La guerra de los lazos

Con la llegada del verano parece ser que no solo han subido las temperaturas térmicas. También lo han hecho las calenturas sociales, especialmente en Cataluña

Todo este calentón estival es producido por un anticiclón, no proveniente de las Azores, sino de unos sencillos lazos amarillos que, algunos ciudadanos catalanes, partidarios de la República Catalana, han colocado en distintos lugares públicos.

La colocación de estos lazos podemos considerarla como una manifestación de la libertad de expresión. Libertad que se ha ejercitado sin dañar el mobiliario público, ni ensuciando paredes, etc. En definitiva, ha sido una limpia y pacífica manifestación de un pensamiento político.

Pues bien algo que se vería normal en cualquier país que se tilde de demócrata ha removido la furia del averno representada por una serie de personas contrarias a la independencia de Cataluña, que ni cortos ni perezosos han decidido que ellos son los destinados a salvaguardar la unión de la patria; y para ello, ni cortos ni perezosos, han decidido autonombrarse barrenderos honoríficos dedicándose a quitar los lazos amarillos de cualquier lugar en donde hubieran sido colocados, generalmente con nocturnidad, alevosía y, en algunos casos, con una actitud no muy pacífica.

A uno, que ya tiene bastantes años, y que está curtido por el humo de cien batallas, se le ha venido a la memoria –cada día más escasa- sus tiempos mozos cuando se dedicaba a pegar carteles, en los albores del actual régimen, del partido en el que militaba; carteles que sistemáticamente otros “salvadores” de la patria se dedicaban a arrancar o tapar con carteles de sus partidos. Y lo que está ocurriendo en Cataluña con la “guerra de los lazos” se parece mucho a lo vivido en aquellos años.

Los que defienden la retirada de los lazos, utilizan un argumento falaz al decir que el quitarlos es también una manifestación de la libertad de expresión. Debe ser que como la palabra libertad aún no la han asimilado en su vocabulario, no se enteran de que va esto de que cada persona sea libre de expresar, en la forma que estime oportuna, sus ideas.

Hacer uso de su libertad de expresión sería, por poner un ejemplo, que al lado de los lazos amarillos ellos colocaran otros de distinto color: azul, verde, negro, o la banderita española –que le daría un aire muy de fiesta de pueblo, que siempre queda simpático-; pero nunca el retirar la manifestación de otras personas con distintas ideas; porque eso, señoras y señores del PP, Ciudadanos, y demás patriotas, es coartar la libertad de expresión de aquellos que no piensan como nosotros; es simple y llanamente fascismo.

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