Homenaje a la República/ Ilustración de Sandra Martínez García
Hoy en día, metidos ya en pleno siglo XXI, todavía vivimos en un país donde el simple hecho de pronunciar la palabra república despierta cierta tensión, mucho más si nos referimos al periodo democrático de 1931 a 1939

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Los cuarenta años de franquismo que educaron en la falsedad y propaganda, sumado a los cuarenta de olvido interesado de la democracia del 78, han provocado que lo que debería recuperarse, estudiarse, defenderse y celebrarse sea una especie de tabú. Como si los que lucharon por la democracia y la modernización de nuestro país tuvieran que pedir perdón porque no pudieron ganar una guerra que empezaron y terminaron los profesionales de la guerra. La Guerra Civil no fue una guerra como tal, fue un exterminio planificado por unas élites que no consentían que sus plebeyos les quitaran sus privilegios.

Más allá de los defectos, contradicciones y deficiencias que tienen y pueden tener todos los proyectos y modelos políticos, la República y el republicanismo se caracterizaban, y sigue haciéndolo, por tener en un altísimo valor la ética, la justicia y la solidaridad. Valores desahuciados en la actualidad por evidentes razones, pues a los negocios no les vienen bien que la gente piense así.

Es curioso como con la excusa de no abrir las heridas del pasado (como si alguna vez se hubieran cerrado) se pretende olvidar y denostar un proyecto democrático que asombró al mundo. La Constitución de 1931 está considerada de las mejores de su tiempo (y referente de posteriores constituciones europeas y la propia de 1978). Los principales intelectuales, científicos y referentes culturales de todo el mundo supieron que su sitio era la República y sus valores humanistas, frente al mundo de las cavernas y los señoritos.

Pero a los “novios de la muerte”, a los que gritaban “muera la inteligencia, viva la muerte”, a los que no soportaban que las mujeres se emanciparan, a los que no les interesaba que los trabajadores tuvieran una vida digna, a los que no toleraban que la Iglesia perdiera sus privilegios y su poder sobre la educación, todos ellos se encargaron de asesinar no solo a una democracia joven y con futuro, si no también, sus actuales herederos,  al derecho a la memoria de casi todo un país.

No se puede consentir que un hito de libertad y esperanza en nosotros mismos, como nunca se ha dado en nuestra Historia, haya acabado en el cubo de la basura solo por lavar la cara a un régimen dictatorial y criminal, pero, sobre todo, por que sus valores de justicia social y amor por lo público y el interés común se contradicen con sus interes económicos y políticos.

Quizás por eso también existe esta ominosa falta de empatía hacia los más de cien mil patriotas (pues amaban a su patria como nadie), que continúan en las cunetas. Médicos, abogados, jornaleros, sindicalistas, concejales y , sobre todo, maestros de escuela pública, que quedaron en fosas para recordarnos lo que volvería a pasar si se intentaba cambiar el orden de la España de “¡cómo Dios manda!”.

¿Qué valores puede tener una democracia que consienta esta humillación a la dignidad?

Una de las principales causas de que nos roben y escupan en nuestra cara los herederos de aquellos amantes de la muerte es precisamente la falta de valores éticos que promovieron. Que nadie se engañe, los “todos los políticos son iguales”, los “esto es lo que hay”, los “si yo pudiera haría lo mismo”, o los “si vienen otros también robarán” no existirían ni hubieran existido en el modelo republicano, esta manera de resignarse al poderoso es una de las grandes herencias del franquismo, y que da explicación a la repugnate tolerancia a la corrupción de parte de la población.

Pensad en lo grande que podría haber sido este país si hubiera seguido la senda de la ética y los valores sociales; seguramente ahora no tendríamos este país de precariedad, pobreza intelectual, mediocridad, escaso de pensamiento crítico y exceso de resignación y sumisión.

Como el lenguaje no engaña, la RAE da esta definición de república, a ver si a alguno se le van quitando los miedos:

Del lat. respublĭca.

  1. f. Organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento para un período determinado.
  2. f. Estado cuya forma de gobierno es una república.
  3. f. Por oposición a los gobiernos injustos, como el despotismo o la tiranía, forma de gobierno regida por el interés común, la justicia y la igualdad.
  4. f. Cosa pública o interés público de una colectividad.

Con pasión, pero sobre todo con la cabeza, siempre gritaré el 14 de abril con orgullo y gratitud:

¡VIVA LA REPÚBLICA!
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