LA REVOLUCIÓN INGLESA. PARTE IV Los movimientos sectarios.

En general se caracterizaron por el utopismo y milenarismo de sus líderes y seguidores, siendo realmente una variante “izquierdista” del puritanismo presbiteriano

Como ya hemos explicado anteriormente, la libertad de expresión y de imprenta fue determinante en la expansión de diferentes ideologías, así como la libertad religiosa, que hizo resurgir muchos movimientos reprimidos durante años; la mayor parte de ellos emigraron a América y Holanda, pero muchos se quedaron viviendo como una élite en la clandestinidad.

Esta libertad, unida a la idea del cristianismo protestante de no tener intermediarios con Dios, dio lugar durante la revolución a una vorágine de sectas religiosas que pretendían acabar con la “corrupción” de la iglesia oficial anglicana y los presbiterianos. Aunque lo que nos interesa de ellas fue su gran carga social y política, pues fueron estas sectas las que recogieron el testigo del radicalismo político después de la represión y desaparición de los Levellers y los Diggers.

En general se caracterizaron por el utopismo y milenarismo de sus líderes y seguidores, siendo realmente una variante “izquierdista” del puritanismo presbiteriano. Reclamaban una verdadera igualdad entre los hombres, basada casi siempre, en una visión social de la Biblia. En general no fueron movimientos organizados y con el tiempo se fueron diluyendo en la nueva etapa conservadora que siguió con la Restauración.

En casi todas las religiones, y más la cristiana, se tenía la leyenda de que la humanidad, en su origen, vivía en un estado de felicidad e inocencia, es decir, sin pecado. Pero se perdió, y esta “caída del hombre” hacia un destino inestable y cruel hacía imposible la felicidad en la Tierra, por lo que había que esperar a la “otra vida” después de la muerte. En una sociedad agrícola como ésta, las plagas, las guerras y el hambre generaban una gran inseguridad en las personas, que aceptaban los designios de un Dios tan impredecible como el tiempo.

Todo esto fue utilizado por la Iglesia medieval como sistema de control social, pero con la ruptura del protestantismo, el pecado se interiorizó, siendo reemplazado por la penitencia o castigo interno. Esto liberó a muchos hombres de los terrores del pecado, a lo que se unió la idea protestante de “predestinación”, en la que los individuos están predestinados a ir al infierno o al cielo. Así, los “elegidos”, o también llamados “santos”, están predestinados a la salvación.

Estas teorías, muy parecidas al calvinismo primitivo, dieron a un selecto grupo de hombres la convicción y sentido de unidad mutua suficiente para abrirse camino hacia la libertad política y religiosa por medio de una organización que llamamos “sectas”. Esta conversión confería una sensación de fortaleza al unirse a otras personas que pensaban parecido, los hombres se sentían libres respecto a los curas y las autoridades, suficiente como para rebelarse ante los poderosos.

En esta visión también influyeron personajes como el “cavador” Winstanley, que mantenía que el pecado era una invención para mantener a las clases bajas atemorizadas, que era la propiedad lo que produjo la “caída del hombre”. Además, los miedos al demonio no eran más que “la angustia de las conciencias atormentadas y reflejan las pasiones y deseos de cada uno”. El poco desarrollo de la historia y las ciencias hacían inviable una extensión amplia del ateísmo, aunque muchos rechazaban la existencia de Dios.

Seekers

Los Seekers o “buscadores” representan el movimiento menos homogéneo de todos; de hecho, sus integrantes solían ir de una secta a otra hasta encontrar alguna que les terminara de convencer. Tienen su origen en los movimientos heréticos anteriores que contenían una gran carga social e igualitaria. Con la revolución muchas personas del pueblo llano empezaron a tomarlos muy en serio y aparecen gran cantidad de escritos y predicadores radicales, sobre todo en Londres y el ejército, en donde se ponía en duda todo, desde la existencia del alma hasta la validez de las escrituras; muchos simplemente no querían pertenecer a ninguna religión.

