas que hoy alabamos
antes del gran desmoronamiento,
arderán con Lorca y Heine.

Si los muros de Europa se vienen abajo
(y uno a uno caen sus bastiones)
¿Qué podrá importar si todos
nos ahogaremos en el gran caos?

Buscamos los minutos vividos,
pero sentimos el inexorable ritmo del tiempo
y la amenaza de la última derrota.
Solo los muertos podrán descansar contentos.

Habiendo dado todo lo que tenían que dar
para salvar de sangre, fuego y polvo,
son al menos la esperanza en que confiar.
Debemos recordarles, y vivir.

Aileen Palmer. Londres 1939

Aileen Palmer fue una enfermera australiana que vino voluntaria a España para ayudar a la República durante la Guerra Civil.

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