Sin duda, el representante más destacado de este movimiento fue William Erbery. Ferviente defensor del parlamento en la guerra, estuvo como capellán en el New Model Army, en donde criticaba ferozmente al rey y su iglesia anglicana, pero también a los presbiterianos y los diezmos. Él mismo se consideraba “lleno de desconcierto, como un hombre que busca su camino. Consideraba a los “santos” representantes de Dios en la tierra y serían los que castigarían a los reyes; los santos siempre serían miembros de las clases más bajas. Erbery veía al New Model como al ejército de pobres que liberarían a Inglaterra. Llegó a escribir a Cromwell para que subiera los impuestos a los ricos y terratenientes con vistas a crear un “tesoro para los pobres”.

Ranters

Los Ranters, cuya traducción aproximada sería “delirantes” o “extravagantes”, se caracterizaban por su vida licenciosa. Su lugar de culto favorito era la taberna, donde bebían cerveza y fumaban tabaco hasta el “delirio”. Además, consideraban las relaciones sexuales fuera del matrimonio como algo natural, así como el uso de continuas blasfemias. A muchos Seekers se les consideraba Ranters y viceversa. La blasfemia era considerada como una expresión simbólica de libertad con respecto a la moralidad, era un acto de desafío a Dios y a la sociedad de ética puritana. Al poco tiempo, el parlamento sacaba leyes para cerrar tabernas y cervecerías. El origen social de este grupo parece ser el típico del pueblo llano: campesinos y artesanos expulsados de sus chozas que terminaban en grandes ciudades, en donde se organizaban en grupos religiosos cada vez más radicales. Al igual que los Seekers, no había ningún líder teórico ni organización, y su nombre se debe más a como lo nombraban sus detractores. En su conjunto, es muy difícil extraer principios coherentes o comunes, siendo su principal argumento alardear de su libertad.

Esta libertad hacía escribir interesantes panfletos en donde se decía que Dios estaba también en las cosas diabólicas; otros negaban la existencia de Dios y los ángeles, así como el juicio final o la resurrección, y, por consiguiente, el pecado no era algo tan horrible. Otros se preguntaban que si Dios era omnipresente ¿por qué permitía el mal? Pensaban además que el juicio final era un invento para tener al pueblo atemorizado. En 1650, el parlamento sacó unas leyes contra las blasfemias: se prohibía “la negación de la necesidad de la rectitud civil y moral entre los hombres”, así como igualarse a Dios o negar actitudes “vergonzantes” como el adulterio, la embriaguez, etc.

Muchos ranters fueron condenados a muerte, aunque solían retractarse en los tribunales; la resistencia hasta la muerte exigía una ideología mucho más profunda y coherentemente elaborada. Además, valoraban mucho su única vida.

Abizer Coppe fue un destacado ranter, y como otros, predicaba en el ejército, donde exhortaba que Dios era un nivelador que cambiaría el mundo. Para él, “estar borracho todos los días y yacer con putas no era peor que despojar de su dinero a los pobres campesinos”. Obligado a rectificar por una comisión del parlamento, tuvo que admitir que la fornicación y la obscenidad eran pecado. Para él, los peores pecados eran el orgullo, la hipocresía, la opresión, la tiranía, la crueldad y el desprecio hacia los pobres.

Otro conocido ranter fue Lawrence Clarkson. Luchó en el ejército parlamentario y después se hizo predicador itinerante. Escribía manifiestos niveladores al pueblo llano contra la nobleza y la gentry: “Vuestra esclavitud es su libertad, vuestra pobreza es su prosperidad, la paz es su ruina pues se enriquecen con la guerra”. También clamaba en contra de los impuestos pues “roban a los pobres para pagar a los ricos”.

A veces los ranters se unieron con otras comunidades, como con los “cavadores” de Winstanley. La vida libertina de estos trajo algunos problemas. Según Winstanley daban “demasiada importancia a la bebida y las mujeres”, la promiscuidad separó muchas familias y aparecieron las enfermedades venéreas. Además, su estilo de vida sin compromisos hacía que el resto de la comunidad tuviera que hacer las obligaciones que ellos no realizaban.

Con el tiempo se empezó a confundir ranters con cavadores, lo que obligó a Winstanley a marcar las diferencias, aunque les criticó dejó claro que “nadie intente acabar con ese influjo de los ranter imponiendo un castigo; si necesitas castigar mira entonces si tu estás sin pecado”. Parece que estas experiencias fueron las que llevaron a Winstanley a modificar su ideología, convenciéndose de la necesidad de tener leyes y autoridades en su comunidad ideal. Al no estar organizados, no sabemos muy bien lo que pasó después de 1651, cuando los principales líderes fueron eliminados o se escondieron, cambiándose el nombre o exiliándose

Cuáqueros

Este movimiento de los “estremecidos” (quakers) es sin duda el más organizado y coherente de todas las sectas. De hecho, ellos mismos se consideraban un grupo homogéneo y se autodenominaban como “La sociedad de amigos”. En un principio, muchos cuáqueros fueron ranters o seekers, aunque posteriormente se arrepintieron de su pasado. Sin duda, el principal líder de este movimiento fue George Fox, que, junto su manifiesto “Journal”, es considerado el principal inspirador del movimiento.

Su nombre viene del “estremecimiento” que sentían los “elegidos” y tomaron el testigo de los niveladores tras su disolución, incluyendo a John Lilburne que, tras su expulsión del parlamento, se unió a ellos. Su base social era muy parecida a la de los Levellers: comerciantes y artesanos que encontraron en este movimiento una salida a la represión política. Así, exigían parlamentos anuales y se declaraban antimonárquicos; también pedían la abolición de los diezmos o la creación de una política social.

Fox propuso que “todas las grandes mansiones, iglesias y tierras monásticas fueran utilizadas para ayudar a los pobres y transformadas en asilos”. Desde el punto de vista religioso, la absorción de una gran variedad de gentes que venían de ambientes ranters y seekers, con interpretaciones muy personales, planteó el problema de cómo crear una doctrina homogénea. El dilema estaba entre el individualismo surgido en este ambiente milenarista, o el principio de una cierta “organización”.

Al final este grupo fue el único que tuvo cierta disciplina y organización, lo que entre otras cosas favoreció su larga duración muchos años después de la restauración monárquica. Como curiosidad, todavía existen en la actualidad en varios lugares del mundo, donde fueron emigrando. Un elemento principal en su ideología era su pacifismo, aunque no todos rechazaban la guerra para conseguir objetivos; la mayoría consideraba más útil y moral conseguirlos de forma pacífica.

La Quinta Monarquía

Terminamos con el grupo más violento y político de todos. Su movimiento estaba dentro del “milenarismo revolucionario”, pues pensaban que con la cabeza del rey Carlos se acababa el “cuarto imperio corruptor” y “empezaba el quinto de los santos y Cristo”. Su intención era establecer “el reino de Dios en la tierra” y tenían a la Biblia como única ley, pero realmente era un movimiento muy aristocrático: no rechazaban la propiedad privada y detestaban al vulgo, sobre todo a los ranters, por lo que no creían en la democracia y sí en una especie de gobierno de “santos”. Aún así, también odiaban a los ricos por su ostentación y orgullo. En política exterior defendían un milenarismo internacionalista protestante frente a los papistas y musulmanes. Tras una serie de intentos fallidos de complots y asesinatos, en 1661 desaparecen.

El final

Con la Restauración, los tiempos de libertad de pensamiento se desvanecieron. Los Niveladores, Cavadores, Ranters y demás desaparecieron, triunfó la propiedad, los obispos volvieron a la Iglesia nacional anglicana, los diezmos sobrevivieron y las mujeres fueron devueltas a su antiguo sitio. Sin embargo, hay que destacar el mérito de los radicales del siglo XVII, pues aportaron ideales de igualdad y lucha que más tarde inspiraron a los revolucionarios y teóricos futuros.

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